China y el engaño a Occidente

En los últimos meses hemos visto que los medios occidentales advierten escandalizados cómo el “régimen” de Beijing viola la democracia debido a que China ha decidido poner una serie de normas regulatorias sobre las actividades de las empresas que se mueven en áreas sensibles.

El disparador visible fue la situación del multimillonario y bastante excéntrico para los parámetros culturales chinos, Jack Ma.

Si hacemos un breve recorrido por las ideas encontramos una serie de hechos a considerar.

En el mes de noviembre de 2020, Ant Financials, matriz de la famosa AliPay, propiedad del mencionado Ma, intenta salir a cotizar en bolsa en una operación que había previamente llamado la atención global en el mundo de los negocios dada la magnitud y el potencial que podía significar que estas empresas se abrieran a este tipo de inversores, sin embargo, y con sorpresas para los occidentales, la operación es vetada por el Gobierno chino.

Ma, quien había deslizado previamente críticas a la forma de trabajar de los funcionarios de ese país no acorde a las necesidades de su modelo, desaparece misteriosamente meses después de la escena pública.

Desde marzo a junio Beijing lejos de sentirse amilanado por las críticas mediáticas en Occidente redobla la apuesta y multa a distintas empresas de delivery de comida por las condiciones laborales a que eran sometidos los empleados que hacían los repartos, aún a pesar de que eso producía una caída de la cotización en Bolsa de las acciones de las empresas sancionadas.

Jack Ma – 2019

Alibaba, la icónica empresa que catapultó a la fama a Jack Ma, sufre una multa de 2.800 millones de dólares por su actitud monopólica

Hasta ese momento podíamos pensar que los desafíos políticos de Ma eran la causa y que las represalias eran hacia su persona, pero con el tiempo se pudo apreciar que la situación era bastante más abarcadora.

En mayo el organismo regulador chino puso bajo la lupa a empresas de la magnitud de los gigantes Baidu, Tencent y ByteDance, propietaria de TikTok, por sus prácticas monopólicas. Esta última empresa es la que había causado una polémica cuando Donald Trump había decidido sancionarla por su penetración en el mercado de EEUU.

En el mes de julio, Didi, una corporación cuyo tamaño rivaliza con Uber, fue eliminada de las tiendas de aplicaciones online de China porque recopilaba datos a espaldas de los usuarios violando las reglamentaciones legales vigentes.

Definitivamente algo estaba pasando en China. Este país, luego del fracaso de Mao Zedong para organizar el Estado productivo y elevar el nivel de vida, y tras años de tumultuosa vida política como la Revolución Cultural que pretendió avanzar en la profundización ideológica sobre la sociedad china, una de las víctimas de ese proceso como Deng Xiaoping, accede al poder y cambia el rumbo económico del gigante mundial.

Deng Xiaoping con Jimmy Carter en 1979

China hasta ese entonces había apostado por un modelo revolucionario anticapitalista que, inspirado en el modelo soviético inicialmente, había buscado una deriva propia. Los malos resultados llevaron a recalcular y determinar que no debía prevalecer el dogmatismo ideológico sino la practicidad porque en definitiva lo importante era obtener buenos resultados.

Deng inmortaliza entonces una frase: “No es importante el color del gato, sino que cace ratones”. Claramente el nuevo mandatario decía que había que ser práctico e inclinar a su país a tomar una senda que era polémica pero que tenía el potencial de que la China que con Mao tenía como meta que cada habitante tenga un plato de arroz para la comida, pase a ser un país de vivir digno.

Allí entonces vemos que se produce el proceso de reformas que abriría puertas al mercado, rompiendo con ideas elevadas al nivel de dogmas en el mundo del socialismo real.

China necesitaba capitales, tecnología y capacitación humana y podía obtener eso de Occidente, y de esa manera poder acelerar los tiempos de desarrollo. 

La idea a la postre no sólo no fue mala, sino que produjo un crecimiento espectacular que no solo le daría a China un plato de arroz para cada habitante, sino que lo llevaría a sobrevivir al colapso del campo socialista y convertirse en una mega potencia mundial que desplazaría a los propios EE.UU. de la supremacía económica global.

En este punto China demostró que lejos de ser una sociedad anquilosada, sin iniciativa y gris, era un pueblo muy inteligente que planificaba a largo plazo y conocía el mundo capitalista y sus debilidades.

Occidente debería haber recordado la profética frase de Vladimir Lenin cuando auguraba que “los capitalistas nos venderán hasta la soga para ahorcarlos”. La ambición de un capitalismo sin freno que mutaba del productivo al financiero, en su afán de maximizar ganancias creyó que la atrasada China era un reservorio de mercados laborales para abaratar costos y aumentar desmesuradamente ganancias.

China comenzó el desarrollo que catalogaba como socialismo con características chinas, que no era más ni menos que adaptar las ideas marxistas a sus necesidades y no al revés. El capitalismo financiero no comprendió realmente qué era lo que esto significaba y que en realidad China estaba comprando la soga que había dicho Lenin.

Lejos de abandonar el socialismo, China lo reformuló para hacerlo funcionar. Occidente nunca creyó que era otra cosa que una grieta en el dique socialista chino que se abriría paso para instalar un capitalismo dependiente de sus magnates.

Xi Xiping en la actualidad no es más que la adecuación constante de Beijing a los tiempos, donde utiliza el gato que le sirve independientemente del pelaje.

