Bolsonaro y el día que la izquierda perdió las calles

Los sucesos del 1º de mayo a lo largo y ancho de Brasil han marcado un quiebre en la política de ese país mostrando en un día altamente simbólico que la izquierda perdió la calle ante el bolsonarismo.

Si bien la prensa ha disimulado esta situación disminuyendo, cuando no ignorando, la gigantesca movilización en las ciudades de Brasil la realidad se hace presente con las imágenes difundidas en las redes sociales, demasiado contundentes como para no sacudirnos y obligarnos a reconsiderar muchos viejos preconceptos arraigados.

La sociedad brasileña tiene características propias que la hacen diferente de la argentina, la politización del ciudadano común no es frecuente y las grandes movilizaciones masivas se han dado muy de vez en cuando en la historia brasileña.

El pueblo brasileño se moviliza más bien poco y lo ha hecho de la mano de una izquierda en sus formas pero que para un país de más de 200 millones de habitantes, los números son modestos y sólo demuestran que la política es de interés para un pequeño sector.

La derecha aún era capaz de movilizarse y sus partidarios miraban con desprecio este tipo de acciones políticas.

Sin embargo, la jornada del 1º de mayo exhibió una radiografía de los cambios sociales que se suceden en Brasil y que aún no son comprendidos cabalmente en nuestro país. 

Las manifestaciones han sido contundentes, la Av. Paulista en São Paulo mostró, según los organizadores, unas 250.000 personas, contrastando con una izquierda que movilizó algunos miles en la Praça da Sé en la misma ciudad, una cantidad notablemente inferior y se dedicó a hacer manifestaciones “virtuales”.

¿Cómo llegó la situación del PT a este punto donde el presidente más popular de la historia de Brasil con una gestión admirada en el mundo entero, ha caído desde un 85% de popularidad al fin de su gestión a una imagen que se aproxima a una aprobación de apenas un 20%?

La respuesta a este fenómeno es de suma importancia para la región y debe ser encarada sin disimulos. Los medios argentinos, por izquierda y derecha, han decidido ignorar este suceso con informaciones tibias que hablan de cientos de participantes (Infobae) o algunos miles, destacando solamente las 400 mil muertes por la pandemia.

Brasil ha pasado de un excelente gobierno de Lula que lo puso como una de las grandes potencias emergentes y en base a un cierto pragmatismo consiguió que millones de brasileños salieran de la pobreza, a un gobierno de Dilma Rousseff que comenzó a tomar medidas económicas que podríamos encuadrar sin demasiados problemas en las que conocemos de ajuste liberal.

Las medidas que comienzan con Joaquim Levy, su ministro de economía, son antipáticas y contrastan con las de Lula.

Allí aparece en escena una política de cobertura: su gobierno era progresista y de izquierda porque comenzaba a darle espacio a fenómenos desconocidos para las grandes mayorías como el feminismo y el lgbtísmo, cediendo en el plano económico.

En este punto debemos hacer un paréntesis para destacar la correlación temporal con lo que sucede en el mundo occidental, que en pocos años ve cómo el sujeto histórico de la lucha de la izquierda que era el trabajador, es dejado de lado para instalarse un nuevo sujeto histórico conformado por las minorías y un feminismo que no consigue conquistar la voluntad de las mujeres. 

Basta decir que, en Suecia, una de las grandes usinas del feminismo, tiene un porcentaje de feministas que se aproxima apenas al 35% del total de las mujeres, mientras que Alemania tiene un 5%. En la Argentina no hay estadísticas confiables, pero podemos estimar sin miedo a equivocarnos que su número no supera el 15%.

Es notable este contraste con las mayorías que dice representar el feminismo y que confronta con la casi totalidad de las mujeres que reclaman igualdad de derechos pero rechazan el feminismo porque considera que sus líderes y sus premisas no las representan.

Volviendo a Brasil, Dilma sienta las bases de las teorías de género que van a ir generando un rechazo creciente en la población. Las políticas de austeridad combinadas con la cultural terminan horadando su popularidad y arrastrando consigo la de Lula.

Temer sigue con las mismas políticas, solo que el arco ideológico progresista y de izquierda intenta presentarlo como un político conservador en lo sociocultural y que retrotrae las ideas de avanzada, pero la realidad es que las ideas fueron las mismas del PT, sólo que a sabiendas de lo impopular que eran no se publicitaron las políticas de género y como la economía no repuntó, su imagen que nunca fue buena, se desmoronó.

Esta situación es más fácil de entender si trazamos un paralelo local, partimos de un gobierno kirchnerista que en su primera etapa ha sido de mejoras notables en el nivel de vida a una política de “realismo económico” en la segunda, la cual se maquilla como progresista con la aparición en escena de la misma política que en Brasil: feminismo, género y minorías.

