Biden recalienta las tensiones militares siguiendo el camino de Obama

La llegada al poder de Joseph Biden fue festejada por la prensa corporativa en una curiosa coincidencia con la progresista, ambas señalaban a Donald Trump como un virtual Anticristo que resumía en su persona la suma de todos los males imaginables, que en los tiempos actuales significa ser acusado de misógino, homofóbico y racista.

Las pruebas de esas acusaciones nunca fueron contundentes, apenas se redujeron a una serie de apreciaciones o gestos de mal gusto, descorteses o francamente ordinarios, pero nada que realmente sea más que un detalle menor en términos políticos.

Precisamente en estos términos políticos la realidad era otra y se ocultaba ex profeso bajo acusaciones que buscaban excusas para actuar. Trump era el resultante de un sector que intentaba detener un proceso de predominio del capitalismo financiero por sobre el productivo que había ido, gradualmente, situándose como el centro gravitatorio de la economía de EE.UU. y mundial, impulsado por las corporaciones que maximizaban sus negocios instalando la producción en lejanos países asiáticos aprovechando sus menores costos productivos, obteniendo de esta manera una renta extraordinaria.

EE.UU. sufría como consecuencia un correlato de desocupación reflejado en la caída de la clase media durante más de tres décadas consecutivas.

Esta situación económica se complementaba con una agresividad militar con esteroides que empujaba a EEUU a tener poco menos de un millar de bases militares en el mundo, algo insostenible para cualquier economía pujante pero más para una que se basaba ya en servicios y cuya participación en el PIB mundial retrocedía incesantemente.

Sin embargo, durante este período, que a partir de los ’90 sería de hegemonía absoluta de EE.UU., era necesario un despliegue militar que impusiera los modelos de libre comercio sin disensos, nadie se podría oponer y debían abrir sus economías, excepto que quisieran desaparecer de la faz de la Tierra.

Kadafi, por ejemplo, intentó comerciar su petróleo en euros, pero aún luego de “amigarse” con los líderes europeos, fue asesinado atrozmente, porque su iniciativa atentaba contra el predominio del dólar, base del poderío de EE.UU. y detrás de él, del globalismo que empezaba a mostrarse abiertamente.

Este proceso alcanza su punto máximo con la llegada de Barack Obama a la presidencia. El militarismo estadounidense como brazo disciplinador de un modelo globalista financiero comenzaba a desarrollar una nueva etapa. Obama, pese a ser hijo de un oficial de Inteligencia de EE.UU. educado en las más caras y prestigiosas instituciones, fue extrañamente recibido como un líder revolucionario por los sectores progresistas occidentales.

Su mandato se caracterizó por una violencia que registraba pocos antecedentes por su virulencia, pero especialmente porque sus objetivos eran novedosos. 

Ya no interesaban los cambios de gobiernos clásico que EE.UU. había impuesto a lo largo de las décadas anteriores, ahora el modelo era distinto y consistía en un proceso de destrucción reduciendo sus objetivos a Estados fallidos dominados por bandas armadas que fácilmente serían controlables para extraer sus recursos naturales de ser necesario o simplemente para privar a los potenciales enemigo del acceso a los mismos.

Este proceso ofrecía muchas ventajas a los tradicionales golpes de Estado porque eran más económicos que mantener eterna presencia militar mientras garantizaba pingües negocios a partir del ataque militar.

Pero además servía para preparar lo que Barack Obama diseñaba como el Pivot hacia Asia, rodeando a la emergente superpotencia china buscando asfixiarla privándola de acceso a recursos indispensables para su desarrollo.

Allí veremos entonces una política de revoluciones (Primaveras Árabes) orquestadas por los tres ejes de la Inteligencia Occidental: la CIA estadounidense, el MI6 británico y la Mossad israelí en un plan basado en las ideas que a principio de los 2000 el analista y consultor militar Thomas Barnett había hecho públicas y que más adelante el almirante Arthur Cebrowski había trabajado para implementar junto a Donald Rumsfeld, el secretario de Estado de George Bush hijo.

Barnett creía que el mundo se dividía en uno desarrollado con valores democráticos en común (“core” en su idea) y otro sector que debía ser desenganchado porque lo componían Estados que no tenían condiciones para ser incorporados a ese mundo viable. 

Medio Oriente tenía todos los requisitos para ser considerado parte de esa brecha (The Gap) que debía ser desconectada y los planetas se alinearon para que Obama ponga en acción su plan para destruirlo, dejar solo Israel como única nación viable encargada del control regional y así liberar sus tropas para ir por China, destruyendo al único Estado que podía oponerse a la construcción de un modelo global financiero dominado por las corporaciones privadas de origen anglosajón principalmente.



Mapa diseñado por Barnett destacando la zona viable (Core) y la zona no integrable (The Gap).

