¿Apocalipsis Now?

Guerra y política

Maurizio Lazzarato en El capital odia a todo el mundo plantea que existe una guerra entre el capital y la población. E invirtiendo el aforismo de Clausewitz sostiene que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Una vez terminada o pausada la guerra se abre el juego en un campo político determinado, limitado por los intereses del ganador. Luego de mayo del 68, dice Lazzarato, y agregaríamos, con la caída del muro de Berlín y la implosión de la URSS, el capital quedó como claro ganador. La existencia del bloque soviético y sus satélites mantenía una tensión entre el capital y el comunismo. Este enfrentamiento llevó al sostenimiento de una política de bienestar con inversiones de capital para favorecer a las poblaciones de Europa occidental y los EE.UU. mientras que, en Latinoamérica, África y el Sudeste Asiático se avanzaba a sangre y fuego a través de la guerra sucia, las dictaduras, el terror, las desapariciones y los genocidios. Dicha ofensiva planificada comenzó con el golpe de estado de Pinochet en Chile, que fue la punta de lanza con la que los Golden Boys de la Escuela de Chicago desembarcaron en la acción directa para luego esparcirse a lo largo del planeta.

Como los cambios culturales suelen iniciarse en las periferias para luego dirigirse al centro, el ajuste económico sobre las poblaciones del tercer mundo luego recayó también sobre los trabajadores de los países más desarrollados. Los gobiernos de Reagan y Thatcher impusieron el juego en las principales potencias occidentales. “La economía es el método, el objetivo es cambiar el alma”, fue la frase de la última, que da cuenta del sesgo religioso del neoliberalismo. Pero lo que en el primer mundo se vende como método económico en el tercero sabemos que no es suficiente. Porque las almas resisten y para cambiarlas hizo falta algo más que economía. Hizo falta aplicar la violencia extrema.

Tal vez sea la identificación mimética con las poblaciones europeas de posguerra lo que hace que parte de las capas medias latinoamericanas alucinen aun hoy con la amenaza comunista. Los rechazos y/o renegaciones de algunos intelectuales europeos, estadounidenses y latinoamericanos, aun colonizados, los ha llevado a decir disparates como que el capital hoy actúa por seducción. Desconociendo que muy probablemente no sea sólo la seducción del dinero sino también el terror lo que los hace poner de rodillas. Cuando personajes como Eduardo Duhalde amenazan con un golpe de estado saben sobre qué heridas sangrantes del cuerpo social golpean sus latigazos lenguajeros.

Mímesis

Hace poco murió John Saxon, actor de múltiples films. En la década del 60 protagonizó “War hunt”, ambientada en la guerra de Corea, primer enfrentamiento bélico de los EE.UU. contra el comunismo. El personaje es una suerte de psicótico funcional. Un soldado que no obedece a la disciplina convencional del ejército, pero de noche se pinta la cara y, cuchillo en mano, se desliza tras las líneas enemigas para degollar comunistas. Se lo respeta hasta que se firma la paz y se vuelve ingobernable. Entonces se lo mata. En un momento se explica: “de noche me vuelvo invisible”.

Varios años más tarde Coppola revisitará el tópico con “Apocalypse Now”, ambientada en Vietnam, el segundo gran enfrentamiento contra el comunismo. Esta vez Marlon Brando protagoniza al Coronel Kurtz que, cansado de la política y sus síntomas, se hunde en la profundidad selvática para llevar la guerra hasta las últimas consecuencias, hacerse matar ritualmente. El manejo de las luces en las escenas de Kurtz, hundido en las sombras y emergiendo de a trazos instantáneos, muestra el funcionamiento del mecanismo mimético. No se trata de una identificación ni de una técnica defensiva. Como lo ubicó Caillois, no tiene utilidad alguna. Simplemente el sujeto se deja capturar por el fondo para hacer desaparecer su figura. Conjeturamos allí la existencia de un goce vertiginoso. Entendemos que a eso se refería Freud cuando decía que la pulsión de muerte aspiraba a volver a lo inorgánico.

