Brasil, qué se juega en realidad. Una alerta para el futuro de Argentina

Brasil comienza a entrar en tiempo de definiciones y la tensión de los modelos en pugna aumenta. 

La disputa se da entre dos sectores, el encabezado por el presidente Jair Bolsonaro, quien tiene una amplia trayectoria política como diputado pero que carece de un apoyo político de la estructura de los partidos tradicionales, basando su popularidad en su carisma personal.

Su base política se construye principalmente con el apoyo del interior del país, evangélicos, personas religiosas de otras confesiones y amplios sectores medios y de bajos recursos, preocupados por temas como la inseguridad y la vigencia de los valores tradicionales y una fuerte retórica de patriotismo.

Entre los apoyos a otro nivel se encuentran los sectores de la burguesía nacional, las fuerzas militares y de seguridad, que disputan espacios con otros ligados a los grupos financieros internacionales representados por el ministro de economía Paulo Guedes.

Movilización masiva en Brasilia el 7 de septiembre

El sector que se le opone lo constituyen mayoritariamente los partidos políticos tradicionales ubicados en lo que se conoce como corriente progresista y de izquierda, con propuestas anticapitalistas, sectores estudiantiles e intelectuales, clase media profesional y urbana junto con movimientos libertarios.

Este grupo, también heterogéneo, cuenta con el apoyo de los medios locales e internacionales de todo el espectro ideológico.

Se suman a ese poder la clase política tradicional que suele flotar entre distintos proyectos en función de intereses personales que se venden al mejor postor, las grandes empresas ligadas a los sectores transnacionales y el presidente Biden.

El enfrentamiento contrariamente a lo que se suele presentar radica en temas que son ignorados y minimizados por los grandes medios y la política en general. 

El programa económico no difiere demasiado entre ambos sectores, Bolsonaro ha seguido una línea que comenzó Dilma Rousseff y continuó Temer, quienes fueron introduciendo ajustes económicos y pérdida de derechos laborales, línea que continúa hasta el presente.

Las diferencias radican en otros aspectos sobre quién controla Brasil, si lo hace la burguesía brasileña como lo hizo durante el siglo XX o si definitivamente quedará en manos de los grupos financieros de inversión que controlan las multinacionales.

La disputa en realidad se hace presente en el tema del Amazonas, que los primeros defienden como territorio soberano e intentan que no haya ningún tipo de control internacional, mientras que, del lado opositor, la agenda ambiental crece en importancia y abre las puertas a la internacionalización del “pulmón del mundo”.

Un punto adicional que es clave para comprender la dinámica electoral y el apoyo popular es el tema de género que enfrenta a los sectores rurales, del interior y trabajadores de menor calificación con aquellos sectores intelectuales, profesionales y que viven en las grandes urbes. Este último sector busca imponer una agenda de derechos que incluyen aborto, matrimonios de personas del mismo sexo y otras ideas que coinciden con lo que Joe Biden ha especificado como ejes de su política cuando inauguró su administración.

Este es un tema de enorme importancia porque tensa las relaciones en el seno de la sociedad brasileña, entre los grupos que quieren mantener sus costumbres y aquellos que intentan un cambio radical, que fue tolerado mientras se concentraba en ambientes mediáticos, artísticos y universitarios, pero que encontró una enorme resistencia cuando se empezó a extender y alcanzar el mundo cotidiano de la gente común.

Los sectores intelectuales y políticos, al igual que en otros países, buscan ponerse en sintonía con Washington y las grandes corporaciones, incluyendo medios y redes sociales, e ignoran el impacto que tiene en una familia común trabajadora estas ideas de cuño queer. La religiosidad presente termina por no solo por aumentar el rechazo sino que lo organiza en base a la red de iglesias evangélicas pre existentes, entre las cuales hay de distintos tipos y no todas responden a la CIA.

La llegada de Biden cambió la correlación de fuerzas, el alineamiento de Bolsonaro con las políticas de Trump, su gran base de apoyo internacional, no solo se desmoronó, sino que se invirtió y hoy EE.UU. busca desalojarlo del poder para imponer uno que continúe la misma política económica pero que acepte la agenda 2030 de género y medioambiente.

