Cuando la Argentina cortó relaciones diplomáticas con el III Reich

La Segunda Guerra Mundial encontró a nuestro país sosteniendo la neutralidad, en parte porque el gobierno radical de Ortiz, aun en concubinato con los conservadores, seguía las pautas en política exterior heredadas de Hipólito Yrigoyen y, quizás más fuerte, estar al margen de la contienda aseguraba seguir proveyendo de carne y materias primas al imperio británico, en ese momento acosado por la maquinaria bélica del Führer.

Tras el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, los Estados Unidos declararon la guerra al Eje, esperando que el resto del continente lo secunden. Con premura se convocó a la Tercera Reunión Consultiva de Ministros de Relaciones Exteriores de las repúblicas americanas, entre el 15 al 27 de enero del año siguiente en Río de Janeiro, Brasil.

“Los gobiernos de Washington y de Buenos Aires inauguraron el período más crítico de sus relaciones” sentenció Juan Archivaldo Lanús en Del Chapultepec al Beagle (1984), agregando que “al iniciarse la Reunión de Consulta, nueve países centroamericanos y del Caribe… habían declarado la guerra al Eje; los demás mantenían aún relaciones diplomáticas con Alemania y entre ellos incluso algunos habían proclamado su no beligerancia.”

Si esa alineación fue automática a los deseos del presidente Franklin Roosevelt, otra fue la reacción de las naciones sudamericanas, en particular de nuestro país.

“Allí la delegación argentina, pese a todas las presiones que recibió, logró hacer aprobar una declaración ‘recomendando la ruptura de relaciones con el Eje’, lo que permitía seguir manteniendo la neutralidad bloqueando las intenciones originales de Estados Unidos”, aportaron Mario Rapoport y Claudio Spiguel en Relaciones Tumultuosas: Estado Unidos y el primer peronismo (2009). Agregaron que fue “algo que se aceptó para no quebrar el principio de unanimidad. En las instrucciones a (Enrique) Ruiz Guiñazú, el presidente (Ramón) Castillo fue terminante en cuanto a no adherir a ninguna declaración general de guerra o de ruptura de relaciones diplomáticas.”

Esas rupturas diplomáticas y futuras declaraciones de guerra indignaron al III Reich. “Era irónico que (Joaquín von) Ribbentrop (el ministro de Relaciones Exteriores), que había sostenido que Alemania tenía que declarar la guerra a Estados Unidos por razones de prestigio, ahora debiese sufrir la humillación de recibir declaraciones de guerra de Estados como Ecuador y Costa Rica”, afirmó Michel Bloch en Ribbentrop (1992), donde añadió que “Ribbentrop ordenó a (Ernst von) Weizsäcker (secretario de Estado del ministerio) que no se recibiera a los enviados latinoamericanos que se aproximaban con esta finalidad, e incluso ordenó clausurar el buzón del ministerio de Relaciones Exteriores, no fuese que intentasen enviar por correo sus declaraciones.”

Volviendo a nuestro continente, Benjamín Sumner Welles, subsecretario de Estado norteamericano, que había concurrido a la Reunión en Río, consensuó la declaración argentina, respaldada por Chile, provocando la ira de su jefe inmediato, Cordell Hull, quien sintió que Estados Unidos se había “sometido” ante la Argentina.

A partir de ese momento comenzó un aislamiento diplomático y comercial, amén de hostigamiento político, contra nuestro país por parte de los EE.UU. La decisión adoptada por nuestro canciller (el padre de la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú) se basó en el mantenimiento de nuestra neutralidad y no injerencia en asuntos de otras naciones, como política de Estado sostenida por los presidentes Roque Saenz Peña e Hipólito Yrigoyen, teniendo como antecedente la negativa a conformar una Unión Aduanera Americana, y la imposición de la Doctrina Drago.

En la Conferencia continental de 1889, la delegación argentina compuesta por Roque Sáenz Peña y Manuel Quintana se enfrentó al Secretario de Estado James Blaine y sus deseos de unificar económicamente al continente. La frase de Sáenz Peña “América para la humanidad”, contrapuesta a la de “América para los americanos”, mostró tempranamente las tensiones entre ambas naciones, y, quizás, nuestra relación con Gran Bretaña.

