24 de febrero de 1946: El voto católico en el primer triunfo peronista

La revolución del 4 de junio de 1943, y en particular, la figura del Juan Perón, dividieron a la comunidad política argentina. El joven coronel, por su accionar en la Secretaría de Trabajo y Previsión, el apoyo sindical, su relación con la actriz Eva Duarte y su embrionario armado político despertó esperanzas en algunos y alarma en otros. Esto se reflejó en los actores políticos tradicionales, en la opinión pública y en aquellos sectores ignorados por décadas que buscaban hacerse oír.

Producido el 17 de octubre de 1945 se buscó enfrentar el desafío peronista a través de la Unión Democrática y la influencia de S. Braden, el embajador norteamericano. La publicación del Libro Azul, que denunció las supuestas actividades nazis locales involucrando al coronel Perón, fue prueba de ello.

La respuesta de Perón fue el libro Azul y Blanco, denunciando las pretensiones de los EE. UU., sumando el apoyo de radicales forjistas, laboristas, nacionalistas, con sectores del empresariado industrialista, a su proyecto. A eso adicionó una fuerte campaña con el tren El Descamisado y el yate Tecuara por los ríos del litoral. El plus fue Eva Perón, siendo la primera mujer de un candidato en acompañarlo, relevado hasta por la influyente revista Life de los EE.UU.

A falta de prensa favorable, según Rein y Panella, fue la creatividad de Perón y el ingenio descamisado. Tomando las tradiciones culturales rurales y de los suburbios, unidos al legado sindicalista, cánticos, panfletos, actos callejeros, manifestaciones y murgas sirvieron para la ocasión.

La consigna Braden o Perón fue exitosa: la identificación Perón = Pueblo, ¡fue absoluta!

A ello se sumó el rol de la religión católica. Autores como Bianchi, Bosca, Buchrucker, Caimari, Ciria y Zanata, entre otros, estudiaron la relación del incipiente peronismo con el catolicismo, desde las cuestiones ideológicas, las relaciones con la jerarquía eclesiástica, los intelectuales del nacionalismo católico y el apoyo popular de la feligresía a la fórmula Perón – Quijano.

Argentina, país profundamente creyente pero sin exaltación católica desde sus grupos gobernantes – salvo, por ejemplo, en la época de Juan Manuel de Rosas – pero con significantes de catolicidad, discurrió su existencia entre sectores populares sincréticos, caudillismo federal devoto pero en tensión con la Iglesia, y una élite liberal que se enfrentó, superó y luego pactó, reformas roquistas mediante, con la jerarquía católica.

La crisis del ‘29, el golpe del ‘30 y el fraude electoral potenciaron un redescubrimiento, de la élite y del pueblo, del catolicismo en el Congreso Eucarístico de 1934. Unos y otros encontraron, por diverso motivos, la configuración de una Nación Católica como traducción de lo sucedido con el nacionalismo (reaccionario o popular) en otras latitudes.

Ese espíritu se expresó de forma cruzada con respecto a Perón. Algunos nacionalistas católicos lo sintieron continuador del espíritu nacionalista del’43, mientras que otros impugnaron su acercamiento a los sindicatos y grupos izquierdistas; los católicos “demócratas” de la Liga Democrática Cristiana, futuros inspiradores de la Democracia Cristiana local, inspirados por Jacques Maritain, que se encaminaron en la revista Orden Cristiano, y los católicos sociales, herederos de la obra del padre Gotte y  monseñor De Andrea, atacaban por totalitario al Primer Trabajador.

También esa tensión se reflejó oficialmente por parte de la jerarquía católica a través de la Revista Eclesiásticadel Arzobispado de Buenos Aires, el diario El Pueblo y la revista Criterio.

Perón, definido “humanista y cristiano”, lector de la obra de Maritain y de Andrea, tuvo el apoyo de la Juventud Obrera Católica y de la Carta Pastoral del Episcopado Argentino del 15 de noviembre de 1945. Expresiones de Perón sobre la Doctrina Social de la Iglesia, León XIII, expresiones como “la cruz y la espada”, o “El Evangelio y las armas”, cierta influencia del padre Hernán Benítez, el apoyo del padre Virgilio Filippo, cartas, solicitadas y volantes, dan una idea de la utilización electoral reorientando una campaña que, inicialmente, no tuvo a la comunidad católica como principal destinataria.