Cuando Xi explica en una Asamblea que su país entra en una nueva fase, en realidad está avisando de una nueva mutación para readecuar “nueva fase de desarrollo” de acuerdo a sus necesidades para continuar ese modelo que nunca abandonó pero que Occidente creyó que sí, que había doblegado a China y había conseguido hacerla mutar hacia el modelo de sus deseos.

Trump vivió en carne propia las consecuencias del papel de las ONGs combinadas con los medios y las empresas de tecnología de Silicón Valley. El poder acumulado por las tecnológica fue tan fuerte que derribó su gobierno en un escandaloso proceso electoral fraudulento donde no solo no fueron parciales, sino que actuaron activamente para darle cobertura no al proceso de fraude mencionado y al veto a cada uno de los intentos posteriores a efectos de poder hacer un recuento de votos.

China una vez más pensó profundo, el desarrollo que incorporó empresas y capitales exceptuó la presencia de las grandes corporaciones en temas que podían influir en el pensamiento de su sociedad.

Generando un ecosistema propio, cada una de las corporaciones occidentales tenía un equivalente chino, y cuando la versión china se salía de control… bueno, Ma puede explicar mejor que pasaba.

China hoy profundiza el proceso ante el desconcierto occidental que nunca comprendió que Beijing no había claudicado de su modelo socialista y solo los había pulido de aristas retóricas para atraer capitales y tecnologías, pero el rumbo siempre fue el mismo.

Hoy China pone como meta máxima la seguridad nacional, que se refiere al control de datos y una mayor autosuficiencia tecnológica y la prosperidad común, con las que pretende frenar las desigualdades que se han disparado en las últimas décadas. Las corporaciones para cotizar en Bolsa de Nueva York deberán pasar por una serie de supervisiones, poniendo a la vez a sus organismos de control a la altura de la SEC de EE.UU.

Tal vez nosotros, que no pensamos soberanamente, nos cueste comprender este tema, pero es muy claro que China no pretende subordinarse a la Justicia de EE.UU. ni a los organismos de contralor estatales o privados de este país. Tampoco pretende permitir que sus empresas filtren datos sensibles hacia el exterior y menos aún que los extranjeros tomen control de las políticas de sus empresas.

Xi sabe que permitir eso es el fin del poder del PCCh porque las corporaciones adquieren un poder que les permite ponerse por encima de los controles, estar por encima de las políticas estatales y lentamente ir imponiéndose.

Con solo ver las estructuras de poder de nuestros países vemos cómo las corporaciones deciden cada una de las políticas más importantes en función de sus propios intereses.

Los berrinches de los medios occidentales acusando a Beijing de dictadura son para consumo de sus propias sociedades, China está blindada a la influencia mediática (y de redes) extranjera.

China no va a cambiar sus ideas por la presión de este tipo, y ya es tarde para que se la pueda aislar económicamente. El desarrollo en el Sudeste Asiático, África, Asia Central y buena parte de Europa les ha dado un enorme colchón para un conflicto para el que se han venido preparando desde que Deng llegó al poder.

La partida de ajedrez que juegan contra el globalismo occidental está inclinándose hacia su lado, la profundidad estratégica les hace prever muchas más jugadas que la mirada corta occidental.

Mientras el globalismo occidental creía hacer grandes negocios, solo le vendía la soga a China, una soga que ya está en sus manos y que hace más de cuatro décadas se prepara para usar.

Rusia, no aceptada por el mundo anglosajón pese sus esfuerzos de acercarse en la época post soviética, sabe que debe sobrevivir y se vuelca a ser una potencia militar superior, y desde allí pactar su lugar en el mundo, garantizando a China cuidarle sus espaldas.

Vladimir Putin y Xi Jinping

China siempre jugó al juego de la revancha; en su retina aún perdura la humillación británica por las Guerras del Opio, y desde entonces nunca pudo conseguir una fórmula que le permitiera conseguir su posicionamiento como rival. Hasta ahora.

Hoy el gobierno de este país ha conseguido una fórmula para unir su modelo socialista aprovechando el desarrollo capitalista para producir crisis productiva, porque rivaliza y lo desplaza en los mercados, pero también logra quebrar la sentencia de que los sistemas socialistas fracasan económicamente. 

Occidente ahora descubre amargamente que fue engañado y enfrenta una sociedad cohesionada, dura, y disciplinada. Una disciplina que lejos de la propaganda occidental auto creída, responde más a una idiosincrasia donde el confucionismo es el eje desde hace siglos y siglos, la jerarquía y obediencia natural de los chinos solo es aprovechada por el gobierno socialista.

Occidente tiene un problema, solo considera democrático que los grandes capitales dispongan de libertades absolutas, mientras que condiciona cada vez más al ciudadano común. Tiene entonces un problema interno serio porque su población simplemente se rebela o se derrumba en la depresión, drogas y alcoholismo.

China, a su vez, tiene una sociedad que considera que las libertades occidentales que generan las corrientes “despiertas” que promocionan una serie de valores destructivos para la sociedad, no son más que degradaciones del ser humano que deben ser combatidas.

El modelo occidental para esa sociedad es decadente, anárquico, confuso e indeseable. Por ello el rumbo parece inamovible, Occidente, más precisamente los dueños del capitalismo financiero global que pretenden hegemonizar el mundo con su modelo corporativo, encuentran en China no una aliada sino un rival que apenas puede contener en su ascenso por la fuerza militar.

Arriesgado, difícil y con el reloj corriendo porque China en ese último campo avanza aceleradamente y queda poco más de una década antes de que este también sea un campo perdido.

Alea jacta est – La suerte está echada.

*Marcelo Ramírez. Analista geopolítico. Director de Contenidos de AsiaTv.