El resultado es el mismo, desgaste y victoria de un líder opositor sin antecedentes, sin carisma, que solo destruiría la economía en una transferencia de ingresos hacia los poderes económicos más concentrados en medio de un brutal endeudamiento externo.

Macri fue denunciado por la oposición por sus políticas económicas, pero también por machista, misógino y homofóbico. Sin embargo, tenemos que contemplar que Macri no es un personaje de convicciones firmes sino un oportunista sin moral que hace lo que hay que hacer para imponerse. Macri fue el candidato de las finanzas globales que impulsan las mismas políticas que impulsa la izquierda.

No importan las convicciones personales de Macri, importan los hechos concretos a saber de sus políticas entre las que podemos enumerar: la CABA bajo su gestión fue promocionada como ciudad gay-friendly cuando eso era una rareza polémica, fue quien avaló la primera Unión Civil no apelando el fallo que abriría paso al matrimonio homosexual, en su gestión como mandatario promocionó el turismo LGBT en Argentina, María Eugenia Vidal creó 20 centros de hormonización, incluyendo uno para menores, en la Pcia. de Bs.As. y en el W20 dijo “cuando asumimos la Presidencia del G20 decidimos que la perspectiva de género sea transversal a toda la agenda”, instaló la Ley Brisa,  tomó créditos internacionales para financiar programas de género por cientos de millones de dólares y envió al Congreso la primera tentativa de legalización del aborto en 2018.

Sabiendo que estas ideas son impopulares pero que sus mandantes internacionales exigían que se cumplan condicionando hasta los créditos, las mismas se materializaron, pero recibieron poca o nula difusión, excepto la del aborto, que la oposición insistía incomprensiblemente en atribuirse a espaldas de los dos tercios de argentinos que no valoraban esa iniciativa.

El juego es visible, la “derecha” tiene las mismas políticas económicas que la “izquierda” y tiene también las mismas políticas socioculturales, excepto que las maquilla y las esconde porque sabe que son impopulares.

Este fenómeno es observable entre republicanos y demócratas en EE.UU. o entre PSOE y PP en España y con el tiempo ha desgastado el sistema democrático liberal que prima en Occidente, abriendo la puerta de distintos fenómenos políticos que se cuelan por esa grieta de descontentos como sucedió con el propio Trump o Bolsonaro.

Un juego perverso pero efectivo que ha venido generando el poder financiero que se enseñorea en el mundo luego de la caída soviética. Las izquierdas abandonan definitivamente la lucha por el control de los medios de producción y se montan en una peregrina idea de “deconstrucción” de la sociedad para hipotéticamente reconstruirlas luego con otros ideales socialistas/comunistas.

Ese sector, si es que aún actúa de buena fe,  debería preguntarse por qué las grandes corporaciones, los grandes bancos, los grandes medios, el sistema educativo, la academia, los intelectuales del sistema, las grandes productoras de entretenimiento, las redes sociales y hasta los organismos internacionales controlados por una enorme red de ONGs financiadas por las fundaciones más poderosas del mundo, todos los factores de poder existentes, se alinean en un mismo sentido que es el de la difusión e imposición de estas ideas.

Progresismo, socialdemocracia e izquierda coinciden con Netflix, Avon, Coca Cola o el JP Morgan. Larry Fink, CEO de Blackrock, que maneja un fondo de inversiones por 7.8 billones de dólares, más de 20 PBI argentinos, divulga cartas cada año donde instruye a los CEOs de las empresas controladas a apoyar estas políticas so pena de perder sus puestos.

¿Quién se equivoca? ¿La izquierda ha conseguido engañar acaso a estos sectores que controlan el mundo para que financien un sistema sociocultural que luego los va a destruir?, ¿acaso el “colectivo” de mujeres feministas les ha impuesto su voluntad? ¿O simplemente son filántropos que se arrepienten de las guerras y las hambrunas que ocasionaron y quieren ahora ser bondadosos?

Seriamente hay una sola respuesta. Ese modelo que impulsa el liberalismo a estadios inconcebibles, ha desgastado a la sociedad intentando imponer a los pueblos sus ideas con cada vez mayor presión y ha generado un rechazo visceral en los pueblos que se expresa en figuras como Bolsonaro.

Las personas comunes no entienden de procesos financieros complejos, no les interesa tampoco conocerlos, su horizonte es tener un trabajo, una vivienda, un auto, vacaciones, salud y educación para sus hijos. Jamás es un tema de debate un cupo trans, no solo no lo es, sino que es visto con recelo porque sus valores morales históricos son contrariados, un malestar que se potencia hasta el infinito cuando le suben tarifas, impuestos, comidas, no le alcanza el dinero y las ayudas económicas escasas se enfocan a minorías intensas.