Bolsonaro, con una retórica infantil contra el comunismo y contra China, tiene poco margen de maniobra para redireccionar su marco de alianzas, la incapacidad ideológica de muchos de sus bases de apoyo, tanto populares como de élite, no comprenden el mundo actual.

EE.UU. y la UE son quienes quieren la cabeza del “Mito”, como le llaman sus seguidores, mientras que Putin ha hecho gestos de acercamiento y China mira expectante. Bolsonaro está aislado internacionalmente y solo le podría darle un respaldo real un acercamiento con Rusia y China, pero la ceguera ideológica se lo impide.

En ese marco, con Biden en lugar de Trump, EE.UU. moviliza sus piezas y la misma Justicia que encarceló a Lula para asegurarse de sacarlo de juego para que Alckmin sea el presidente, proyecto que no funcionó porque apareció un cisne negro, ahora lo libera.

Bolsonaro jugó fuera de los marcos de la corrección política, captó el descontento con las políticas de ajuste y género, con un discurso pro familia y con matices religiosos, cambió los planes.

Sin embargo, esa misma Justicia entrenada por el Departamento de Estado, que no dudó en emplear el lawfare encarcelar a Lula, decidió soltarlo, respondiendo una vez más a sus mandantes del Norte.

Una política de pinzas comenzó entonces contra Bolsonaro, los medios aceleraron y endurecieron las críticas, aparecieron encuestas que bajaron su popularidad a menos de la mitad mientras triplicaba la que le otorgaban a Lula unos meses antes y comenzaron a llover denuncias y decenas de pedidos de impeachment.

Dentro de este marco el STF, Supremo Tribunal Federal, a través de algunos de sus miembros comenzó a hacer detenciones que fueron calificadas como políticas por el bolsonarismo. El lawfare funciona en el sentido que EE.UU. decida, es bueno tenerlo en cuenta.

La situación se rompe definitivamente cuando el STF rechazó un pedido del bolsonarismo para aceptar el voto auditable, es decir, un control en papel que pueda ser luego verificado que acompañe la votación electrónica.

La cabeza de la actuación del STF es Alexandre de Moraes, afiliado al PSDB y Ministro de Justicia durante el gobierno de Michel Temer. La parcialidad para los bolsonaristas es evidente.

Alexandre de Moraes, miembro del STF y ex Ministro de Justicia de Temer

La argumentación del STF fue que no había razones para ello, sin embargo, luego de ver lo sucedido con las elecciones del 4 de noviembre en EE.UU., está muy claro que los sistemas electrónicos son muy vulnerables.

El Congreso, en el que Bolsonaro tiene pocos legisladores porque la mayoría responden a la política clásica que oscila entre los presidentes a los que le vende su apoyo a cambio de prebendas como ya hemos comentado, comenzó a soltarle la mano.

El Centrão, que Bolsonaro había seducido con espacios políticos, comenzó a darse cuenta de los vientos de cambios que impulsa Biden y todo hace prever que la posibilidad de un impeachment en el futuro no es ilógica.

Ese Congreso obviamente también se opuso al cambio de sistema por el voto auditable, algo que trajo discusiones internas en el PT porque no faltó quien dijera que no podían oponerse a que el voto sea controlable.

Bolsonaro en consecuencia comienza a prepararse para un posible fraude y da inicio una política de movilizaciones que fueron creciendo en importancia hasta superar holgadamente lo que movilizaban los opositores.

La movilización del 7 de septiembre, Día de la Independencia de Brasil, fue pensada para presionar al poder del STF y al Congreso, pero los medios no dudaron en calificarla de golpista.

Allí se dio un curioso efecto, mientras se alineaba el poder real del país como hemos visto, con unas FF.AA. prescindentes de lo que sucedía, se acusaba de golpista a un presidente en ejercicio. 

Movilizaciones de apoyo a Bolsonaro en Brasilia, Río y São Paulo

La movilización fue calificada como un fracaso por la oposición argumentando que, por ese motivo, la presunta escasa concurrencia, no se dio el Golpe. Argumentos que se muestran débiles cuando vemos las imágenes. La movilización en São Paulo fue presentada por la prensa como de unas 125 mil personas, pero claramente el movimiento fue muy superior.

Seguramente no se equivocan quienes dicen que Brasil no veía movilizaciones así desde hace 35 años.

