Ciencia y autonomía de la voluntad en tiempos de Covid-19

En 2020 se produce un colapso sanitario planetario que encuentra al mundo con un sistema de salud frágil, que no está preparado para la pandemia por Covid-19

Modelos científicos de alta sofisticación se oponen a un sistema de salud precario pensado fundamentalmente para quienes pueden pagarlo. Y como se sabe no son la mayoría.

Dado que no todos los países tienen el mismo acceso a la ciencia, el rol del Estado se convierte en fundamental. Ya no se trata solamente de que se mueran las personas de menos recursos: el Covid-19 es democrático y mata a quienes no se preserven. Aunque está la excepción a la regla: quienes tengan más recursos económicos tendrán mayores oportunidades de sobrevida.

Si bien el mundo aparece interconectado y ya nada puede suceder aisladamente luego de la aparición del virus en el Hospital de Wuhan-China, difiere notablemente la capacidad de reacción de los Estados según su economía.

La salud como derecho humano

Según la OMS “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades.” Seguidamente predica que “el goce del grado máximo de salud que se pueda lograr es uno de los derechos fundamentales de todo ser humano sin distinción de raza, religión, ideología política o condición económica o social.” Así, para la OMS: i) la persona tiene derecho a gozar “del grado máximo de salud que se pueda lograr”, pero ello va a depender de circunstancias inherentes a ella (por ej., biológicas), como externas a ella (por ej., el progreso de la ciencia en determinado momento histórico); ii) que el derecho a la salud es reconocido como un derecho humano fundamental; iii) del cual no puede ser privada la persona humana bajo ninguna circunstancia o condición (derechos de igualdad y no discriminación). El derecho a la salud no significa derecho a gozar de buena salud (no implica el derecho a estar sano), pero obliga a los gobiernos y a las autoridades públicas a establecer políticas y planes de acción destinados a que todas las personas tengan acceso a la atención de la salud en el plazo más breve posible.

La salud como derecho humano esencial, como ya dije, es un estado de equilibrio o bienestar psicofísico y social; no solo significa la “ausencia de enfermedades físicas”, sino también las relaciones con los demás seres humanos, también con la naturaleza, con la ciencia, con el acceso a derechos. 

La pandemia por Covid-19 mostró un deficitario acceso a la salud como derecho humano que dependió de la situación de las economías regionales, nacionales y dentro de estas, de situaciones individuales.

Autonomía de la voluntad

La noción de autonomía de la voluntad está directamente asociada, en nuestra cultura, a que nadie puede imponernos modelos de virtud personal o planes de vida. De esto pareciera desprenderse que la elección de vacunarse es voluntaria.

El concepto opuesto está asociada al perfeccionismo, que importa sostener que el Estado puede y debe intervenir en ciertos planos de vida cuando los considere moralmente más valiosos, evitando un daño a los demás.

Esta interferencia está justificada, no definiendo preferencias sino generando bases para promover igualdad de condiciones y empoderando a los más desvalidos o incapaces. Esto es lo que se ha llamado un proteccionismo justificado que da lugar a un cierto Estado de Bienestar, y que habilita a recurrir a un concepto de competencia (capacidad para hacer frente racionalmente a un problema o desafío que la persona enfrenta) como habilidad mental para comprender el beneficio de la restricción o incompetencia básica que se hace sin consentimiento expreso, de quien ignora los elementos relevantes de la situación.

¿Ante el Covid-19 y sus variantes somos todos incompetentes básicos? En su caso, ¿quién es más competente, la ciencia o el Estado?

Por un lado las expresiones ciencia y autonomía de la voluntad tienen alta carga emotiva. Esto hace que si bien las expresiones produzcan emociones en quienes las usan, se conviertan en vagas. Así por ejemplo, el uso ordinario de la palabra ciencia remite a un conocimiento objetivo, racional, certero, sistematizado, entre otras características; mientras que la noción de autonomía de la voluntad remite, en lo cotidiano, a la importancia los proyectos o modos de vida del individuo.

Este uso emotivo de ambas expresiones hace que no se identifiquen ciertos problemas de las expresiones ciencia y autonomía de la voluntad.

El carácter objetivo de la ciencia, por ejemplo, no  excluye la posibilidad de cierto margen de error si cambian ciertas condiciones de la evidencia inicial, por ejemplo, las variantes de Covid-19. Con respecto a la autonomía de la voluntad, es importante pensar sus límites en relación al cuerpo social y a la misma pandemia. En este sentido, ¿alguien puede negarse a la vacunación, que aparece, en nuestro medio, como la vía más adecuada para enfrentar la pandemia?

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el 4/03/21 en su informe anual, estimó que el total de personas pobres ascendió a 209 millones a finales de 2020, 22 millones de personas más que el año anterior. La pandemia ha revelado el enorme costo que significa para los países de la región no tener un sistema integrado de cuidados de amplia cobertura, desfeminizado y de calidad. Por esto, advierte, “es urgente invertir en este sector para enfrentar la crisis, garantizar el derecho a cuidar y a recibir cuidados, así como reactivar la economía desde una perspectiva de igualdad y desarrollo sostenible”.

Parece necesario repensar las nociones de ciencia, autonomía de la voluntad y derechos humanos, en clave de pandemia por Covid-19 con miras a construir lazos  sociales, tejido social, una economía y ética del cuidado con perspectiva de igualdad y desarrollo sostenible.

En nuestro contexto será la ciencia, en sus diferentes modos, interactuando con el Estado y sus organizaciones civiles, quienes fijarán una cancha de juego para que podamos avanzar hacia soluciones colectivas.

¿Seremos capaces de un salvataje colectivo?

Sigamos pensando…

*Laura Cantore. Feminista. Dra. en Derecho y Cs. Sociales. Posdoctorada en Géneros.