Biden y su Cumbre por la Democracia divide nuevamente al mundo

El próximo día 7 de diciembre el presidente de Estados Unidos Joe Biden y el presidente de Rusia Vladimir Putin, conversarán telefónicamente sobre una serie de asuntos que tensionan las relaciones entre ambos países. Si bien oficialmente se declara que se tratarán temas como el medio ambiente o la cuestión de la pandemia, el objetivo real va bastante más allá y tiene que ver con la Cumbre por la Democracia que se realizará entre los días 9 y 10 de diciembre en un encuentro virtual donde han sido invitadas 110 naciones.

La situación actual de incremento de tensiones en el Mar Negro, en el Donbass, en Crimea, en Bielorrusia, en las Repúblicas bálticas, en las Islas Kuriles, en Taiwán, en Afganistán, en Siria y en otros tantos lugares que sería casi imposible de enumerar, demuestran que se ha tomado una decisión política de presionar simultáneamente a la Federación de Rusia y a China. El desplazamiento de entre 175.000 y 200.000 soldados dentro del territorio ruso, pero cerca de la frontera ucraniana, demuestran que la situación se ha puesto realmente seria y los diarios cruces entre China y Taiwán van en el mismo sentido. Los acontecimientos se tensan hasta un límite peligroso.

Estados Unidos ha decidido que ha llegado el momento de volver a dividir el mundo entre partidarios de la Democracia, la Libertad y los Derechos Humanos contra aquellos líderes totalitarios y dictatoriales que no respetan estos valores mencionados previamente.  Si tal vez suena a otras épocas como la de la Guerra Fría no es por casualidad sino porque es parte de una estrategia similar: nosotros los buenos contra ellos los malos, divididos en un mundo donde los malos son realmente malos y los buenos son realmente buenos.

Es posible prever que en esa Cumbre se sentarán las bases para una nueva alianza supranacional contra los poderes emergentes que resquebrajan el Poder atlantista.  Sin embargo, hay una diferencia con lo que vivimos durante la Guerra Fría, en ese momento había una disputa ideológica entre el capitalismo y el socialismo, hoy vemos que el alineamiento de las Naciones poco tiene que ver con estas cuestiones ya que la conservadora Rusia está ubicada en el mismo bando que la socialista China o una república islámica como Irán.

¿Por qué se constituye este grupo heterogéneo? Sin lugar a dudas todos tienen un mismo componente básico como es el de un Estado soberano que intenta definir las políticas de su país, a través de distintos modelos, con diferentes estructuras políticas y todos dentro del propio marco del capitalismo; por eso debemos de una vez por todas comprender que las diferencias entre izquierdas y derechas solo permanecen en el imaginario social comentado desde los medios e inclusive impulsado por los sectores políticos y académicos, pero sin embargo hoy estas categorías están obsoletas.

La heterogeneidad de los países agrupados en el bando del “bien” también es notable y allí conviven distintos sistemas políticos y económicos, aunque podríamos dividir este bando en dos sectores; uno está conformado por aquellos países líderes cuyos gobiernos responden a lo que en términos generales podemos conocer como el capitalismo financiero globalizado que hasta la llegada de Donald Trump había avanzado con el proceso de globalización y tratados de libre comercio en el mundo, y que significaba la subordinación de los Estados a las corporaciones principalmente,  y en menor medida a organismos internacionales en donde el peso corporativo es cada día mayor como podemos ver claramente cuando el principal aportante a la Organización Mundial de la Salud es la Fundación Bill y Melinda Gates,  perteneciente al  multimillonario Bill Gates y a su socio de inversiones Warren Buffett.

El otro segmento de países lo componen aquellos cuyos gobiernos no terminan de sintonizar con el modelo globalista como es el caso del Brasil de Bolsonaro, pero que por alguna razón el poder detrás de Joe Biden considera que es circunstancial, temporario y que como sucedió con los propios Estados Unidos, luego de ese espacio temporal indefinido volverán a unificarse debajo del mandato histórico del mundo atlantista.

Por ese motivo es que se ha dado esta conversación tres días antes entre los presidentes Putin y Biden, intentando un último esfuerzo para acordar posiciones o delimitar espacios en dónde se dará este enfrentamiento y esperando de esta manera que no se dé un choque militar directo entre las grandes potencias.