Resulta entonces muy difícil de comprender cómo es posible que un presidente que se desploma en popularidad haya podido movilizar grandes masas, algo que además hace con asiduidad, mientras que quien casi lo triplica en intención de votos solo puede movilizar una fracción de ese número.

Un dato curioso más, la izquierda/progresismo se movilizó el 7 de septiembre también pero ante tanta desproporción los medios optaron por dar trascendencia a la del día 12 de septiembre, que tiene una particularidad y es que la lleva a cabo el Movimiento Brasil Livre, que lidera el diputado Kim Kataguiri, ex-columnista de Folha de São Paulo y del The Huffington Post Brasil, y a quien en el 2015 la revista Time lo señaló como uno de los jóvenes más influyentes del mundo. Se nota quienes están detrás.

La movilización resultó raquítica y quedó claro que el único con capacidad de movilización es Bolsonaro.

Av. Paulistas, São Paulo. A la izquierda apoyadores de Bolsonaro, a la derecha opositores

Lo extraño entonces es que se han invertido los roles, la oposición de izquierda y progresismo aliado al poder mediático y financiero, acusa de golpista a un presidente de “derecha” que moviliza multitudes mientras es acusado de golpista.

Si la situación fuera inversa, no dudaría en hablar de una reacción del pueblo para sostener a su líder ante los desafíos de los EE.UU. por imponer sus candidatos, derribando al presidente.

El mundo al revés. Algo que nos lleva a pensar que debemos cuestionar este esquema de pensamiento izquierda / derecha que no consigue explicar estas inconsistencias.

El desatino es tan grande que la carta de Bolsonaro, donde habla de la necesidad de una armonía entre los tres poderes, fue calificada por el Jornal do Brasil como una reedición del Acuerdo de Múnich de Adolf Hitler, tomando una frase de un ex ministro del STF, Celso de Mello.

Podemos estar de acuerdo o no con las políticas de Bolsonaro, nos puede parecer bien o mal lo que hace, es más, podemos creer que es espantoso su gobierno, pero compararlo con el ascenso de Hitler y llamar a detenerlo antes de que sea tarde, parece un poco exagerado.

Hoy la situación es de un impasse, Bolsonaro en realidad mostró los dientes haciendo saber que no iba a ser fácil ser desalojado con golpes palaciegos. Pero eso es solo un round, la pelea de fondo es la reelección y cada vez se juega más fuerte.

Los modelos son opuestos, no hay posibilidades de acuerdos porque quieren la cabeza de Jair Bolsonaro, el globalismo que hoy controla occidente necesita cerrar filas y no puede permitir un presidente en Brasil que no acepta la agenda en curso que va mucho más allá de lo meramente económico, es un cambio de modelo que Bolsonaro no entiende, o no quiere aceptar, lo mismo da.

Diputado Kim Kataguiri del Movimiento Brasil Livre

La situación conduce a un fraude en el próximo comicio presidencial, Bolsonaro por cómo se va dando la situación, va a perder como le sucedió a Trump y la Justicia va a dejar hacer el fraude sin oportunidad para defenderse. ¿Cómo puede impedirlo, hasta dónde está dispuesto a llegar?

Recordemos además que por más personalista que sea un presidente, el poder requiere el consenso de muchos intereses distintos, y Bolsonaro por más que quiera no puede aceptar la agenda 2030 porque su propia base de sustentación no lo soportaría y saltaría en pedazos.

Brasil verá tiempos complejos, y es peligroso no sólo para sí mismo sino para la región.

Pese a la retórica de los medios, ha demostrado no solo ser popular, sino que tiene capacidad de sacar gente a la calle, personas sin militancia política, familias, el Brasil profundo que se moviliza porque alguien se animó a decir que la corrupción no es solo económica, sino que también es moral y desafió la corrección política.

Bien hará el progresismo local en comprender las enseñanzas de Brasil y no negar la realidad, porque es cuestión de tiempo para que lo mismo que sucede allá, pase en nuestro país, donde el hastío crece, y las recientes elecciones en Argentina comienzan a hacer visible el malestar.

En las condiciones de la política actual se reducen los espacios para los tibios.

*Marcelo Ramírez. Analista geopolítico. Director de Contenidos de AsiaTv.