En tanto la Unión Democrática contenía partidos como el Socialista y el Comunista que generaron rechazo en la comunidad católica, junto a la UCR y el partido Demócrata Progresista, organizaciones de raíz laica que tenían cierta distancia con el catolicismo, bastaba remontarse a las polémicas del fundador del PDP, don Lisandro de la Torre, con monseñor Gustavo Franceschi. Sólo los conservadores, en la UD, podían ser referencia para la jerarquía católica.

Al respecto Roberto Baschetti en Lo que el viento (no) se llevó: Efémeras, volantes y panfletos peronistas 1945 – 1983 (2013) incluyó un volante que expresó:

“¡Católico! La Carta Pastoral del Episcopado argentino enseña claramente que Ud. no puede votar una fórmula que separa la Iglesia del Estado y suprima el Catecismo en la enseñanza oficial; lo cual se ha propuesto el conglomerado oligárquico seudo democrático, al unirse con el socialismo y el comunismo, que aportan el mayor número de votos de la Unión Democrática (entidad: DESUNIÓN DEMOCRATICA). (…)

Hasta ahora el pueblo era libre y soberano sólo para elegir sus verdugos. Ahora va a elegir entre ser libre de todos sus explotadores o seguir siendo esclavo. Por eso los partidos políticos se han unido; por eso en su furor apelan a la mentira, al insulto, y hasta han jurado la muerte del Coronel Perón.

PARA NOSOTROS – ha dicho el Coronel Perón – LA IGLESIA ARGENTINA ES BENEMÉRITA, PORQUE HOY COMO SIEMPRE ESTÁ CON EL PUEBLO. NUESTRA POLÍTICA SOCIAL HA SALIDO EN GRAN PARTE DE LAS ENCICLICAS PAPALES Y NUESTRA DOCTRINA ES LA DOCTRINA SOCIAL CRISTIANA”

La exhortación final del votante es (ingenuamente) imperativa: “¡CATÓLICO, OBEDEZCA A SUS OBISPOS!”

Uno se imagina que a los adherentes iniciales a Perón que venían del movimiento obrero, con su carga de valores socialistas, no les harían mucha gracia estos consejos “clericales” pero, ante una elección reñida donde cada voto valía, más los guiños permanentes de Perón hacia la Iglesia lo deben haber tomado como un “mal menor”.

En realidad el concepto “pueblo trabajador” y “descamisado” englobó en la discursividad peronista a los diversos sectores (mujeres, indígenas, afrodescendientes, católicos, etc.) más que una referencia más directa y segmentada.

Por otra parte la adecuación del sentir peronista con el ideario cristiano, fundamental en los primeros momentos del peronismo para el sostenimiento de las relaciones entre Estado, Partido e Iglesia, con el tiempo – sobre todo en el segundo mandato de Perón –  daría indicios de una violenta conflictividad, tal como afirmé en FORJA, El nacionalismo antiimperialista y el conflicto entre la cultura liberal y la cultura católica, trabajo incluido en la obra colectiva coordinada pro Pacho O’ Donnell: La Otra Historia. El Revisionismo Nacional, Popular y Federalista (2012).

De “mal menor” a candidato provechoso para los sectores católicos que volcaron su voluntad libremente en las elecciones del 24 de febrero de 1946, Perón se alzó con la primera magistratura llevando adelante un programa nacionalista popular industrializador, inclusivo, de justicia social, con pleno empleo y modernizante a favor de los trabajadores, con signos de “cristianismo peronista”, como catalizador de las demandas de aquellos que deseaban vivir dignamente.

*Pablo Adrián Vázquez. Politólogo. Docente de la UCES. Miembro de los Institutos Nacionales Eva Perón, Newberiano y Juan Manuel de Rosas.