Como era previsible, a la Cumbre no se invitó a Rusia, China, Irán, los países del Golfo y muchas otras naciones consideradas abiertamente hostiles. Lo que define la actividad en realidad es el no aceptar las imposiciones en materia económica, donde deben subordinarse a las necesidades corporativas occidentales y ajustar sus patrones culturales a la panoplia de nuevos derechos que ha inventado Occidente, indiscutibles pese a que enfrenta una grave resistencia interna aún dentro de sus propios países.

La respuesta al interrogante de por qué ha cobrado tamaña importancia la agenda de nuevos derechos al punto que ha llevado inclusive a la Unión Europea a un conflicto interno con países como Polonia, que pese a todo ha sido invitada a la Cumbre, o a Hungría que no lo ha sido, tiene que ver con la instalación en realidad de lo que vemos como un modelo que deberíamos dudar si llamarlo capitalista, porque está quebrando día a día todas las teorías previas que lo llevaban a esa caracterización.

El tema de los derechos están marcados en un proceso que nace en los 60 y qué algunos autores como Diego Fusaro marcan como mojón el año 1968, dónde contrariamente a lo que se cree, los movimientos que de allí surgieron no eran de corte anticapitalista sino todo lo contrario y buscaban sentar las bases de lo que hoy vemos como una emancipación total de las estructuras capitalistas dónde la relación dialéctica entre burguesía y proletariado dió pasó a una masa informe de consumidores, o aspirantes a serlo, qué diluyó todas estas diferencias para transformarlos en una masa amorfa y que apenas contienen reivindicaciones parciales y absolutamente minoritarias  que afirman esta idea de emancipación total de valores trascendentes, aún en la histórica dicotomía de luchas burguesas y proletarias que mantenía un acuerdo básico de modelo social.

Lo que hoy vemos indudablemente ya no es un capitalismo sino algo nuevo que emerge donde los Estados deben ser desmantelados al igual que las creencias tanto de proletarios como de burgueses, en el mundo nuevo que se construye no hay espacio para otras cuestiones que no sean el individualismo extremo, el materialismo absoluto y el hedonismo como forma de evasión.

Una vez instalados estos valores donde cada individuo es un universo propio, donde no hay espacios para otras metas que no sean acceder al consumo irreflexivo e innecesario, y donde no exista ningún tipo de límites a su deseo individual, excepto del dinero, el predominio de la riqueza será lo único qué subsistirá.

El Metaverso de Zuckerberg va en ese sentido y hasta en esos espacios virtuales el mundo está pensado en función del dinero, pero no del trabajo que está ausente.

La instalación de este modelo productivo se hace sobre la base de una nueva tecnología qué prescinde de las masas trabajadoras y le permite a un pequeño número de personas apropiarse de todo, incluyendo las cosas materiales y aun los pensamientos y deseos.

Una vez instalada está ingeniería social que incluye la destrucción de los Estados soberanos y su reemplazo por una administración burocrática que ejecuta políticas decididas por los gerentes de sus élites, la posibilidad de articular una resistencia será muy baja. 

No podemos afirmar qué Rusia, China o Irán sean los modelos a seguir, de hecho, podemos observar muchas imperfecciones en los mismos, sin embargo, constituyen el único eje de poder real que puede enfrentar el mundo que se está construyendo.

La ingeniería social que mencionamos ha conseguido establecer una serie de creencias falsas y descriptivas montadas sobre verdades parciales o pretendidas buenas intenciones.   Cada una de las nuevas políticas estimuladas como ser el feminismo, género, ambientalismo, aborto, eutanasia, todas invariablemente confluyen en un mismo punto final qué es el de estimular la caída demográfica y lo hacen desde posiciones aparentemente humanitarias y que generan la empatía porque defienden al más débil.

Estas son algunas de las razones qué se encuentran sobre la mesa en esta disputa entre Estados Unidos, Rusia y China como ejes visibles de un mundo multipolar. La necesidad de comprender cuáles son los ingredientes importantes y cuáles son los accesorios es clave para que se pueda articular una política que permita la resistencia ante el modelo globalista que hoy impulsa Washington y sus socios.

