2021 no es el 2001 (pero puede llegar a serlo)

A 20 años de aquel 2001 que se recuerda por el mítico “Que se vayan todos”, la crisis política, social, cultural y económica nos tienta a trazar paralelismos, especialmente cuando se observa el comportamiento electoral. Sin duda hay continuidades con aquel escenario pero también algunas diferencias que me interesaría desarrollar.

En primer lugar, mientras en 2001 la salida era el trueque, la asamblea barrial y votar a Zamora, hoy el descontento se canaliza por exigir la baja del gasto público y votar a Milei. Así, si el establishment contra el que se combatía en aquella época era el de la pizza y el champagne menemista, 20 años después ese establishment es, en parte, el macrismo, en tanto heredero del menemismo en las recetas económicas, pero sobre todo es también el progresismo en tanto establishment cultural que se constituyó desde el 2003. En otras palabras, se pasó de repudiar la pizza con champagne a repudiar el chorizo palermitano inclusivo en colchón de fetas panificadas sobre finas y clandestinas hierbas.

En segundo lugar, en tanto la crisis del 2001 era la crisis del neoliberalismo y más allá de que muchos votos en 2003 fueron hacia candidatos como Menem o López Murphy que económicamente ofrecían más de lo mismo, había un campo fértil para ofrecer otra cosa y eso lo vio muy bien Néstor Kirchner. Por eso, ante el campo devastado que dejó el retiro del Estado durante el menemismo tenía sentido recuperar el terreno y lograr un Estado presente. Ahora la situación es diferente: el macrismo sale indemne de su fracaso y de la bomba de tiempo que ha dejado, y los ojos se posan sobre el modelo K y el aumento de precios. Sin ninguna expectativa de una inflación menor a 40% en 2022, es natural que el próximo presidente sea aquel que logre ofrecer un plan de corte drástico de la inflación, una política de shock, lo cual, todos lo sabemos, supondrá costos sociales. Es que si Kirchner tuvo margen para ofrecer una salida proponiendo más Estado, hoy parece haberse instalado que el Estado es “el” o, al menos, “parte” del problema. ¿Es un novedoso triunfo de la agenda de la derecha? Sí y no. De hecho, podría decirse que este caldo de cultivo despertó en 2008 y en 2015 permitió que ganara Macri, un candidato que era imposible que ganara. Tan presente estaba que, en 2015, el kirchnerismo tuvo que poner a un candidato moderado. Sin embargo, la crisis del paradigma K se profundizó en los años posteriores empujado por los errores propios, cierta mutación sobre la cual volveremos a continuación y por una extensa maquinaria de propaganda y persecución que en 2019 lo obligó a reconocer que solo podía llegar al poder enmascarado en la opción “Alberto”. Se trataba de una opción que, más que moderada, era una variante casi “No K” o al menos así lo había sido entre 2008 y meses antes de la unción de Cristina, casi 10 años en los que Alberto realizó críticas sensatas pero también de las otras, habiéndose subido activamente, por ejemplo, a operaciones vergonzosas como la del Memorándum con Irán.

En tercer lugar, conectado con el punto anterior, podemos agregar un fenómeno que no ha sido lo suficientemente dimensionado en los análisis de los resultados de las elecciones. Me refiero a que todo lo ocurrido durante la pandemia ayudó a profundizar más el parte aguas entre una mitad de la sociedad más o menos protegida por el Estado y una mitad que entiende que el Estado no solo no la protegió sino que la saqueó. Y no importa si esto ha sido efectivamente así. Importa en este caso que hay gente que lo cree así. Igualmente insisto: esto ya estaba presente detrás de los discursos críticos a la proliferación de los planes sociales pero lo que sucedió en pandemia quebró las últimas contenciones. Es que el Estado no te dejaba circular; no dejaba que los chicos fueran a la Escuela y de esa manera quebraba toda el organigrama familiar; y no te dejaba trabajar si eras cuentapropista o trabajabas en el ámbito privado pero te seguía pagando el sueldo y te permitía quedar protegido en casa si tenías un empleo en el Estado. Los empleados de empresas privadas, los monotributistas y todo el sector informal, en el mejor de los casos, teniendo que salir a trabajar con riesgo a morir contagiado o, en el peor, imposibilitado de hacerlo. Mientras tanto, los empleados estatales, mal o bien, seguían cobrando estando en casa. Una vez más: no importa si la acusación es injusta o si se trata de una guerra de pobres contra pobres. Pero así se dio y sumemos a esto el “affaire Verbitsky” del Vacunatorio VIP y la foto de Olivos, y el combo es explosivo. En ese contexto lo más natural es que surgiera como salida un discurso que pusiera en el centro la idea de libertad y que vea al Estado como una maquinaria cooptada para el beneficio de un sector.        

