“De buenas intenciones está empedrado el camino del Infierno”

En unas PASO que fueron presentadas como un plebiscito de la gestión de Alberto Fernández, la sociedad argentina se expresó de manera taxativa. No viró hacia Juntos por el Cambio, sino que expresó un explícito voto castigo hacia el Gobierno Nacional y la mayoría de los Gobernadores e Intendentes que con él se referencian. Así el Frente de Todos perdió en 19 de las 24 provincias, incluida la de Buenos Aires, la “madre de todas las batallas”. A lo largo y ancho del país el oficialismo resignó millones de votos, en la peor elección del peronismo a lo largo de toda su historia.

En su Manual de Conducción Política Juan Domingo Perón sentenciaba: «En el arte de la conducción hay sólo una cosa cierta. Las empresas se juzgan por los éxitos, por sus resultados. Podríamos decir nosotros: ¡qué maravillosa conducción!, pero si fracasó, ¿de qué sirve? La conducción es un arte de ejecución simple: acierta el que gana y desacierta el que pierde. Y no hay otra cosa que hacer. La suprema elocuencia de la conducción está en que si es buena, resulta y si es mala, no resulta. Y es mala porque no resulta y es buena porque resulta. Juzgamos todo empíricamente, por sus resultados. Todas las demás consideraciones son inútiles.»

Si de acertar se trata, el Gobierno Nacional presenta un raquitismo conmovedor, lo que fue puntualizado en las punzantes declaraciones de la Vicepresidenta, Cristina Fernández, en el curso del último año. No sólo no le encontró el agujero al mate hasta ahora, sino que además una serie de acciones desafortunadas asociadas al presidente como el Vacunatorio Vip, el Olivosgate fueron explotadas por la oposición para generar el rechazo social.

A esto se sumó un andar vacilante en el Vicentingate o en la prometida Reforma Judicial, un inadecuado diseño comunicacional y el diseño de un gabinete en el que los funcionarios más cercanos al presidente se limitaron primordialmente a dar continuidad a las políticas del Gobierno de Mauricio Macri alegando el condicionamiento de las “relaciones de fuerza existentes” y así resignando impulsar las consignas que posibilitaron su victoria en 2019.

Alberto Fernández no perdió hoy. Viene perdiendo votos desde las PASO de 2019. Y cada una de sus intervenciones –y hasta de sus silencios- termina facturándole en contra. Seis meses de superávit fiscal en medio de la peor catástrofe social de la Argentina no parece ser el programa más adecuado para el frente popular si pretende mantener el respaldo de las mayorías argentinas.

Quedaba claro, antes de la jornada electoral que, en caso de obtenerse una victoria, esta sería del Frente de Todos, y que la derrota exclusivamente suya. Y aunque esto resulte un poco injusto -ya que no fue el único responsable-, es parte de los costos a pagar a cambio del ejercicio de la función presidencial.

Salvo en situaciones muy concretas –por ejemplo, el inicio de la pandemia- su gobierno tuvo muchas dificultades para comprender a la sociedad, sus demandas, sus anhelos, sus necesidades. Y en las ocasiones puntuales en las que acertó, no supo cómo capitalizarlo.

Lo mismo sucedió con el universo del Frente de Todos, donde, en lugar de estimular la participación y la revitalización de la dinámica interna, se suprimieron todos los canales de participación. Buena parte de quienes tuvieron un destacado desempeño en la obtención de la victoria de 2019 –gobernadores, intendentes, referentes y militantes de la mayoría de las agrupaciones- no sólo quedaron excluidos en el reparto de cargos, sino también de la renovación de autoridades del PJ o de la discusión sobre la composición de las listas electorales.

La oposición celebra una victoria sin esfuerzo, ya que no sumó demasiado en relación con la elección de 2019. Apenas un 0,3% de votos a nivel nacional. La bronca de amplios sectores sociales y la dilución de la figura presidencial y de las cualidades de autoridad que tradicionalmente han rodeado a los grandes liderazgos argentinos hicieron el resto.

Ese malestar social se expresó de tres maneras: una fuga pretendidamente anti-sistema con sesgo fascista-derechista, la confirmación de la mejor elección de la izquierda a lo largo de su historia moderna y un altísimo nivel de abstención electoral, que superó el 33% del electorado.

El Gobierno Nacional deberá impulsar un drástico giro de timón, no sólo para recomponer su desempeño electoral de cara a noviembre, sino para para garantizar cierta gobernabilidad en los dos años de gestión que le restarán a partir de entonces. No alcanza con mejorar los cómputos electorales. Es necesario sentar las bases para la reconstrucción argentina.

Un giro drástico en la puja distributiva, el fortalecimiento de la capacidad de compra de los salarios, el impulso de la producción, la generación de empleo real, la ampliación de las instancias de decisión incluyendo a gobernadores, sindicalistas, agrupaciones y la militancia, para definir un programa que permita hacer realidad el “vamos a volver” que ahora parece archivado, son sólo algunos de los frentes que deberá privilegiar la acción oficial para recomponer su imagen ante la sociedad.

Las PASO de este domingo deberían ser un punto de inflexión para el Gobierno del Frente de Todos. Hasta ahora, las PASO fueron un plebiscito en su contra, pero aún se está a tiempo de revertir esa sentencia social y avanzar en el rumbo correcto: aquél para el que fue votado. Más democracia interna, más participación, más políticas de reactivación, mayor intervención y justicia social en el reparto de la riqueza son las claves de la reconstrucción. 

La sabiduría popular asegura que “De buenas intenciones está empedrado el camino del Infierno.” Es hora de actuar con decisión y de ejercer el poder, evitando que continúe diluyéndose. “Res non verba” o “Facta non verba” (“Hechos, no palabras”), tal como sostenían los antiguos romanos.

El pueblo se expresó. ¿Será interpretado adecuadamente?