Agenda, territorios y poder

La consideración de la política como ámbito de disputa es -sin pretensión de demasiadas teorizaciones científicas- sin dudas apropiada. La aspiración a construir comunidades más justas, más igualitarias, más armónicas, sobre la base de una profunda convicción de diálogo verdadero, cooperación y búsqueda del bien común, no inhibe en absoluto la posibilidad de advertir que existe una realidad de base conflictual que forma parte de la naturaleza de la persona humana, de la sociedad y, consecuentemente, también de la política. En la política está presente el conflicto y, a su vez, es la política la que, asumiéndolo en su profunda realidad, es capaz de superarlo.

Ahora bien, cuando los pueblos buscan -y siempre lo hacen- un camino de construcción de su propia historia, de protagonismo libre y decisión soberana, suelen elegir un ámbito donde dar esas luchas y transitar esos conflictos. No las dan en cualquier lado, ni en cualquier momento ni con cualquier tema. Las dan en la realidad concreta, que se vive en los territorios. La defensa de la cultura y de la propia identidad, el modo de vida, la forma de vincularse entre sí o de relacionarse con la tierra, con la producción y con el acceso a los alimentos o el cuidado del ambiente, suelen ser aspectos en donde el pueblo está siempre dispuesto a proponer la disputa, asimilarla y resolverla. Se organiza para hacerlo, define su agenda y dirime con presencia en territorio.

Por el contrario, cuando son los sectores no populares los que definen el campo de la disputa, los temas estarán más vinculados al dinero, a las finanzas, a la lógica de los medios de comunicación. Los ambientes intelectuales o los dirigentes “importantes” suelen caer en esa agenda. Eligen la lucha por la opinión. En un caso, el camino busca la unidad, la integración, porque fortalece la posición del pueblo en su intento de imponer su lógica solidaria; en el otro, la fragmentación, la división y, si fuera posible (límite que finalmente cruzó un importante dirigente opositor), la desmembración territorial de la Nación. Las agendas son distintas, los actores son otros y los métodos también difieren.

La contienda por la opinión se orienta a cuestiones que se presentan a sí mismas como “complicadas” (muchas veces a propósito) o grandilocuentes: la economía de las grandes variables, los sistemas ideológicos, las cuestiones históricas no zanjadas. Es una batalla para ver quién tiene razón o quién impone el sentido común en la opinión pública. Y tendrá razón el que puede repetir más veces o de forma más masiva algunos principios simples, categorías burdas, sensibleras y efectistas. O quien silencie, desprestigie o destruya la palabra del otro. Se trata de un procedimiento más psicológico que político. Se disputa por la palabra y el sentido, desde arriba para abajo, sin ánimo alguno de incorporarse a la dinámica cultural de los pueblos. No es menor esa pelea. Pero muchas veces pareciera como que la realidad concreta de los pueblos se ve poco en esas discusiones. Y lo que es peor, el protagonismo está reservado a algunos pocos: funcionarios, comunicadores, candidatos o principales figuras, algunos consultores, asesores de imagen. Los protagonistas de la realidad cotidiana, la que se vive todos los días, las alegrías o las tristezas, las felicidades y los contratiempos, son meros espectadores.

Pues bien. Lo cierto es que somos aún una Argentina con vastísimo territorio sin ocupar, en el que hay una enorme potencialidad de desarrollo y oportunidades; una Argentina que expulsa a su gente de sus pueblos y ciudades y la amontona en inviables concentraciones urbanas, desarraigada, en el seno de las cuales los pobres pelean contra los pobres por el espacio, la vivienda y el derecho al alimento. Los efectos de la pandemia dan cuenta de lo desacertado de ese proceso de extrema concentración poblacional, con efectos demográficos, sociales, económicos y sanitarios. También, por suerte pero no casualmente, se despierta el interés de muchos actores del campo popular que empiezan felizmente a proponer caminos inversos. El Arraigo, la Marcha al Campo, el Foro de Tierras, encuentran en las organizaciones sociales, en universidades y en actores políticos, por primera vez en años (a pesar de que el problema es bastante viejo y estructural), un eco interesante. Pero la agenda de los poderosos, sin embargo, es la anticuarentena, los reglamentos parlamentarios, las rencillas menores, las marchas irresponsables que exponen a la población a los contagios, algún actor haciendo el ridículo papel de líder callejero o lo que surja cada semana como escándalo ritual y virtual en el que podamos producir simulaciones que generen más desunión y grieta.