Transparencia

Uno de los significantes que el neoliberalismo ha puesto a rodar en su ofensiva mediática contra los gobiernos nacionales y populares es “transparencia”. Se trata de acusar de corrupción a los funcionarios de dichos gobiernos para desplazar el discurso de la política y la economía al terreno de la moral más básica a fin de bombardear, a través de los medios, los cuerpos y mentes de las poblaciones y chantajear a los integrantes del Poder Judicial que aún no se hayan doblegado, a fin de conseguir fallos favorables a sus intereses. Los gobiernos serviles pretenden definirse, por oposición, como transparentes. Su intención es dar a entender que no tienen nada que ocultar, que todo está a la vista. Pero si tomamos el significante por su significación habitual notaremos que transparente es aquello que no se ve. Como sucede con sus negociados que, suelen ser muchos más y mayores que los de otros, pero quedan invisibilizados para gran parte de la población por su incorporación mimética al fondo de sentido común que construyen los medios de comunicación.

Walking dead

Como lo viene mostrando la pandemia nos hallamos en un punto de inflexión. El capitalismo financiero ya no puede disimular sus agujeros y su política de la muerte. Las Christine Lagarde, los Trump y Bolsonaro, los Macri y las Bullrich, entre otros, llamando desvergonzadamente a la violencia racista, de clase, etaria, etc., son la muestra de la brújula del capital que empuja a la aparición de neo-fascismos neoliberales que continúen sosteniendo, por la vía de la violencia directa, la extracción de plusvalía y su acumulación progresiva en cada vez menos manos.

El resquebrajamiento del imaginario del capital humanitario hace cada vez más difícil la mímesis de apariencia normal. De allí que el periodismo vire a periodismo de guerra a fin de forzar el forjado y mantenimiento de un sentido común funcional al capital. Se advierte al escucharlos hablar que sus discursos están plagados de contradicciones e incoherencias y que sólo se sostienen por la potencia de su poder de fuego comunicacional. El efecto que producen sobre gran parte de la población es de aturdimiento y repetición de consignas que no se articulan discursivamente. Sus representaciones palabra funcionan como representaciones cosa, diría Freud. Alucinan sin por ello ser necesariamente psicóticos. Habría que redefinir a la alucinación para sacarla del terreno psiquiátrico. No entenderla como representación sin objeto sino como presencia de la representación cosa. Es esa presencia lo que sostiene a la subjetividad walking dead. Son los muertos vivos.

Plus de goce

El plus de goce es como la erección. Dura un tiempo y después se acaba. Entonces el inconsciente, ese trabajador infatigable, se pone a trabajar en busca de uno nuevo. Con la plusvalía pasa parecido, por eso los que se han hecho ricos robando tienen que volver a robar. El discurso capitalista tiende señuelos de falsos plus de gozar. Son todas en esas chucherías con las que los departamentos de marketing hacen su agosto. Te quieren hacer creer que podes acceder al plus de goce evitando el trabajo del inconsciente. Si caes en la celada te convertís en un walking dead, envidiás y odiás a los que están vivos, querés matar y morir y podés empezar a militar por la pandemia disfrazado de anti-cuarentena. En ese punto el deseo de muerte es directamente proporcional a la impotencia.

Ni muertos ni vivos. Así definió Videla a los desaparecidos. También confesó que habían dado el golpe de Estado para instalar la economía libre de mercado. No estar ni vivo ni muerto, ¿será la condición subjetiva necesaria para sostener el reinado de las finanzas? Ni vivo ni muerto, como relata Semprún, en La escritura o la vida, que andaba luego de salir del campo de concentración nazi. Lacan ya había advertido, cuando dijo que los campos de concentración eran el adelanto de lo que iba a venir por la reconfiguración de los lazos sociales como consecuencia del desarrollo científico, la íntima relación existente entre el nazismo y el tecno-capitalismo financiero.

