¿Cómo desequilibrar?

Los interrogantes, después del bombardeo

Solo puedo sumarme, ahora a través de estas líneas y –desde siempre- mediante el trabajo cotidiano, a las denuncias y condenas que historizan este 66 aniversario del bombardeo sobre el pueblo argentino en Plaza de Mayo. También, a las certeras descripciones evocativas de la catástrofe nacional inducida por el golpe de septiembre de 1955. Los compañeros militantes, periodistas, historiadores, narran verdades a los cuatro vientos. Verdades que deberían avergonzar a quienes hoy sostienen posturas equivalentes a las de aquellos criminales asentados en el interés antinacional.

Sólo puedo sumarme y re difundir. Pues me interesa, para no abundar sobre lo que ya está muy bien impreso, plantear una secuencia de interrogantes que surgen de los sucesos mencionados y en ocasiones reciben respuestas cerradas, unilaterales; respuestas que no responden.

¿Adónde nos dirigimos? Básicamente hacia una consideración: la Argentina en general y el pueblo trabajador en particular, deberán mirar hacia dentro y resolver este perpetuo empate que impide el despegue de la Nación.

Cada período de desarrollo industrial, ampliación del poder adquisitivo, afirmación de la soberanía  que se ha llevado adelante, ha sido desarticulado por distintas vías. Si la tradicional resultaba el golpe de Estado, la defección de gestiones elevadas al gobierno con nuestras grandes banderas y los comicios del 2015, operaron como advertencias para comprender que el problema no se asienta específicamente en tácticas o modalidades, sino en el trasfondo que evita un direccionamiento claro y persistente.

Es habitual preguntarse si una acción más decidida y violenta ante aquellos golpistas hubiera modificado el rumbo de la historia. Y, en los distintos reacomodamientos oligárquicos posteriores, si la unidad constituyó potencia o carga pesada. También, si la cuestión pasaba por incrementar la presencia estatal en rubros clave. O si se trataba de otorgar mayor poder decisorio a los espacios gremiales y sociales que surgieron de las bases. Asimismo: ¿demasiados medios de comunicación en manos del Estado o una excesiva permisividad ante la hegemonía de los privados? No falta, con mucho sentido, la pregunta acerca del rumbo internacional y la relación de fuerzas en cada tramo.

Cada punto, entre tantos, suele ser presentado por distintos sectores como determinante para este equilibrio histórico que no termina de romperse. Pero si los repasamos a todos, veremos que se han probado las más diversas variantes y ninguna garantizó, por sí misma, el ansiado desnivel en beneficio del espacio nacional, popular, industrial.

La discusión sobre si Juan Domingo Perón hizo bien en evitar el derramamiento de sangre a la luz de los sucesos posteriores, apenas se referencia sobre un aspecto procedimental. El tema es averiguar por qué no se logró la potencia necesaria para, con violencia o sin ella, derrotar a los levantiscos. ¿Cómo fue posible que franjas minoritarias se impusieran a un Proyecto en marcha que contenía el respaldo de grandes mayorías, una industria en despliegue y demasiados elementos favorables en los más diversos rubros? Es ostensible que no sólo faltó audacia para castigar a los antinacionales.

Faltó, como en otras caídas –pero la de 1955 resultó quizás, la más importante- ese factor que convierte a un Pueblo Nación en fuerza arrolladora e indetenible. Pero, ¿cuál es ese factor? La pregunta es corrosiva, porque cada vez que se apunta a una causa en particular se percibe que la misma no resultó trascendente en períodos semejantes.

A diferencia de lo que ha sucedido en otros países, el movimiento nacional popular argentino logró demostrar su poderío, arribar al gobierno y transformar la realidad. En el período clásico que estamos señalando, en el arranque de los años 70, en los doce años de innovación más recientes, enumerando sintéticamente zonas de la historia bien marcadas para no entrar en debates oblicuos sobre otras, que también ameritan estudio dedicado. Ha conseguido el éxito combinando movilización y voto masivo, ha reformulado parcialmente la economía interior, pero no ha podido extender su labor como oficialismo más allá ni establecer bases sólidas que impidieran el freno y un posterior retroceso.

Podemos palpar en nuestra cotidianeidad que los fantásticos avances alcanzados en cada tramo, con gran esfuerzo y a través de construcciones colectivas, resultaron desmembrados en poco tiempo por el reingreso de la política liberal oligárquica. En este nivel de análisis, carece de vigor explicar que su contraste, afincado en el interés nacional, es más institucional y democrático, más justo y beneficioso para el conjunto. Es así, lo sabemos, pero resulta inevitable preguntarse si el poder aquilatado por cada zona configura una equivalencia tal que la Argentina no termina de averiguar si es más rentable crecer o decrecer.

El sector rentístico, agroexportador y financiero, tampoco logró resolver el asunto. De hecho, en 1976 se exigió a fondo asesinando 30 mil luchadores populares, encarcelando y persiguiendo al movimiento obrero. Aquella matanza feroz tampoco consiguió evitar que el pueblo argentino construyera su Década Ganada. Y este artículo está siendo redactado bajo un gobierno que llegó a la cúspide estatal con banderas peronistas y varios dirigentes, como la vicepresidenta, muy objetados por encarnar nítidamente esa tradición. El equilibrio relativo se prolonga en el tiempo sin solución. Es obvio que uno de los espacios en pugna posee más beneficios que otro, pero no que la contienda haya finalizado.

El pueblo argentino necesita romper la paridad. Si estuviéramos hablando de otras gentes, de otras naciones, diríamos que necesitan seguir adelante o, en su defecto, organizar la resistencia. En este territorio el péndulo conlleva una oscilación sin parangón. Y aunque ese quiebre exija determinación, son otros los elementos que pueden sostenerlo; más profundos y de difícil detección.

Algo es cierto: no resulta viable prescindir de la amalgama. Quien piense que un solo factor es la clave, puede formular fórmulas gratas para el oído pero ineficaces a la hora de construir salidas superadoras.

Hay más para señalar pero deseo, por muchos motivos, introducir estas cuestiones irresueltas como instancia de reflexión hacia un porvenir cercano.  Otra andanada oligárquica, con su impronta antiproductiva y su secuela recesiva, puede llegar a esparcir una oscuridad que resuelva la contradicción sin vueltas en el peor de los sentidos posibles.

Nos va todo en esta pulseada.

*Gabriel Fernández. Director La Señal Medios . Área Periodística Radio Gráfica. Sindical Federal