Las políticas que este sector progresista y de izquierda insiste en implementar son rechazadas por los sectores más populares, por las barriadas, por la clase media trabajadora. Solo anida en nichos de Palermo o Belgrano donde las ideas del Primer Mundo siempre son admiradas y donde se juega a ser “popular” aun cuando jamás se tuvo que trabajar por su cuenta o se tuvieron dificultades económicas. No por casualidad la CABA fue el único territorio donde el aborto contó con apoyo mayoritario.

Solo así aislados de los sentimientos populares es comprensible que se crea que el lenguaje inclusivo, que los interminables debates de género o los cupos para minorías pueden ser bien recibidos por las mayorías.

La izquierda y el progresismo simplemente no comprenden cómo piensa una persona media. Hijos de profesionales y de familias de políticos, no consiguen comprender algo fuera de su mundo y aplauden entonces las políticas de minorías creyendo que eso es revolucionario en una mezcla de ignorancia histórica, incapacidad de comprender nexos de poder a través de canales financieros y una burbuja social que los aísla de las mayorías cada vez más hastiadas y sin voz.

En ese marco es que nace Bolsonaro en Brasil, aupado en las denuncias de corrupción económica de la clase política que hicieron los medios para imponer su candidato Geraldo Alckmin, que nunca pudo hacer pie.

Las denuncias sobre corrupción en la política, más allá de ser ciertas o no, son parte del ideario colectivo. Las masas están cansadas de ver como su nivel de vida cae mientras su clase dirigente prioriza excentricidades que además ve como inmorales, calificando a estos sectores como corruptos moral y económicamente.

Cuando los medios desgastan al PT para instalar un candidato propio, aparece un cisne negro con Bolsonaro.

Con un discurso simple que denuncia corrupción económica e ideología de género, recorre las redacciones mostrando un libro que promueve ideas Queer en chicos de primaria, escandalizando a la población mientras el progresismo no atina más que decir “fake”.

Los medios, cuando perciben que crecen las chances de ser electo, se ponen en la vereda de enfrente, pero ya es tarde para cambiar el resultado final y Bolsonaro se vuelca a las redes sociales demostrando que los medios tradicionales han perdido su capacidad de imponer candidatos y el sistema entra en una fase fuera de su control.

Hoy Bolsonaro juega un partido distinto al de sus rivales, la incorrección política es su fuerte y enfrenta a un Lula que sale de su prisión condicionado por el desgaste de su figura y especialmente del PT por los hechos de corrupción, más el giro de su partido que luego de los desastres electorales experimentados en las últimas elecciones, insiste en impulsar políticas que son rechazadas por su pueblo.

Lula difícilmente esté en condiciones de enfrentar electoralmente a Bolsonaro, quien a pesar de una pandemia y sus propios errores magnificados por la prensa en forma sistemática, aún sigue teniendo vigencia y capacidad de movilización como ha demostrado.

Bolsonaro, acorralado por la prensa y un Congreso que lo amenaza con un nuevo impeachment, sube la apuesta y mira de reojo el Supremo Tribunal Federal que ha condicionado sus políticas de gobierno.

Un sistema político desacreditado empieza crujir por los cuatro costados, la sociedad brasileña, o al menos una parte, comienza a descreer de la política y busca intervenir el Congreso y el STF tratando de utilizar un poder militar renuente a intervenir abiertamente.

Es importante recordar que los militares en Brasil no han sufrido el descrédito que sufrieron los argentinos y aún conservan en las mayorías una imagen positiva.

La gente de Bolsonaro quiere patear el tablero, las condiciones están dadas cuando Biden asume en EE.UU. y sus políticas se encuentran en las antípodas de las de Bolsonaro, la clase política tradicional no es confiable ni tiene buena imagen y tratan de instalar el voto electrónico sin control en papel.

El control del voto es el principal reclamo de los partidarios de Bolsonaro que ven como su líder es el favorito para ser reelecto en el 2022, pero luego de la experiencia de Trump sienten que la posibilidad de un fraude electoral se está consolidando.

El 15 de mayo harán una nueva manifestación que esperan que sea mayor que la del 1 de mayo, la izquierda se ha desdibujado hasta tal punto que es apenas un espectador en la disputa por el poder entre las fuerzas del sistema y este fenómeno difícil de encuadrar en las categorías políticas convencionales que es el bolsonarismo.

La situación es complicada, la pandemia no da tregua y la sociedad brasileña busca un camino cuyos recodos no dejan ver hacia dónde se dirige en realidad.

Bien haría la clase política argentina en mirar con mayor detenimiento y realismo lo que está sucediendo verdaderamente en Brasil porque hay un viejo dicho que dice: “Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”.

*Marcelo Ramírez. Analista geopolítico. Director de Contenidos de AsiaTv.