Eso no fue óbice a que, en 1902, Argentina apoyase a Venezuela, ya que por la deuda monetaria que mantuvo con Gran Bretaña y Alemania, éstas decidieron bloquear sus puertos y realizar acciones de guerra en su contra. El canciller del presidente Julio A. Roca, el Dr. Luis María Drago, elevó su protesta a los Estados Unidos por no defender los intereses del continente, planteada en la Doctrina Monroe, siendo neutral frente al ataque europeo a Venezuela. Como el presidente Theodore Roosevelt se excusó de su implementación, la Doctrina Drago se impuso al establecer que ningún país puede utilizar la fuerza militar contra una nación americana con fines de cobro de deuda financiera.

Volviendo a la II Guerra Mundial y a nuestro país, siguieron los problemas con Roosevelt, pero esta vez con el sobrino. La política de neutralidad del presidente Ramón Castillo se mantuvo aún después de su derrocamiento por parte de la Revolución del 4 de Junio de 1943, movimiento militar iniciado para terminar con el fraude y la corrupción de la “Década Infame”, que se iba a prolongar con la segura elección a presidente del salteño conservador Robustiano Patrón Costa.

Dicho golpe de Estado fue motorizado a través de la logia militar GOU (Grupo Obra y Unificación o Grupo Oficiales Unidos), donde convivían aliadófilos y neutralistas. Tras pocos días del general Arturo Rawson, será el general Pedro Pablo Ramírez el presidente de facto. “El movimiento triunfante en Buenos Aires provocó perplejidad en los Estados Unidos y no obstante no tener idea exacta sobre los reales objetivos del mismo, el gobierno de Washington se apresuró a reconocer al gobierno provisional”, advirtió Carlos Frontera en Las relaciones argentino – norteamericanas 1943 – 1946 (2006).

Quizás haya influido que el nuevo canciller, el almirante Segundo Storni, “declaró que la República Argentina habría de unirse a los aliados. Las declaraciones del ministro fueron ratificadas mediante una carta dirigida al entonces vicepresidente de la República Oriental del Uruguay, que a la razón se desempeñaba como presidente del Comité de Defensa Política del Continente, con sede en la Ciudad de Montevideo”, consignó Frontera, añadiendo que “las manifestaciones del canciller argentino no contaron con el apoyo del GOU por el contrario, con fecha 17 de julio, mediante una “Noticia” dirigida a sus adherentes se expresaba: “Todo enrolado en la obra del GOU debe saber y sentir que nuestra neutralidad es el símbolo de la soberanía nacional ante presiones foráneas, y que ello no constituye ni una adhesión ni un repudio a ninguno a los bandos de lucha”.

Cartas intercambiadas entre Storni y Cordell Hull, divulgadas por la prensa local y estadounidense desacreditaron la posición argentina. Storni fue reemplazado por el coronel Alberto Gilbert. Sería improbable que el gobierno militar confiase en una victoria nazi: el golpe del 4 de junio de 1943 se produjo entre el triunfo Aliado en África del Norte y su desembarco en Sicilia, determinando que el Gran Consejo Fascista depusiese a Benito Mussolini y adhiriese, a través del mariscal Pietro Badoglio, a la causa aliada; mientras que los alemanes sufrían derrota tras derrota ante la contraofensiva soviética.

El mantenimiento de la neutralidad argentina fue, para el gran país del Norte, imperdonable.

Refirió Arturo Pellet Lastra en Los golpes de palacio en los gobiernos “de facto” (1943 – 1982) (2007) que: “todo estaba perdido para los neutralistas.” Por un lado, “el golpe de Estado (que) derrocó el 20 de diciembre al presidente constitucional de Bolivia, general Enrique Peñaranda e izó al poder – también como presidente – al mayor Gualberto Villaroel… El nuevo gobierno militar en Bolivia parecía estar ideológicamente emparentado con el régimen militar argentino y esto restalló súbitamente en las oficinas de Cordell Hull y Sumner Welles… Era más de lo que podían tolerar…”. A lo que se sumó un caso de espionaje, agregando Pellet Lastra que “habida cuenta de que la detención y documentación secuestrada al doble agente Osmar Hellmuth en la isla de Trinidad demostraba indubitablemente que el espionaje alemán estaba muy activo en la Argentina. Este incidente se hizo público en las ediciones de los diarios del 24 de enero de 1944.”

