Coraje y audacia ante un pasado que acecha

“En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Rodolfo Walsh. Carta Abierta a la Junta Militar 1977

Esta nota publicada hoy fue escrita ayer, 24 de marzo. Imposible soslayar esta fecha, como imposible no pensar en la Dictadura Genocida como un eco del pasado que sigue resonando en el presente.

Cumplidos 45 años del golpe de Estado de 1976, el orden económico, social y cultural que a sangre y fuego impuso la dictadura se cuela en el presente. Porque si algo queda claro de aquél infausto día, es que la Argentina no volvió a ser nunca más el país que vivimos, conocimos y recordamos, aún para los que entonces éramos muy chicos.

Una vez más, como en el golpe de Estado de 1955 contra el General Perón, el de 1976 fue un golpe contra el peronismo, es decir contra una matriz económica y productiva, distributiva, cultural, de orden social, y en lo geopolítico, que había comenzado con la revolución Justicialista en 1945. Es a partir de allí, con el gobierno de Juan D. Perón que la Argentina entra en la Modernidad, no entendida como la Modernidad en la concepción eurocentrista y tecnológica sino en la establecida sobre un orden económico, social y humanista que revertía al estado precapitalista, semicolonial y periférico imperante hasta entonces en manos de una oligarquía oscurantista, decadente, reaccionaria y vetusta. Desde ese momento, la irrupción del peronismo resultaba a todas luces intolerable.

No les bastaron los 18 años de proscripción y persecución entre 1955 y 1973 para derrotar y dejar al peronismo en el olvido, como un evento inesperado y desgraciado, nunca mejor sintetizado por J.W. Cooke como el hecho maldito del país burgués al que había que desterrar de la faz de nuestra tierra.

En estos tiempos de abanderados republicanos, defensores de las instituciones, de la libertad de prensa y de propiedad, nótese el olvido en el que ha caído el hecho histórico y vergonzante de los 18 años de proscripción, no sólo del líder político sino también de su representación partidaria y electoral, el Partido Justicialista. Es llamativo que, así como fueron intencionadamente ocultados durante décadas los bombardeos a cielo abierto en la Plaza de Mayo en 1955, haya quedado naturalizada la proscripción de 18 años; por cierto un hecho de una violencia institucional que registra pocos antecedentes en el mundo. Sería un aporte interesante traerlo al actual y tórrido chicaneo político que lleva adelante la rudimentaria oposición para confrontar cómo semejante hecho no merezca al menos un reconocimiento de que la violencia siempre fue ejercida contra el peronismo por parte de los mismos sectores, encarnado hoy en los que atacan al gobierno con violencia inusitada bajo la reconfigurada denominación de populismo.

Si el golpe de Estado que derrocó a Juan D. Perón en 1955, y los 18 años de proscripción y persecución, no habían logrado derrotar definitivamente al peronismo, el golpe de 1976 vino a terminar lo que no pudieron hacer 21 años antes. Esta vez tuvieron que emplear al Terrorismo de Estado, la persecución, desaparición y muerte, la perversidad del robo de niños, de arrojar al mar a cientos de hombres y mujeres vivos, y a armar una red de centros clandestinos de detención en donde reinaba la tortura y la muerte. En días como estos, vale preguntarse qué sociedad permitió generar las condiciones, las posibilidades, para que semejante violencia se desatara sobre nuestro país. Qué Fuerzas Armadas fueron concebidas, preparándose, adiestrándose para llevar adelante un genocidio. ¿Cómo pasó eso? ¿Qué tipo de sociedad dio lugar a semejante impunidad para cometer los peores crímenes de lesa humanidad?

A partir de 1983, con la recuperación democrática, el peso y la huella de la dictadura no fueron superados. La matriz socio-económica fue desvastada por las experiencias neoliberales sucesivas que dieron continuidad y profundizaron el sendero trazado por la Dictadura. En 45 años, sólo en los doce años de gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández el país retomó un claro sendero de reparación de décadas de retrocesos y derrotas en el campo nacional.

Lo que llegó en 2015, en su presentación de derecha moderna y de adalides de las instituciones y la republica, reprodujeron el mismo orden económico y social y persecutorio de la dictadura. No hay que temer en afirmar esto. Tampoco esperar que cambien de actitud y asuman una oposición responsable a la altura de la gravedad que vive el país.

El peronismo, el Frente de Todos, tiene ante sí la inusitada tarea de enfrentar una pandemia y resolver el inédito daño causado por el gobierno de derecha conformado por el PRO y la Unión Cívica Radical. Es en estas dificilísimas circunstancias, de desasosiego e incertidumbre, se hace imprescindible trazar un rumbo y un mensaje claro de recuperación, esperanzador, dinámico y potente. Es tarea primordial del peronismo, como parte de su esencia vital, convocar al pueblo argentino, a las fuerzas nacionales y a los más humildes a una gesta que, como dice Alberto Fernández, ponga de pie a la Argentina. La unidad del peronismo, destacada como esencial por Alberto al asumir días atrás la presidencia del Partido Justicialista requiere un urgente llamado a todos los hombres y mujeres que en este año y medio no han sido participados a debatir y unir fuerzas para enfrentar y derrotar el mensaje y accionar extraviado de una oposición violenta y golpista que sólo persigue el viejo sueño de volver al pasado, al del país semicolonial, dependiente y excluyente de las grandes mayorías.

En tiempos de crisis, los liderazgos deben combinar prudencia y coraje, y sobre todo deben devolver al pueblo la esperanza y hechos concretos que se materialicen en mejoras en las condiciones de vida de los millones que fueron arrojados a la exclusión y el olvido. Esta es la tarea que se encuentra por arriba de todas otras urgencias. Convicciones, audacia y valentía. Algunas batallas se ganarán, otras podrán ser postergadas, pero ninguna abandonada.