Afganistán, Yemen, Irak, Pakistán, Somalia, Libia y Siria sufrirían entonces el proceso ideado a través de todo tipo de agresiones, comenzando por las “Primaveras” que fueron sólo el prolegómeno para un ataque en toda la regla contra aquellos que aún ofrecían resistencia. Los bombardeos masivos con fuerzas convencionales y el estreno de las nuevas tecnologías de drones iniciaron un proceso de destrucción de Medio Oriente acelerado, proceso al que sumaron el terrorismo yihadista, financiado, entrenado y armado precisamente por las agencias de inteligencia mencionadas.

Rusia, quien ya había comenzado un proceso de resurgimiento de la mano de Vladimir Vladimirovich Putin, decidió que el avance sobre sus fronteras era una preparación para la guerra y no podía seguir buscando consenso con un poder que procuraba su destrucción. Desde la caída de la URSS, las fronteras rusas vieron cómo la OTAN avanzaba sumando una a una las ex repúblicas soviéticas preparando el asalto final a su país.

Ese proceso que se desarrolló desde los ‘90 constituyó una primera línea roja para el Kremlin, esta línea mencionada fue el intento de sumar a Ucrania a la alianza militar derrocando a Víktor Fiódorovich Yanukóvich1  por medio de una insurrección orquestada en el Euromaidan, mismo modelo que las Primaveras Árabes.

Rusia ocupó Crimea reclamando que era parte integral de su país desde el siglo XVIII y apoyó a los rusófonos del Donbass.

Siria fue el otro punto rojo. Invitada por el gobierno de Bashar al Assad, Rusia intervino en la guerra contra Siria desatada por las fuerzas occidentales que combinaron una serie de factores como el integrismo islámico, ONGs como el Observatorio Sirio de los DD.HH. sito en el Reino Unido y los Cascos Blancos que darían la cobertura para el ataque y la intervención directa de EE.UU. e Israel.

Rusia contuvo la ofensiva del globalismo que utilizaba a los EE.UU. como ariete, hasta que llegó Donald Trump al poder. 

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Trump encabezaba un proyecto diferente, EE.UU. debía volver sobre sus pasos y cerrarse a la libre competencia que durante décadas había impulsado porque simplemente no podía superar a China en ese terreno y debía cambiar las reglas de juego para sobrevivir.

Rápidamente canceló el TPP, un tratado que cristalizaba la globalización económica y liberaba la libre circulación de capitales y bienes.

El proyecto de Trump incluía, necesariamente, un retiro y replanteo de las FF.AA. de EE.UU. desde una lógica práctica y económica. Ser el gendarme mundial era muy costoso y EE.UU. no podía enfrentar una reconstrucción de su economía con una sangría económica constante fruto de las aventuras militares. El planteo de Trump era simple, dejar de guerrear para que hagan negocios las multinacionales que luego llevaban los puestos de trabajos a otras regiones, transferían capital y tecnologías sensibles y tributan en paraísos fiscales.

En la política real no existen proyectos buenos o malos, existen intereses, y los de EE.UU. difieren de los del globalismo que hasta ese momento era una masa confusa que lo mostraban al mundo como algo indivisible, pero los propios estadounidenses entendieron, o al menos una parte de ellos, que este camino los conduce a la desaparición como Estado Nación, algo imprescindible para un modelo donde las decisiones serían tomadas por las corporaciones y los Estado serían reducidos a meras administraciones locales ejecutoras de las decisiones ya tomadas en otros ámbitos.

Sobre este simple esquema Trump desafiaba a los intereses del Estado Profundo y sus conexiones globales. Por eso mismo antes de asumir, la prensa corporativa que había sido comprada en las décadas previas, rabiosamente cargaba contra Trump, algo que la prensa progresista repetía en una muestra de alineamiento con poderes superiores con la excusa de una política cultural pretendidamente revolucionaria pero diseñada en sus think tanks.

No había entonces espacios para el disenso, se podría ser neoliberal y estar en contra de Trump porque atenta contra el libre mercado o se podía ser progresista/izquierda y enfrentarlo porque se oponía a las políticas de moda, especialmente las de género. Sea lo que sea, la corrección política era apoyar a quienes buscaban derrocar a Trump y apoyarlo significaba ser calificado de fascista.

Es importante aclarar que nuestra región nunca estuvo en juego en esta disputa intercapitalista. Carente de peso por no contar con grandes mercados de consumo, sin identidad propia nacional ni clases dirigentes que la constituyan en un jugador de talla mundial, nuestra región está condenada a ser apenas moneda de cambio en las cuestiones electorales internas de EE.UU.

La comunidad cubana residente en Florida controla un Estado clave que puede decidir el resultado de una elección presidencial y además tiene una relativa influencia en el voto hispano conservador, por ello resulta estratégica y personajes como Marco Rubio, verdadero autor de la política hacia la región a cambio de ceder su apoyo en las elecciones, cobran una enorme importancia.

