Carlos Mugica: muerte y resurrección

“Para el cristiano hoy se abre un nuevo camino al servicio de la gracia: el acto de decidir políticamente. El que roba a la gente su derecho a decidir y es el caso de los militares en la Argentina, está en pecado porque les roba el derecho de santificarse al elegir. Para poder santificarme, para poder realmente crecer en el amor a Dios y a mis hermanos, tengo que servir con capacidad creadora. No debo renunciar a mi derecho a decidir y tengo que hacerlo con fuerza aunque sin odio”.

Estas palabras del Padre Carlos Mugica, en su texto Los valores cristianos del peronismo, publicado en Peronismo y Cristianismo (1973), reflejan su sentir profundo del compromiso militante con Cristo y se completan con esta afirmación: “El 17 de octubre de 1945 el pueblo decide. Descubre un hecho concreto: un hombre lo interpela y lo interpreta y el pueblo comienza a santificarse, a liberase al decidir”.

El compromiso del Padre lo llevó al sacrificio, y de allí al holocausto. El 11 de mayo de 1974 fue signado por la tragedia. Carlos Mugica había celebrado misa en la iglesia de San Francisco Solano, en el barrio porteño de Villa Luro, situada la misma en la calle Zelada 4771. Una vez terminada la ceremonia tenía otro compromiso. Lo esperaban en Lanús, en el conurbano bonaerense, para luego ir a un cumpleaños. Lo había ido a buscar su amigo Ricardo Capelli a eso de las 19:40 hs. para acompañarlo en ese raid en un auto Renault 4 – L.

A las 20:15 hs., a la salida del templo, una voz corta el aire con su llamado. Su amigo Capelli lo recordaba años atrás: “Salí caminando hacia el auto y escuché de espaldas que lo llamaban: “Padre Carlos”. Era algo normal. Y al segundo escuché que Carlos decía: “Hijo de puta”. Y automáticamente una balacera atroz. Yo estaba a una casa y media, a pocos metros, en la misma vereda y sentí un golpe en mi pecho. Las balas me derribaron. Y caigo mirando hacia donde estaba Almirón. A Carlos lo mató Almirón”.

El asesino en cuestión fue el comisario Rodolfo Eduardo Almirón, el jefe operativo de la A.A.A. El secuaz del ministro de Bienestar Social, e ideólogo de la Triple A, José López Rega bajó de su auto y le disparó al sacerdote 5 tiros, dándole un cobarde tiro de gracia en la espalda.

El padre Vernazza salió de la iglesia, al oír los disparos, y corrió a darle la extremaunción. Los llevaron a ambos en un viejo Citroën y fueron trasladados al hospital Salaberry, Mugica murió mientras Capelli fue trasladado a otro nosocomio, al tiempo que el grupo de “el Brujo” estuvo temeroso que el sobreviviente delatase al asesino.

Tras su entierro en el cementerio de Recoleta, las versiones iniciales sindicaron a la organización Montoneros del hecho. Mugica, que había conocido de jóvenes al núcleo inicial de los futuros ajusticiadores del dictador Pedro Eugenio Aramburu, los instaba a deponer las armas. A su vez, las críticas del grupo al accionar del Padre fueron duras por su cercanía a López Rega en el Ministerio. Estas tensiones sirvieron de excusa para que sectores de la derecha peronista y detractores de “la M” los pusiesen en la mira de la condena social por el luctuoso suceso.

La verdad, se supo años después, fue otra. La condena a Almirón llegó tarde y la muerte lo encontró en la cárcel.

¿Quién fue Mugica? Nacido el 7 de octubre de 1930 en el seno de una familia tradicional. Su padre Adolfo Mugica, del conservador partido Demócrata, fue legislador, y luego ministro y canciller del presidente desarrollista Arturo Frondizi, mientras que su madre Carmen Echagüe era descendiente del general federal Pascual Echagüe.

De sus 7 hermanos fue quien optó, a los 21 años, por colgar los libros de Derecho y optar por el sacerdocio. Se incorpora en el Seminario Metropolitano de Buenos Aires, se ordena como sacerdote en 1959, se relaciona en Resistencia con el monseñor Juan José Iriarte, y luego con el cardenal Antonio Caggiano, mientras desarrollaba su magisterio como docente en la Universidad de El Salvador y ejercía sus funciones sacerdotales en la Iglesia de Nuestra Señora del Socorro.

Su asistencia a los humildes desde la parroquia de Santa Rosa de Lima, su acercamiento al peronismo y su opción por el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo lo definen integralmente.

Hélder Câmara, Camilo Torres y el Che fueron, junto a Juan Domingo Perón, sus referencias políticas para encarar su ministerio con los más necesitados.

En el Barrio Comunicaciones levantó la parroquia Cristo Obrero, en la que ejerció su compromiso hasta el día de su asesinato, y también colaborando con el padre Jorge Vernazza, como vicario de la parroquia San Francisco Solano.

En 1967, viajó, en nombre de monseñor Podestá, a Bolivia, para reclamar el cuerpo del Che e interesarse por la suerte de los prisioneros que acompañaron al Comandante Guevara.

Los hechos se precipitan. La puja con monseñor Aramburu se intensifica al tiempo que su compromiso con la lucha popular se afianza. El responso a los montoneros caídos en un enfrentamiento, junto al padre Hernán Benítez lo puso en la mira de los sectores reaccionarios. Al tiempo que camadas de jóvenes tomaron su mensaje y ejemplo como bandera de lucha.

También supo utilizar los medios de comunicación a su favor, sumando figuras del mundo artístico a su accionar, pero generando recelos varios. Hasta se atrevió a escribir una Misa para el Tercer Mundo y grabarla en un disco con el Grupo Vocal Argentino.

Amenazado por derecha e izquierda, estigmatizado por su origen de alcurnia y su contacto con los villeros, la entrega al magisterio de Cristo fue absoluta.

“Con Carlos Mugica volvió a repetirse la historia de todos los mártires: su crimen no detuvo el influjo de su testimonio sino que lo acrecentó, aun cuando a su deceso sucedieran años en los cuales el terror y la muerte permanecieron en el centro de la escena nacional”. Esta reflexión de Martín De Biase en Entre Dos fuegos: vida y asesinato del padre Mugica (2009), se completa con la referencia a “las vocaciones sacerdotales que surgieron en base a su ejemplo son la prueba más evidente de que el padre Carlos no ha dejado de obrar en aquellos que pretenden imitarlo”.

Hoy descansan sus restos en la Villa/Barrio 31 que lo vio trabajar y militar, confiando que a más de 45 años de su asesinato sean, más que una fecha de homenaje formal, un momento de reflexión para reimpulsar nuestro compromiso por un proyecto de liberación, encarnado en su ejemplo de cristiano comprometido con el pueblo.

*Pablo Adrián Vázquez. Miembro de Número del Instituto Nacional Manuel Dorrego.