Por ese motivo precisamente las políticas que mencionamos confluyen en un mismo objetivo acerca de la demografía, también tienen un doble propósito que es el de fracturar cualquier oposición nacional y popular.

En consecuencia, la construcción de cualquier alternativa debe prescindir de estas ideologías impulsadas desde las usinas de pensamiento del mundo más desarrollado en Occidente, su diseño obedece detalladamente a un proceso que ineludiblemente desembocará en el modelo qué apunta la destrucción de los Estados para instaurar un gobierno de corporaciones, vale la pena reiterar. Los pasos en ese sentido ya son manifiestos cuando sabemos que prácticamente en nuestros países no hay una posición pública de relevancia que puede ser ocupada sin el acuerdo de los sectores de poder.

Resulta infantil o demasiado ubicuo afirmar que las luchas de las minorías imponen agendas a gobiernos y corporaciones y no darse cuenta que lo que sucede es exactamente lo contrario, son estas corporaciones las que imponen sus políticas a las organizaciones de la sociedad civil que intentan administrar el Estado, por lo menos en forma declarativa, en una manera más justa.

Es imposible conciliar estas agendas y por lo tanto, aquellos sectores de base no comprometidos económicamente por este poder, deben rebelarse y comprender las razones reales por las cuales el mundo se mueve.

Putin entonces no debe ser necesariamente un ser de luz bondadoso, Putin es un actor político que claramente comprende cuál es el juego y qué ha decidido resistirlo aparentemente hasta las últimas consecuencias.  Sabiendo entonces cuál iba a ser el derrotero final de los proyectos en pugna, fue ganando tiempo para ir consolidando su capacidad militar para garantizar que su país no sea sometido por la fuerza para imponer estas políticas que resiste.

Las políticas que ha implementado, que van desde un rearme hasta el bloqueo de ONGs que impulsan la visión de derechos occidentales, no responde a que sea un asesino, un misógino o un homofóbico, sino simplemente qué sabe cuáles son los procesos qué el poder global financiero utiliza para desarticular los Estados.

Los caminos son dos: el ataque externo y la destrucción como hemos visto en Medio Oriente, o la estimulación del proceso de desestabilizadores a través estas organizaciones como observamos en países de Europa Oriental.

Las fuerzas armadas rusas modernizadas son las garantías para que el país no pueda ser sometido por la fuerza, sin embargo, la lucha ideológica es bastante más compleja porque no presenta un enemigo claro y camufla sus intenciones reales. 

Finalmente, esto es lo que está en juego en estos encuentros entre los presidentes de Rusia y Estados Unidos, y lo que se decidirá en la Cumbre por la Democracia que veremos culminar el 10 de diciembre.

La Argentina como país debe comprender cuál es el juego real que se produce y buscar tomar una posición porque será forzada a hacerlo, a medida que la situación siga tensándose no va a haber muchos espacios neutrales.

Sin embargo, lo más importante no es el alineamiento político directo y externo sino la política interna que persigue el establecimiento de un desarrollo cultural y tecnológico propio. Vemos como lamentablemente todo el sistema cultural de Argentina está subordinado al modelo globalista y comienza a destruir las propias estructuras locales.

Argentina está presenciando cómo se degrada no sólo su situación económica, sino también su capacidad futura de desarrollo tecnológico ante la presión de políticas identitarias que desmantelan los proyectos productivos para destinar fondos y recursos a cuestiones de género.

Esta situación además divide el campo popular y aleja a las clases políticas de la sociedad en su conjunto, una sociedad que tiene poca información sobre esto que estamos mencionando, pero a medida qué se va haciendo presente en la vida cotidiana estas políticas, producen cada vez más rechazo e indignación.

La idea del relativismo ético y moral como algo en desuso es equivocada y es reclamada con ansias por los sectores populares.

El enfrentamiento entonces no es de izquierdas y derechas porque esos términos han quedado vacíos de contenido, la lucha es entre soberanistas y globalista, entre quienes defienden un mundo asentado sobre valores surgido de la tradición de siglos y aquellos que creen en los cantos de sirena posmodernos que promueven la deconstrucción de la sociedad, es decir, la destrucción de la misma por un modelo surgido de las entrañas del capitalismo financiero. 

Rusia lo sabe y lo enfrenta, Argentina ni lo sabe ni lo enfrenta.