¿A qué planeta te fuiste?

¿Cómo se hace? En este mismo momento es cuando a uno le gustaría tener al menos un poquito de la capacidad que tenía Diego para gambetear las dificultades. Porque sinceramente cuesta el saber y decidir para dónde arrancar a la hora de hablar de la muerte de Maradona. Y acá mismo es donde digo ‘error’, será ausencia física, porque Diego no morirá jamás. Porque así son los elegidos. Esos hombres y mujeres de carne y hueso pero que quedan en el bronce y en el corazón de su gente; de la gente que los amó hasta la idolatría que no admite imperfecciones. Porque así es el amor genuino; realza las virtudes y minimiza los defectos. A los ídolos populares los construye la necesidad de ‘los simples mortales’ de encontrar en ellos aquello que quisimos y no pudimos o no supimos ser. Ellos conquistan o reivindican lo que nosotros siempre deseamos. Si hablamos de arte podemos concordar en un pintor, una escultora, una artista o un músico; el nombre lo pone cada uno según sus gustos. Si de política se trata, y dentro del corazón de ‘los de abajo’ podríamos evocar a Fidel y al Che, a Perón y a Evita, o a Néstor y Cristina. Gente que peleó por la gente más postergada; esos a los que muchas veces la panza les hizo ruido de hambre. Y Diego fue, especialmente para ellos, el que desde su misma condición se les plantó a los poderosos diciéndole lo que sentía desde esas tripas del pibe de casa de cartones y chapas de Villa Fiorito. Y lo hizo con la dignidad que le transmitieron Don Diego, ese obrero laburante de sol a sol, y la Tota, madre prolífica y que hasta se quedaba sin comer para que lo hicieran sus hijos e hijas. Diego fue el que en cinco minutos les clavó dos goles a los ingleses en el 86, como si el campo de juego fuera una prolongación del campo de batalla de Malvinas, en el que cayeron muchos de nuestros pibes. Uno con la picardía del pibe atorrante de Fiorito, y el otro apilando muñecos desde la mitad de la cancha; como para que a nadie le quedaran dudas de quién es el mejor futbolistas del mundo de todos los tiempos. Y Diego fue el que le arrebató la adoración a San Genaro en la mismísima Nápoles, porque con su magia el Sur puso de rodillas al Norte poderoso. Fue el que enfrentó a los tránsfugas y burócratas dirigentes de la FIFA. El que siempre puso por encima de todo, en un ambiente corrompido y putrefacto, al jugador de fútbol. El mejor Capitán de todos. El que en el mundial juvenil de Japón del año ’79 nos hacía levantar a las cuatro de la mañana para disfrutar del equipo del flaco Menotti, hasta levantar la Copa del Mundo; y después otra vuelta olímpica con el Narigón Bilardo en México ’86. El pibe de Villa Fiorito que soñaba con jugar el mundial y salir campeón lo hizo. Se puso ‘la celeste y blanca’ de la Selección y se le quedó marcada a fuego en la piel, y su sangre se hizo celeste y blanca. Y Diego fue parte del «ALCA, ALCA, Al carajo!!!’, y nos enseñó que es increíble que se te escape una tortuga, que se equivocó y pagó… pero que la pelota no se mancha, que Macri es un cartonero, y que no sabe leer. Que la tenés adentro, y que le cortaron las piernas. Diego es el pibe de barrio que pudo haber dejado todos sus padecimientos en el olvido pero nunca lo hizo. Nunca traicinó. Siempre supo de qué lado de la mecha se encontraba. Tal vez nosotros, la sociedad en general, deberíamos replantearnos algunos comportamientos que llevaron a Diego a los infiernos. Le pedimos a ese niño de rulos que no tenía para comer, que se comportara como si nunca hubiera sufrido carencias. La sociedad de consumo, esa que pone parámetros de vida ejemplar, esa que transforma a las personas en material descartable según sus conveniencias, encontró en Maradona a un batallador incansable forjado con el dolor y el rencor que marcan a fuego las desigualdades. Maradona nunca agachó la cabeza. Ni adentro ni afuera de la cancha; y eso es lo que más les ha molestado a los que lo odiaron. ¡Pobre gente! Es muy triste habitar un cuerpo en donde no hay un poquito de comprensión, ternura y acompañamiento con alguien que pasó mil penurias y en su infancia. Pobre gente, la que no supo llenar su corazón con tantas y tantas alegrías que Diego nos ha regalado. Tal vez ahora recapaciten y se arrepientan. Están a tiempo. Mientras tanto los que no paramos de llorar en este día, al que jamás habríamos querido llegar, seguiremos intentando encontrarle alguna explicación que quizá no la tenga. Definitivamente creo que es así. Es altamente probable que Diego Armando Maradona nunca haya existido, y sea solamente una creación de la loca imaginación de un capoescritor de ciencia ficción, y le asista la razón al gran Víctor Hugo, que en medio del mejor relato de la historia se preguntó «Barrilete Cósmico! ¿De qué planeta viniste? «Lo importante es saber, lo antes posible, a qué planeta te fuiste. Porque sería muy interesante poder ir al lugar en el que ese pibe de Villa Fiorito le regala alegría y felicidad a las personas de corazones sensibles. 

*César Ferri. Lic. en Comunicación Social. Periodista en Radio Continental

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