Cambalache Recargado (bonus track)

“¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!
Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”

Enrique Santos Discépolo

En una suerte de altercado de letras “G”, acaecido en un comedero porteño paquete, Ginés Gonzáles García -hasta hace un ratito Ministro de Salud de la Pandemia- es insultado y agredido por un remedo de empresario devenido estafador serial de nombre Guido Guidi.

Las imágenes (porque hay que tener en cuenta que siempre habrá un celular dispuesto a inmortalizar discusiones, peleas, encuentros, desencuentros y otro tipo de momentos íntimos, no importa dónde ni cuándo ocurran) muestran a un masculino tambaleante gritándole al renunciado ministro “maleducado, maleducado, andá a tu casa… maleducado, andá a vacunar a la gente grande” mientras intenta írsele encima (cosa que otros comensales impidieron), e insiste “te estoy hablando con respeto… que vacune a la gente grande” además de otros balbuceos confusos.

La anécdota, repetida como un mantra por el canal oficioso de noticias by cable (léase TN) no debería haber ido más allá de los pésimos efectos que produce el alcohol en tipos como Guidi que, a pesar de haber estafado a cientos de personas, se siente en la obligación moral de opinar sobre la educación de González García.

Y podría no pasar de la furia anecdótica de un hombre achispado pero, se me ocurre, hay algo más profundo, algo que huele a podrido en esta sociedad, aunque no sea Dinamarca. Algo que refiere a esa falta de sanción de una justicia siempre lábil al dinero que conlleva un mensaje de laissez-faire social discepoliano, en donde “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor / Ignorante, sabio o chorro, pretencioso estafador… todo es igual, nada es mejor”.

Porque si al ministro que, con 74 años, se puso al hombro la pandemia después de haber demostrado a lo largo de toda una vida de gestión administrativa y política que era uno de nuestros mejores sanitaristas del país -digno heredero de la tradición de Carrillo-, el presidente lo echa como si fuese un forajido y, encima, en el diario La Nación, explica que “al final a Ginés lo traicionó su condición de viejo peronista, que comete una inmoralidad por beneficiar a sus amigos“, lo que se produce es un discurso habilitante; una especie de salvoconducto para que cualquier borrachín de moral flojita de papeles se sienta habilitado a insultarlo.

O a insultarte. Porque acá hay habilitadores y habilitados pero, si no estás en uno o los dos grupos, sos -a la corta o a la larga-, objeto de insulto.

Derrumbada la pirámide jerárquica; roto cualquier conato de respeto o consideración; forzadas las fronteras de los buenos modales y dinamitado todo indicio de aquellos valores que ejercimos alguna vez, la sociedad argentina (acaso como reflejo de la planetaria pero, ¡qué importa!) deambula perdida en el laberinto de las individualidades, el ombliguismo más cerril y la inconciencia. Una suerte de revival del célebre Cambalache de Enrique Santos que, como prueba de lo que no hay que hacer, murió de tristeza. Tango que me hiciste… ¡mal!