Los walking dead se encuentran en la encrucijada de al menos dos ejes, uno diacrónico y el otro sincrónico. El primero enhebra a los expulsados del mercado laboral, los perseguidos, asesinados, fusilados, bombardeados, etc. El sincrónico los toma como objeto de los mass media, que no informan ni comunican, sino que aturden a través de ambigüedades, contradicciones y todo tipo de inconsistencias.

Alucinan y deliran, de una forma no necesariamente clínica, en ese borde que subsiste entre el abismo al que puede arrojarlos la esquizofrenización del lazo social producida por el discurso capitalista y la captura a la que se ofertan para ser usados sin escrúpulos.

El goce de lo inútil

El capitalismo surge en conjunto con el protestantismo, de la mano del intento de anular el gasto improductivo, como lo plantea Bataille prolongando a Weber, en un movimiento que intenta anular lo sagrado (el gasto improductivo) que estaba presente en el Cristianismo medieval. Esa anulación de lo sagrado intenta producir una separación radical entre Dios y el hombre, para dejar al hombre sometido a la lógica de lo útil. Esta moral facilitó el desarrollo del capitalismo. Pero lo que no pudo anular es el lugar de lo sagrado. Allí parece haber ido a parar el dinero. Ya que útil es todo aquello que produce dinero. “Time is money” decía Franklin. Ni siquiera el misterio del tiempo se salva. Pero si todo lo útil es lo que hace ganar dinero, el dinero ¿habrá ocupado el lugar de lo inútil? Lacan que no era tonto, decía que el goce era lo que no servía para nada y que el dinero era el significante que mata toda significación.

Ahora, el capitalismo, devenido financiero, intenta producir dinero con dinero, eludiendo el pasaje por la producción, es decir por los cuerpos de los trabajadores. Como me dijo un día un financista: “el riesgo es el factor humano y nosotros evitamos el riesgo”. Entonces, si el dinero se separa de lo humano, ¿pasa de lo sagrado al lugar de Dios? ¿Quiénes lo atesoran pueden creerse dioses? Y si el dinero es uno de los principales sino el principal elemento de distribución libidinal que tiene la cultura, los cuerpos, ¿pasan al lugar del gasto improductivo, del desecho? En tanto, el dinero se distribuye cada vez menos, se vuelve cada vez menos real, más virtual y sagrado. Pero la religión capitalista ha logrado que cada vez que se produce un potlatch (se lo llama crisis) el gasto no lo paguen las multinacionales financieras sino los estados sostenidos por los ciudadanos/trabajadores, como se hizo evidente en 2008. Es decir que las crisis provocadas por la acumulación de dinero virtual en las entidades financieras las pagan los trabajadores reales con dinero real. O sea que la crisis provocada por la operación de sustraer libido-dinero de los cuerpos se emparcha sustrayendo más libido-dinero de los cuerpos. Por lo tanto es lógico que la cultura globalizada produzca cuerpos cada vez menos libidinizados: la cultura japonesa es una muestra bastante clara con sus jóvenes encerrados, negados a tener relaciones sexuales, alta tasa de suicidios, etc.

Yo no me caí del cielo          

Se habla de la dictadura de los algoritmos financieros. Cuando Cristina Fernández de Kirchner demanda a Google por difamarla, la empresa contesta diciendo que las noticias se generan de forma automática. El neoliberalismo financiero intenta borrar la política como lugar dónde se debate y se toman decisiones. Para eso aprieta con las tenazas financieras y mediáticas.

Dios se ha vuelto un algoritmo. Nos quieren hacer creer que ya no hace falta decidir nada. Que todo está escrito. Pero el capital no se acumula al azar. Se asienta en lugares muy precisos, en los bolsillos de los que deciden, que son cada vez menos y ganan más.