Colombia y el riesgo de un Estado fallido

Ecuador y Chile anticiparon que nuestra región está cambiando un modelo de estructuras socioeconómicas y políticas con relativa rapidez.

El sistema de gobernanza global está reformulándose, lo que indica que probablemente pase a través de una quiebra universal y se esté preparando para alumbrar un nuevo sistema que aún no sabemos exactamente cuál será, pese a que se arriesgan muchas hipótesis sobre el posible desenlace.

En el pasado reciente vimos cómo se produjo un salto de un capitalismo productivo basado en la expansión del consumo hacia uno financiero, donde el valor ya no se encuentra en lo que es la producción industrial y el consumo masivo sino en la especulación de papeles. Este proceso se dio paulatinamente sembrando sus raíces en la reestructuración de la postguerra, que luego se aceleró a partir de los ‘70 cuando Nixon decide terminar con la paridad entre el dólar y el oro, liberando así capitales que alimentaron las fuerzas de la especulación financiera.

La caída soviética retiró las últimas contenciones existentes, Bill Clinton derogó la Ley Glass-Steagall que separaba la banca comercial de la de inversión, completando el círculo y a partir de allí la fusión de la banca potenció hasta el infinito tanto la concentración como la especulación.

Este fenómeno viene de la mano cronológicamente de la desaparición de la izquierda marxista tradicional y su reemplazo por este blend de ideologías genéricamente llamadas progresistas y de “nuevos derechos”. Curiosamente Clinton (Bill) es quien libera la especulación que se multiplicará a niveles astronómicos y Clinton (Hillary) es la cara visible y fervorosa impulsora de estas nuevas ideologías progresistas.

Las acciones centrales de este nuevo capitalismo profundamente depredador se traducen en quebrar las esperanzas de regiones como la nuestra que habían vivido una relativa prosperidad y paz, pese a las injusticias, dictaduras y revoluciones que se sucedieron durante el siglo XX. A medida que el globalismo expresado por el sector dominante de las finanzas, la banca y las tecnológicas se imponía, un correlato de miseria, quiebras y desocupación se instalaba ahogando las esperanzas de desarrollo de nuestros países.

Esta era de anhelos de una prosperidad futura ganada con el trabajo y el esfuerzo comenzó a ser un sueño cada vez más lejano, salvo algunas excepciones temporales puntuales y pasajeras que parecieron hacer nacer una primavera circunstancial, que pronto dio paso a un otoño que auguraba el invierno que comenzamos a percibir a nuestro alrededor.

Hay un dato más a tener en cuenta en este complejo mosaico de sucesos y es la revolución tecnológica expresada en internet, la Inteligencia Artificial, la nanotecnología, la biogenética, la robotización y una larga lista de avances altamente tecnológicos que tienen en común que reducen a un nivel mínimo la necesidad de mano de obra humana, dejando cada vez más bolsones de desempleados. La idea de confort que dice que generan nuevos puestos de trabajo hoy desconocidos que compensarán la destrucción de empleos, es apenas un sedante que el propio sistema inyecta para evitar una revuelta generalizada antes las perspectivas de convertirnos en población sobrante, un excedente que no tiene capacidad de consumo, o al menos, de pagar por lo que necesita consumir y por lo tanto, innecesaria, molesta y conflictiva.

La situación de relativa escasez de recursos naturales junto con la propia naturaleza expansiva del capitalismo para sobrevivir, ampliándose incesantemente hacia nuevos mercados, hace necesaria y apresura el paso de la reconversión ineludible. Debemos, asimismo, reconocer que las elites globales todopoderosas tienen acceso a informaciones que no tenemos el común de los mortales, y que a su vez tienen la capacidad de incidir en el desarrollo de los acontecimientos presentes y futuros según su necesidad.

En los ‘70 Kissinger en su famoso, y desclasificado años después, NSSM 200 advertía que los intereses nacionales de EE.UU. estaban en mayor riesgo por la expansión demográfica del mundo subdesarrollado que demandaría acceso a recursos que su país consideraba como de su pertenencia, ese riesgo mencionado era percibido como una amenaza mayor que la del comunismo soviético.

En el plano ideológico, hemos visto cómo la izquierda ha comenzado a descafeinarse gradualmente generando un nuevo sentido común que pasa por la promoción de las políticas que encajan cada vez más con las necesidades del sistema productivo y su mutación financiera y del avance tecnológico.

La presión cultural es tal que hoy llegamos a  ver cómo se plantea que tener un hijo es una irresponsabilidad medioambiental, algo corriente en ciertos sectores de los EE.UU. y Europa Occidental, y con otros fenómenos como sucedió con el esperpento lenguaje llamado pretenciosamente “inclusivo”. 

Sin dificultad observamos cómo a través de los medios con que cuenta el propio sistema se va generalizando desde las cúpulas intelectuales, del entretenimiento y de la política, a espaldas de las mayorías, una nueva corriente políticamente correcta que es funcional a preparar culturalmente a las masas para el mundo que se está delineando.

Los pueblos comienzan a percibir que no hay más esa esperanza que alimentó a generaciones anteriores, que el horizonte económico se complica día a día porque ser un trabajador de una empresa toda su vida laboral, algo que antes era considerado explotación, pasa a ser una rareza con cierto privilegio. Lo que queda entonces es ser cuentapropista, algo que la modernidad llama emprendedor, pero cada vez es menos posible porque no es “competitivo” en el mercado y pasa de ese estatus al de desempleado y con suerte, a depender de la ayuda estatal.

