EEUU y Rusia frente a frente en Ucrania

El conflicto en Ucrania adquiere unas dimensiones tales que podría enfrentar a EEUU y a Rusia de manera directa por primera vez en la historia

Por Marcelo Ramírez*

Los deseos de muchos sectores progresistas y de este neomarxismo que inunda los medios como alternativa a un liberalismo/libertarismo/neoliberalismo ha festejado la llegada al poder en los EEUU de una banda de psicópatas muy peligrosos cuyas intenciones son escalofriantes pero ignoradas por la gran prensa y, como todos sabemos, lo que no se ve, no existe.

Vamos a centrarnos en la política exterior del actual presidente Joe Biden, o quien sea que realmente esté a cargo, para poder ver lo equivocadas que fueron esas visiones un tanto infantiles que mostraban al presidente anterior como un loco peligroso que arrastraba al mundo a la guerra, desconociendo que, en líneas generales, veíamos un reflujo de la agresividad estadounidense en el exterior.

En menos de 90 días hemos visto recrudecer con una aspereza inusitada una política de hostigamiento a sus enemigos de siempre, China y Rusia, pero con un especial énfasis en este último. 

Rusia nunca ha sido bien vista por el poder anglosajón predominante en los últimos siglos. Como dicen los sectores rusos euroasiáticos, esa guerra es civilizatoria y excede a las ideologías vigentes en cada época, y es una guerra inconclusa, que con intermitencias sube y baja de intensidad según las épocas. Pero nunca desaparece.

Estos sectores rusos, hoy a cargo de la reconstrucción de su país, entienden que esta no es una guerra buscada por Rusia, sino que es fruto de la ambición del Imperio Británico por acceder a los inmensos recursos de su país y eliminarlo como un desafío geopolítico, una ambición que los lleva a una guerra por la mera supervivencia.

Los hechos son conocidos. Luego del fin de la Guerra Fría se produjo una expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas, desconociendo los acuerdos con Gorbachov que cedieron la República Democrática de Alemania a cambio de permitir la neutralidad de ese país y el resto de Europa Oriental.

La OTAN durante estas décadas avanzó sin pausa incorporando las naciones que integraban el Pacto de Varsovia, la alianza del campo socialista, e inclusive sumó a algunas de las exrepúblicas soviéticas como las de Estonia, Letonia y Lituania.

La Federación de Rusia asimiló ese cambio y a partir de la llegada de Putin comenzó una reorganización política y económica para evitar la desaparición rusa, cambiando el enfoque de la organización militar soviética basada en grandes masas de hombres y equipos insostenible en la actualidad hacia otra estructura basada en unidades pequeñas y altamente tecnológicas (aunque esta readecuación militar será motivo de otro análisis detallado, hoy es necesaria una mención básica para que se pueda comprender cuál es el actual posicionamiento).

Esa actitud cautelosa de Rusia fue quebrada en el 2014 cuando consideró a Siria como una zona estratégica que constituía una línea roja que no podía permitirse ceder, porque de caer Siria las consecuencias directas serían una nueva Guerra en el Cáucaso ruso debido a la población musulmana que el mundo anglosajón iba a buscar desestabilizar. Siria entonces debería ser la barrera que no podía traspasarse, y esa fue la causa más importante por la cual Rusia se involucró en la guerra actual.

Sin embargo, el poderío de la OTAN le permite abrir varios frentes simultáneos buscando el desgaste ruso, cuyos recursos económicos son muy inferiores a los del mundo controlado por el poder anglosajón que hoy podemos intuir debajo del velo del globalismo financiero que controla buena parte del planeta.

La OTAN buscó entonces presionar en el Báltico amenazando el enclave ruso de Kaliningrado, pero encontró una firme respuesta rusa. El Ártico también fue un objetivo, pero parece muy ilusorio si se tiene en cuenta que Rusia ha desarrollado una flota con más de 40 rompehielos de última generación (o modernizados) y tiene una amplia experiencia en equipamiento militar para condiciones tan hostiles. 

Bielorrusia últimamente fue otro blanco de la OTAN, buscando la desestabilización del líder Lukashenko, quien nunca fue considerado como pro ruso. Sin embargo, las políticas de la OTAN carecen de la sutileza necesaria para entender estos detalles, y apela a medidas que no dan muchas opciones cuando intenta generar una nueva Revolución de Color, intento que fue rápidamente controlado por un Lukashenko respaldado por el Kremlin.