Somos una Nación inconclusa, sin producir todo lo que puede producir, sin trabajar en todo lo que puede trabajar, sin desarrollar toda la potencialidad científico-tecnológica que podemos desarrollar. De repente, como en un oasis de soberanía y como un soplo de esperanza, la creatividad, el esfuerzo y el talento de científicos argentinos ponen un satélite en órbita, colocando a la Argentina en el selecto grupo de los países con esa capacidad, lo cual genera una enorme gama de posibilidades. Pero la agenda mediática prefiere tenernos atrapados en la discusión sobre opiniones burdas o brutales de contendientes de cartón. Impotentes para discutir lo principal. Inmovilizados. Enseguida el boicot de desánimo impone el título de alguna reyerta estúpida entre dirigentes y éstos, a veces parecen como anestesiados, se suben a ese minuto de fama como zombies, obnubilados por las luces de las cámaras de TV ¿Lo hacen a propósito? ¿Son maniobras de distracción? ¿Para distraernos de qué?

Luego, un episodio trágico y triste irrumpe nuevamente en nuestra historia. No lo podemos dejar pasar ni naturalizar. Un pibe desaparece, un pibe es encontrado muerto y mutilado. Se parece bastante a violencia institucional. Huele a abuso policial. Las autoridades principales asumen el tema como preocupación propia. Reciben a la familia, deciden investigar y se hacen cargo de desbaratar cualquier intento de impunidad y cobertura a los responsables. En medio del dolor que es imposible de mitigar, hay una luz de esperanza. Si el poder actúa como tiene que actuar, el caso puede esclarecerse y -como ya sabemos, porque nos lo enseño nuestra historia-, la Memoria, la Verdad y la Justicia permitirán sanar a las sociedades de las heridas de los oscuros. Sin embargo, los dueños de la agenda se encargan de hacer aparecer viejos debates: los mano dura, los no mano dura. La seguridad de derecha o la seguridad de izquierda. La puesta en escena de una obra interminable. Aparecen opinólogos de la abstracción por todos lados y algún apresurado asesor electoral se lanza a captar “nichos” con discursos que se posicionan en un lado o en otro de la fantochada. En medio de todo, se pierde el nombre del pibe, se desdibuja el drama concreto de su familia, siguen sin aparecer las caras y los nombres de las cientos de mujeres golpeadas, violentadas y asesinadas y suben a escena, como en un intento siniestro de neutralizar la realidad, actores de una obra tan absurda como dañina, discutiendo sobre vaguedades genéricas y posicionamientos ideológicos.

Sabemos que la esperanza de los pueblos no está puesta en esa pretensión boba de algunos ilusos, cuando no tramposos, que nos quieren vender el optimismo de un mundo sin lucha, sin conflictos. No nos asusta la lucha y sabemos que ha generado y generará avances y conquistas. La esperanza de los pueblos, por el contrario, está en su arraigo a la verdad. La verdad humilde de la realidad. La verdad trabajada, sostenida y expresada en el seno de la cultura popular. Una realidad que debemos transformar y hacer más justa. Siempre con el protagonismo del pueblo, actor principal de la decisión política y buscador eterno de unidad.

Tenemos agenda si escuchamos y permitimos que se exprese. Construyamos poder popular para imponerla y concretarla. Sin distracciones. Con rumbo definido que no se desvíe ni se frene. Ocupemos el territorio y llenémoslo de vida, de trabajo, de producción, de escuelas y universidades, de científicos, docentes y profesionales: de pueblo organizado y consciente para reconstruir una Nación grande. Los de afuera, son de palo.

*Ex diputado provincial y actual Titular de la Unidad de Asuntos Legislativos del Ministerio de Justicia de la Provincia de Buenos Aires