El sistema en su reformulación pasa de necesitar trabajadores para grandes fábricas a tener emprendedores que luego advierten que en realidad es una suerte de desocupado al que se le dice que se las arregle como pueda.

Para el trabajador de la mano de las penurias económicas viene un desconcierto y una desazón con un mundo que ya no comprende, los lazos comunitarios se disuelven en un mundo individualista, inseguro, egoísta, donde cada individuo multiplica sus esfuerzos para sobrevivir en soledad, aun cuando esté rodeado de cada vez más gente.

El viejo proyecto de tener una familia, casarse, tener hijos ha sido esmerilado cultural y económicamente en pocas décadas en simultáneo por una “derecha” que le quita recursos económicos y una “izquierda” que le dice que eso está mal, que es un sueño burgués patriarcal que debe ser rechazado.

En ese marco aparece entre nosotros una pandemia, que además de un correlato de muertes y secuelas, impacta sobre todo en la economía empobreciendo aceleradamente a las sociedades.

Aquellas naciones que ya estaban empobrecidas y con grandes desigualdades se tensan y generan las condiciones para los estallidos sociales. Lo que hoy sucede en Colombia, un país con una guerra civil solapada dada por una guerrilla de más de medio siglo, paramilitares y parapoliciales, narcos, desigualdad, pobreza, violencia, es una realidad esperable.

Pero las cosas no son tan simples, hoy estamos viviendo un mundo donde las guerras se plantean en una forma multidimensional y los enfrentamientos entre las grandes potencias mundiales contemplan conflictos que desestabilizan las naciones aliadas. Como EE.UU. intenta desgastar a Rusia golpeando a Bielorrusia, las zonas rusófonas del Donbass o Siria, a China en Xinjiang, Hong Kong o Taiwán, no es descabellado que estas naciones respondan de la misma manera en nuestra región, patio trasero de los estadounidenses.

El fenómeno conocido como guerra molecular donde se quiebran el propio Estado y su monopolio del uso de la fuerza, dando paso a bandas armadas que controlan partes del territorio disolviendo el poder del Estado, se comenzó a ver en Colombia, país que se asoma al abismo de una situación anárquica como Libia, que luego de una Primavera Árabe, se transformó en un Estado Fallido.

Una insurrección organizada y conducida por un partido político preparado es una revolución, pero cuando es “espontánea”, no se ve por detrás quién canaliza la protesta, se corre el riesgo de que se transforme en algo anárquico que desemboque en una guerra interna que destruya el Estado.

La idea de levantamiento espontáneo es peligrosa porque es manipulable, y bien pueden existir uno o varios actores interesados en ese proceso, tanto internos como pueden ser narcos, guerrillas o paramilitares, como externos como son los países bajo ataque de EE.UU.

Esto no desmerece la situación ni intenta justificar la represión, solo es una descripción de lo que puede estar sucediendo, que bien puede parecer incómoda, pero si recordamos las Primaveras Árabes y las Revoluciones de Color, la realidad puede no ser complaciente con nuestros deseos e ilusiones.

Pero existe un dato más a tener en cuenta que hace más compleja la interpretación de lo que sucede en Colombia. 

Thomas Barnett, analista, geoestratega, consultor de agencias como la israelí Wikistrat, ha elaborado una teoría que divide al mundo en una zona núcleo, próspera y desarrollada, junto con otra que llama The Gap, que no es viable a su juicio y debe ser “desenganchada” del mundo desarrollado. Independientemente de las razones caritativas que esgrime, la realidad es que es más simple y económico transformar las naciones con riquezas naturales en Estado Fallidos para obtener sus recursos a bajo costo cuando sea necesario e impedir que otras naciones rivales los obtengan.

Estas ideas fueron llevadas a la práctica por el Alte Arthur Cebrowski y ejecutadas en Medio Oriente, Libia convirtiéndose en una las víctimas de estas políticas.

El analista francés residente en Siria, Thierry Meyssan describe largamente cómo ha funcionado esta lógica y advirtió hace algunos años que nuestra región corre el riesgo de ser blanco de lo que él denomina Doctrina Rumsfeld – Cebrowski y solo tres países, Argentina, Brasil y México podrían exceptuarse, el resto sería sumergido en una guerra interna que los haga desaparecer como Estados.

Hemos visto estertores en países como Ecuador o Chile, Colombia hoy es el punto más álgido de un conflicto que tiene ciertas similitudes.

Por un lado tenemos condiciones objetivas que justifican el malestar popular, también tenemos intereses geopolíticos de países rivales de la potencia hegemónica de la región, que es EE.UU., y planes más profundos y controvertidos que buscan cambiar el modelo de Estado Nación por otro más fácil de controlar y que se acomoda mejor a sus intereses.

Por ello debemos resistir la tentación de hacer análisis simples que aplauden y alientan una revuelta popular anárquica y sopesar los riesgos que esto presenta para nuestra región, que es un campo lleno de maleza seca donde se multiplican focos de incendios.

Analizando la historia vemos como la enorme mayoría de estos levantamientos han terminado en modelos represivos que los usaron como excusas o los condujeron  a modelos fallidos sin Estado presente. 

Quienes detentan el poder real juegan en múltiples tableros, y saben manipular las emociones. La geopolítica demuestra que hay un abismo entre lo que se les dice a los pueblos desde los medios y desde la política y la realidad, que termina por ser dura y antipática.

*Marcelo Ramírez. Analista geopolítico. Director de Contenidos de AsiaTv.