De los sótanos de la democracia a una Navidad sin presos políticos

En su primer año de gobierno Alberto Fernández ensayó llevar adelante lo que fue su principal eje de campaña: convocar al diálogo a Todos los sectores de la economía para poner de pie a la Argentina.

El otro gran desafío que planteó en campaña, y que fuera firmemente reiterado ante la Asamblea Legislativa en la apertura de sesiones el 1 de marzo, estaba destinado a promover una reforma judicial que terminara con la connivencia del gobierno de Mauricio Macri con el Poder Judicial y el fuero federal en especial. También planteó la imperiosa necesidad de terminar con lo que denominó “los sótanos de la democracia” en una clara alusión a los servicios de inteligencia y su relación, nuevamente, con parte del Poder Judicial y la política.

Con respecto al primer objetivo, con el transcurrir de los meses, aun cuando la pandemia comenzaba a golpear duro en la caída de la economía, el empleo y el poder adquisitivo, las convocatorias a acuerdos con los sectores de mayor peso y representatividad de la actividad económica y productiva no sólo no prosperaron sino, por el contrario, en cuanto pudieron actuaron en pos de beneficios sectoriales. Como única respuesta y condición pusieron sobre la mesa, como siempre, una reducción impositiva y una reforma laboral. No es sólo del FMI de donde provienen las recetas de ajuste, sino del propio empresariado local.

En definitiva, todas las medidas importantes que sirvieron para capear el impacto de las dos pandemias, la del gobierno de Cambiemos y del Covid-19, fueron llevadas adelante por el Ejecutivo sin que mediara acuerdo con los sectores dominantes de la economía.

Con respecto a avanzar en el ámbito de la Justicia, el gobierno promovió un proyecto de reforma judicial a través de la conformación de un consejo consultivo, plural en su conformación, que brindara propuestas para emprender un camino de reparación al daño causado por la matriz judicial y mediática que diera lugar a lo que hoy se denomina lawfare o, en castellano, la arquitectura de poder que conforma parte del Poder Judicial, los grandes grupos mediáticos y la derecha representada por la alianza de Juntos por el Cambio. En un año nada ha cambiado, entre consejos consultivos y discusiones mediáticas, el 2020 transcurrió y culmina con la consigna de una “Navidad sin presos políticos”, tal como lo fue durante los cuatro años del gobierno macrista.

Estos ejemplos sobre el primer año de gobierno arrojan muchas conclusiones, también preocupaciones y, seguramente aprendizajes, relevantes a tener en cuenta para los próximos años de gobierno.

La primera de ellas es la de haber transitado su primer año como presidente de la Nación; experiencia seguramente diferente a lo imaginado, no solo por la tremenda crisis heredada del macrismo sumado al inesperada pandemia, sino por el propio ejercicio de poder, tan distinto al de jefe de Gabinete de un gobierno como el de Néstor Kirchner.

En segundo lugar, y también por primera vez, experimentar en carne propia cómo es tener de opositores a quienes desde julio de 2008 y por los diez años siguientes lo acompañaron en su papel de franco opositor a los dos gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner. Durante todos esos años, Alberto no supo lo que era y es gobernar teniendo enfrente al Grupo Clarín, a la AEA, a parte de la CGT, al sistema financiero, fondos especulativos y buitres, y a un complejo agroexportador reticente a liquidar dólares y presionar por devaluaciones.

En todos esos largos años Alberto nunca fue blanco de embestidas, descalificaciones y operaciones como las recibidas contra la actual vicepresidenta y su propia familia, colaboradores cercanos, miembros de gabinete, y hasta el mismo exvicepresidente Amado Boudou. Incluso, en muchos casos, coincidió con las acusaciones de corrupción impartidas por el aparato judicial y mediático.

Alberto fue también parte de ese elenco opositor que reclamaba mayor apertura y más diálogo. Cercano, y en muchos casos coincidiendo, con los grandes grupos mediáticos y económicos que enfrentaron al gobierno de CFK, confió en que la actitud obstinada y cerrada de Cristina era el único obstáculo para poder acordar y negociar, con esos sectores, acuerdos y políticas de largo aliento que permitirían una convivencia más accesible con los sectores del poder económico. Alberto creyó durante esos años, como muchos compañeros y compañeras críticos de CFK, que el problema era ella, su conducción, su personalidad, sus modos, sus decisiones inconsultas y su reticencia al diálogo. Alberto confió, en base a esas coincidencias frente a CFK, que lo esperaría un escenario más proclive al diálogo con muchos de esos actores con quienes compartió y estableció lazos de gran cercanía.

El triunfo electoral que llevó a Alberto Fernández a la presidencia conlleva, ante todo, una clara demanda de reparación. Reparación del daño causado por el macrismo en sus cuatro años de gobierno, de descalabro social, económico y productivo y, también, una demanda de reparación que ponga fin a la estructura sobre la que se monta y funciona la maquinaria del lawfare. Es desde allí donde se podrán establecer reglas de juego claras para todos, garantizando el funcionamiento pleno del Estado de Derecho.

En cuanto a las condiciones para establecer acuerdos que pongan de pie al país y permitan encender nuevamente la economía, habrá que también despejar del Poder Judicial a quienes sólo representan la defensa de intereses sectoriales por todos conocidos. La convocatoria a próximos acuerdos económicos y sociales será factible de alcanzar y llegar a buen puerto si se reparan esos obstáculos y entramados espurios que fueron creados para sostener un modelo de país cada vez más desigual e injusto. Y, fundamentalmente, si se convoca con realismo a quienes estén dispuestos a someterse a la imperiosa necesidad de contribuir a la reparación de la Nación. No es sólo cuestión de buenos modales, ni de señales amistosas. Quedan tres años de gobierno y mucho por hacer. No hay tiempo que perder.

Y porque este 2020 sea el último año en que exijamos tener una Navidad sin presos políticos.