El espionaje de los países beligerantes en nuestras tierras fue notable. Buenos Aires fue un hervidero de espías británicos y alemanes, ya que los intereses económicos de la corona inglesa eran fuertes, aún más luego del Pacto Roca-Runciman. Ronald C. Newton en El cuarto lado del triángulo: La “amenaza nazi” en la Argentina 1931 – 1947 (1995) destacó: “Se trata del registro de una lucha entre los ingleses, los alemanes, los imperios informales estadounidenses (sic) y los intereses del Estado y Nación argentina. En los años ’30, tanto ingleses como argentinos responsables tomaron nota de que los nazis organizaban actividades dentro de la Argentina y de la ofensiva económica y propagandística del Tercer Reich; en los ’40, de las operaciones alemanas diplomáticas y del material de guerra clandestino; y los ingleses y los argentinos respondieron de modo más o menos apropiado a ellas. Sin embargo, la amenaza nazi no se convirtió en una obsesión para ellos. Se convirtió en obsesión sólo para la política exterior y el establishment de medios informativos estadounidenses… Entre 1942 y 1944, la Argentina fue la plataforma de inteligencia y material de guerra encubierto del Tercer Reich en el hemisferio occidental (hubo un desarrollo imprevisto e improvisado: el Brasil, que tendría que haber cumplido ducha función, jugó su suerte a los Aliados)… de todos modos la ecuanimidad ejercida por ingleses y argentinos ante estos desarrollos estaba justificada ampliamente, porque los alemanes habían cometido el más tonto de los errores estratégicos. Crear en el adversario la percepción de una amenaza sin tener los medios para convertirla en realidad”.

Si en el inicio de la IIGM el espionaje estaba concentrado en ingleses y alemanes, monitoreado por las autoridades locales, con datos que, además, dependiendo el caso, Londres y Berlín enviaban a partir de la entrada en los Estados Unidos al conflicto armado introdujo un nuevo protagonista. Actor, paradójicamente, casi de reparto en Buenos Aires pues, aunque existían intereses comerciales fuertes norteamericanos en el Río de la Plata, no se comparaban con el Servicio de Inteligencia Secreto (SIS, o mejor conocido como MI6) de Gran Bretaña, con larga tradición de operaciones en estas tierras desde épocas coloniales. Los Estados Unidos se valieron de informantes locales, contactos con empresarios y políticos de segunda línea, y hasta se permitieron “tercerizar” el “servicio” con la red de espionaje del Partido Nacionalista Vasco en el exilio, tras el triunfo de Franco en la guerra civil española, o con personajes como el republicano español Gustavo Durán, quien en 1945 estuvo estrechamente ligado al futuro embajador norteamericano S. Braden… ¡Temas estos últimos que darán para posteriores artículos!

Fue así que la insistencia norteamericana, valiéndose del caso Hellmuth, dio sus frutos: El 26 de enero se dictó el decreto n° 1.830 donde “vistas las comprobaciones efectuadas por la policía federal sobre la existencia de una vasta red de espionaje en perjuicio de países estrechamente vinculados a la República por tradicionales lazos de amistad, actividades que menoscaban la soberanía nacional… A partir de la fecha quedan rotas las relaciones diplomáticas actualmente existentes con los gobiernos de Alemania y Japón.”

Se suspenden el intercambio comercial con los países con los cuales se rompió relaciones, y se dispone el cese de las comunicaciones radiotelefónicas y radiotelegráficas. “El país ha recibido con profunda satisfacción el anuncio de ruptura de relaciones con las potencias del Eje”, tituló de forma exultante La Nación al día siguiente del decreto mencionado.

Los Estados Unidos apoyaron calurosamente la medida, mientras los neutralistas cargaron su enojo contra el general Ramírez, quien renunció a su cargo en favor del general Edelmiro J. Farrell, el GOU se autodisuelvió y una nueva figura, que había apoyado la ruptura con el Eje, cobró protagonismo: el coronel Juan Domingo Perón.

Al año, tras algunos altercados diplomáticos con el agonizante III Reich y la realización de la Conferencia Interamericana sobre Problemas de la Guerra y de la Paz en el palacio de Chapultepec, ciudad de México, se declaró formalmente la guerra al Eje el 27 de marzo de 1945. Recordar estos hechos, da una perspectiva histórica de la puja entre naciones, enmascarada en conceptos como “libertad”, “democracia” y “soberanía”, que esconde intereses, a veces, lejanos de la voluntad de los pueblos.

*Pablo A. Vázquez. Licenciado en Ciencia Política. Docente de la UCES. Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.