16 de junio de 1955: bombas sobre Buenos Aires

Recordar lo ocurrido hace 66 años es retrotraerse a una época donde la división entre lo nacional y lo antinacional se zanjó dirimiendo a favor de los segundos con la sangre del Pueblo.

La no consideración del otro como ser humano, el desprecio hacia quienes estaban comprometidos con una revolución nacional hizo que determinados núcleos de la ciudadanía argentina se plantearan una acción de aniquilación de los sectores populares.

La eterna lucha entre patria y antipatria cobró su más trágica realidad al desatarse una violencia inusitada contra el gobierno de Perón y lo que él representaba, un proyecto de liberación.

Conspiraciones entre civiles y militares, el levantamiento en 1951 del general Menéndez contra Perón -y en especial contra Evita-, el atentado en la boca del subte de 1953 durante una manifestación en Plaza de Mayo, fueron los antecedentes directos de la masacre producida el 16 de junio de 1955, antesala del golpe de septiembre de dicho año y de la pérdida de los derechos humanos de gran parte del pueblo argentino.

Ese día una escuadrilla de combate de la aviación naval, más insurrectos de la Fuerza Aérea, conducida por militares amotinados, junto al apoyo en tierra de infantes y "comandos civiles", ametralló y arrojó bombas sobre la Casa Rosada, la Plaza de Mayo, y otras zonas cercanas, soltando más de 10 toneladas de explosivos.
Esta masacre tuvo como saldo a más de 350 argentinos muertos y 2.000 heridos, quedando la mayoría de ellos lisiados en forma permanente. 
Los agresores militares huyeron hacia al aeropuerto de Carrasco, Montevideo, donde solicitaron y obtuvieron asilo político. Los contralmirantes Aníbal Olivieri, y Samuel Toranzo Calderón y el vicealmirante Benjamín Gargiulo, jefes militares del levantamiento, fueron detenidos.
De lado de los sublevados, Bonifacio del Carril, en Juan D. Perón: Ascenso y caída (2005) justificó, sin remordimientos, que “el bombardeo de la Casa de Gobierno llevado a cabo por la Marina de Guerra el 16 de junio ha sido “exagerado” (sic) en la descripción de sus consecuencias físicas, pero fue indudablemente de una violencia inusitada, hija de la desesperación”. Para él, lo condenable fue “el resplandor de los incendios de los templos históricos llevados a cabo por las fuerzas pretorianas del general Perón”.
El contraalmirante Jorge Perren, en Puerto Belgrano y la Revolución Libertadora (1997), como “comandante revolucionario de la Base Naval” (sic), refirió que la conspiración de la Marina venía de lejos, y que su llegada a la base bonaerense en enero de 1954 no hizo más que potenciarla. Explicitando el papel “que debía jugar la Armada, en la lucha que se avecinaba para derrocar al régimen peronista”, donde “el esquema operativo era sencillo”. En tal sentido, “no cabía esperar un cambio de gobierno en un futuro previsible, excepto por medios violentos… La fuerza de choque de la revolución, necesariamente debía ser provista por unidades militares. En el Ejército y en la Fuerza Aérea las posibilidades… eran limitadas… La Armada, estaba en mejores condiciones… Pero, con alguna ayuda de fuerzas reducidas del Ejército y Aeronáutica, podía iniciar la lucha”.
Aunque el citado Perren fue crítico de la acción del 16 de junio más por su “ineficacia” que por la pérdida de vidas humanas.  Según el plan que le explicitó el capitán de fragata Giliberti habría “bombardeo aéreo a la Casa de Gobierno con aviones navales de Punta Indio y de Espora y algunos de Aeronáutica, para matar allí a Perón y a sus principales colaboradores. Ataque complementario, con el Batallón de Infantería N° 4 de Dársena Norte. Grupos civiles armados tomarían algunas estaciones radiofónicas. La fuerza principal revolucionaria estría formada por las unidades del Ejército del Litoral, a las órdenes del General Bengea (sic). La flota intervendría a posteriori, para afianzar la revolución”.
Al no plegarse las unidades del Ejército, fue una acción puramente de la Marina con apoyo de algún sector de la Aeronáutica y los “comandos civiles”. La idea de replicar la acción japonesa sobre Pearl Harbor -pergeñada por el almirante Fuchida en 1941- de ataque sorpresa al apostadero de la flota norteamericana en el Pacífico, al grito de Tora, Tora, Tora, que soñó el capitán de fragata Jorge Bassi, ¡se hizo realidad! 
El libro de memorias del almirante Isaac Francisco Rojas (1993), y la obra de Isidoro J. Ruiz Moreno, La revolución del 55, en su edición definitiva del 2013, entre otros, dan una acabada idea de los planes de los sublevados.
La versión de los leales a Perón se puede leer en las memorias de Franklin Lucero, exministro de Guerra, en El precio de la lealtad (1959); en La masacre de Plaza de Mayo (2003) de Gonzalo Chávez; en Bombas sobre Buenos Aires (2005) de Daniel Cichero; en la obra de Pedro Bevilacqua, Hay que matar a Perón, en su edición definitiva del 2011; y en los textos del propio expresidente, entre otros.
Tres meses después, el 16 de septiembre, se plantearía un movimiento cívico-militar contra el gobierno constitucional del Presidente Juan Perón, llevándolo a éste al exilio, interviniendo la CGT y al Partido Peronista, desapareciendo el cadáver de Evita, persiguiendo a los peronistas y anulando todos los derechos sociales alcanzados por el Pueblo.
Este sería el preludio del drama argentino que alcanzará su máxima intensidad el 24 de marzo de 1976 y sus 30.000 desaparecidos. En realidad, el 16 de junio de 1955 fue la verdadera fecha de nacimiento del Proceso.

El confinamiento y tortura a los miembros del partido peronista, los exilios forzados de Perón  -y de tantos otros, entre ellos mi familia-, los fusilamientos del 9 al 12 de junio de 1956 -descriptos por Rodolfo Walsh en “Operación Masacre” y por Salvador Ferla en “Mártires y Verdugos”-, el Plan Conintes, la desaparición de Felipe Vallese, la noche de los bastones largos, marcan un camino de muerte donde el enemigo pierde todo rasgo de humanidad y es considerado un objeto a ser eliminado.

Esta acción desatada por militares y civiles, que desde jóvenes aplicaron los métodos que perfeccionarían durante la última Dictadura, encuentra a las fuerzas populares librando una batalla desigual contra las fuerza de ocupación.

Queda en nosotros mantener la memoria de las víctimas del 16 de junio de 1955, de los miles de desaparecidos y muertos de décadas pasadas, y de las injusticias que aún quedan por resolver a principios del siglo XXI.

*Pablo A. Vázquez. Lic. en Ciencia Política. Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.

** Portada. Obra de Daniel Santoro, Junio de 1955