La falta de organización y peso como región hacen que las políticas de EE.UU. sean casi inexistentes desde hace muchos años, hoy no tenemos ni invasiones ni presiones excesivas del Estado sino simplemente un abandono donde las corporaciones imponen sus reglas ante la falta de líderes propios que defiendan los intereses de nuestras naciones, salvo contadas excepciones que en soledad no alcanzan para torcer el rumbo general.

Por lo expuesto, y más allá de la neutralidad en materia de política exterior de republicanos o demócratas, Trump significaba una oportunidad porque encabezaba un proceso diferente a la política de EE.UU. del último siglo y permitía algo fundamental que era poder pensar en proteger la industria y el mercado interno de nuestros países, en consonancia con las ideas que el mismo Trump llevaba a cabo.

Saliendo EE.UU. del liberalismo económico, el modelo globalista solo tenía apoyos en una UE que languidece y que vería prontamente como el Reino Unido seguía su camino separado, y de China, que aprovechaba para extender su influencia pero que representa un modelo diferente porque sus corporaciones son controladas por el Estado, lo que tarde o temprano la pondría en rumbo de colisión con el globalismo financiero privado.

Este es el contexto donde las elites regionales, carentes de vocación nacional e intoxicadas por una prensa corporativa e “independiente” pero alineada con las ONGs que la nutren de ideas y fondos, se habían alineado con los intereses globalistas. No comprendieron, o no quisieron comprender, la oportunidad que se presentaba.

En lugar de salir de la trampa del libre comercio y construir un modelo nacional, optaron por buscar acuerdo con una UE enfrentada a Trump porque defendía intereses opuestos e inclusive se mostraron hostiles a Trump bajo esa triple acusación: misoginia, homofobia y racismo, tanto liberales como progresistas se pusieron del mismo bando, el equivocado.

Lo que vimos luego, los festejos por la victoria de Biden es solo el resultado de la miopía política de no comprender que está en juego, o no querer comprenderlo y buscar una salvación personal.

Solo viendo el gabinete de Biden podemos ver que su presidencia es la de Obama 3.0. Un gabinete plagado de sionistas (él mismo se identificó como sionista en un reportaje), un secretario de Defensa que es un general retirado de cuatro estrellas, Lloyd James Austin III, aplaudido por ser negro. Lástima que viene de ser CEO de la corporación Raytheon, una de las mayores del complejo militar de EEUU.

Biden, cuyas capacidades mentales se ven puestas en dudas por sus múltiples lagunas mentales públicas, no ofrece garantías personales tampoco porque él mismo ya fue un halcón clave en el proceso de ataques a Medio Oriente, algo que también hemos visto cuando fue uno de los impulsores para que EE.UU. apoye al reino Unido en la Guerra de Malvinas. 

La memoria es frágil en nuestras dirigencias que no vacilan en sacarse fotos con embajadores de potencias ocupantes y adherir a proyectos de quienes los apoyaron en su momento. 

Más aún, no sabemos en el fondo quien ejerce el poder en EE.UU. en realidad, pero sí vemos que ha reactivado todos y cada uno de los focos de tensión en el mundo: Siria, Bielorrusia, Ucrania, Mar De China, Corea, Taiwán y sigue la lista.

Biden en realidad solo viene a demostrar lo que algunos decíamos casi en soledad, viene a continuar la política del Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, y con ello está rápidamente poniendo el mundo al borde del abismo.

Bombarderos estratégicos Lancer B1b en Noruega, impulso a Ucrania para que ataque a los rusófonos del Donbass, envío de tropas a Siria y Alemania, armas a Taiwán, nada parece diferir del rumbo cierto a la guerra.

El ejercicio de la OTAN en el Mar Negro llamado Poseidón 21 con el desplazamiento de 18 buques frente a las costas rusas en un área caliente significó que Rusia ordene que los 6 submarinos del Proyecto 636 Varshavianka abandonen la base de Sebastopol para monitorear los desplazamientos.

Esto es algo que ni siquiera se vio durante la guerra fría, la tensión militar es muy alta y las actitudes de Biden, llamando a Putin asesino, solo agrega leña al fuego. 

Un dato curioso es que Biden es llevado en la entrevista a esa afirmación, y conociendo sus confusiones mentales, deberíamos preguntarnos por qué lo han conducido a hacer esas declaraciones.

¿Quién manda realmente ahora en EEUU? ¿Cuáles son sus planes? Solo estas preguntas alcanzan para darse cuenta de la peligrosidad de la situación y del error cometido al creer que Trump era malo porque era misógino, la política real es mucho más compleja que estos razonamientos primarios a los que hemos sido inducidos en parte por el desinterés en estos temas y en parte por la prensa servil.

*Marcelo Ramírez. Analista geopolítico. Director de Contenidos de AsiaTv.