Asimismo, como un cuarto elemento, podría decirse que tampoco es justo decir que todos los votos se han ido hacia la derecha. De hecho, aunque marginalmente, la extrema izquierda ha aumentado algo su porcentaje y esos votos provienen del kirchnerismo. Desde mi punto de vista, este fenómeno se debe a que sectores de la militancia kirchnerista joven persiguen una agenda que no difiere demasiado de la agenda de los grupos trotskistas y parecen haber dejado a un lado la solución urgente de la dimensión material que siempre caracterizó al peronismo clásico para abrazar una agenda identitaria que no logra interpelar a las mayorías. En este sentido, si un sector del kirchnerismo se “trotskiza”, lo más natural es que no absorba los votos de la izquierda sino a la inversa: es muy probable que especialmente sectores de la juventud se inclinen hacia “los originales” antes que a “la copia”. Es que es imposible correr al “trosco” por izquierda, no solo por su identidad sino por el teorema  que indica que cuanto más alejado se está de ser opción de poder más fácil es mantenerse radicalizado. Esta transformación ideológica que busca hegemonizar al oficialismo, a su vez, lo desperfila, le genera tensión adentro del FDT con las variantes peronistas clásicas y las liberales, y lo lleva a la crisis de identidad que tiene hoy porque, como indicaba antes, si al peronismo se lo desplaza de la tradición asociada al bienestar material de las mayorías será cualquier cosa menos peronismo. Porque el peronismo rebalsa de liturgia y símbolos pero todo eso se apoya en la experiencia del bienestar material. Correrse de allí puede derivar en algo mejor, pensará alguien, pero en todo caso no será peronismo. Y no se trata de andar con el peronómetro. Está claro que hoy es imposible gobernar si no es a través de frentes amplios con cierta diversidad ideológica, algo que, por cierto, también podría incluirse en la tradición frentista del peronismo, pero el abrazar políticas identitarias postergando la realidad material de las mayorías (algo que no fue así durante buena parte del gobierno de CFK) incluye al actual oficialismo en el magma posmoderno donde todo parece más o menos lo mismo. De hecho esa misma agenda, como les indicaba, se la puede encontrar en partidos de ultra izquierda, a pesar de ser originalmente parte de agendas liberales, y a su vez también se la puede encontrar en versiones de la derecha light tal como demuestra que en una misma marcha contra el cambio climático coincidan militantes de La Cámpora y del PRO.

Las diferencias respecto al 2001 podrían continuar pero harían demasiado extensas estas líneas. Sí se puede comentar, como elemento final, que esa fragmentación que se vio en el 2001 con los dos grandes partidos en crisis, no se encuentra presente hoy aun cuando el descontento desborda y salpica a todos. En todo caso, un escenario así podría darse quizás en el futuro, justamente, si el FDT continúa con esta fenomenal crisis de identidad y con una serie de políticas que hacen que una buena parte de los argentinos sienta que no hay sustanciales diferencias entre el actual gobierno y el de Macri. Así, la estrategia de la “moderación buenista”, lejos de garantizar gobernabilidad, podría llevar a una crisis de representación y de legitimidad de todo el sistema si los indicadores sociales continúan así. En otras palabras, si las coaliciones que se alternan en el poder no difieren demasiado en sus agendas, antes que mayor estabilidad y previsibilidad, lo que pueden generar es un repudio generalizado a los políticos y a la política. Eso sí se parecerá bastante al 2001.     

*Dante Augusto Palma. Profesor de Filosofía y Doctor en Ciencia Política