Tanto ha sido el error de apreciación que como consecuencia directa se está reflotando un viejo proyecto de reunificación entre Rusia y Bielorrusia. La respuesta del bloque occidental fue la conformación del Triángulo de Lublin donde Polonia intenta accionar contra Bielorrusia junto con Estonia y Lituania, estableciéndose otro punto de tensión.

Pero todas estas acciones, que con la llegada de Biden tomaron más fuerza, empalidecen ante lo que es realmente el objetivo que parece haber elegido la OTAN para buscar amenazar a Rusia.

Recordemos que todos los escenarios mencionados son en las fronteras rusas, por lo que a este país ya no le queda margen para retroceder y aceptar las pérdidas de zonas de influencia. La OTAN ya está en las fronteras y se ha transformado en una amenaza concreta: ya no hay naciones que sirvan de colchón, y el enfrentamiento puede ser directo.

Durante la Guerra Fría los campos de batallas entre ambos bloques eran de guerras proxys, guerras donde ambos participaban pero no se enfrentaban directamente y eso era la salvaguarda para que no se produjera una escalada militar que terminara en una guerra nuclear que destruiría ambos poderes y a buena parte del mundo con ello.

Hoy la OTAN, es decir, el añejo poder anglosajón que muda de ropas según la ocasión pero que mantienen su esencia, ya ha llegado al límite tolerable por Rusia, y el enfrentamiento puede ser directo por primera vez, con todo el riesgo que eso entraña.

La región elegida es Ucrania, un país cuya identidad es indisoluble con la rusa debido a que sus orígenes en el siglo X son los mismos en la Rus de Kiev, y que hasta el siglo XX no fue una nación independiente sino un área de disputa entre los distintos imperios de turno, desde mongoles hasta otomanos, pasando también por rusos.

Los ucranianos son eslavos, y si bien son católicos en su mayoría a diferencia de los ortodoxos rusos, sus lazos económicos, culturales e históricos son tan fuertes que en definitiva son pueblos hermanos.

El enfrentamiento entre Ucrania y Rusia hoy, que puede ser el inicio de una guerra de alcance realmente global, tiene raíces en las diferencias surgidas a partir del nazismo y los sectores ucranianos cercanos a él como los liderados por Stepan Bandera, hoy reivindicado por los sectores que controlan Ucrania.

Los rusos los derrotaron durante la guerra, pero han resurgido con fuerza gracias al apoyo de la OTAN para desestabilizar esta zona más que sensible para Rusia. Los hechos más recientes y que se relacionan directamente con los sucesos actuales comienzan con el levantamiento y desalojo del poder del líder pro ruso Viktor Yanuchovich en lo que se conoció posteriormente como el Euromaidán, basado en la idea de que Ucrania iba a ser incorporada a la UE y a la OTAN.

En Ucrania existe una zona donde sus habitantes son mayoritariamente rusoparlantes, conocida como Donbass, que ante la llegada al poder de estos sectores ucranianos ideológicamente cercanos a los que apoyaron al nazismo y que tomaron medidas como imponer el ucraniano como única lengua y prohibir el ruso, comenzó una resistencia que derivó en hechos cada vez más violentos que tuvieron dos consecuencias directas: la pérdida del control territorial por parte de Ucrania de ese sector, donde se autoproclamaron dos repúblicas, las de Donetsk y la de Lugansk; y la reincorporación de la Península de Crimea a Rusia mediante un plebiscito.

Crimea era la sede de la Armada Rusa desde 1793. Sebastopol es una base crucial para Rusia porque le permite controlar el Mar Negro y desde allí tener una salida hacia mares cálidos como el Mediterráneo. Además, las fronteras de Ucrania están a unos 500 km de Moscú, lo cual si cae en manos enemigas significa que un ataque directo sobre la capital es posible con las consecuencias imaginables.

A efectos de no extender demasiado esta nota no vamos a analizar las razones históricas de pertenencia de Crimea a Rusia, sino que nos vamos a enfocar en los sucesos actuales que son extremadamente graves.

Ucrania ha venido preparando sus fuerzas armadas para invadir el Donbass, en donde viven 250 mil ciudadanos rusos, durante un año. En los últimos meses se reportaron traslados de tropas y equipos pesados a la frontera entre la zona controlada por Ucrania y la de los sectores pro rusos.

El ataque inicial que debería permitirle el control de esa región se programó para el 15 de marzo de este año, en coincidencia con las maniobras militares que la OTAN realizaba en esa fecha en el Mar Negro y que debería servir como apoyo a las acciones militares y como advertencia a Rusia de la decisión de actuar si interviene. Los comienzos de las acciones militares fueron de ataques al Donbass con bombardeos e instalación de puestos militares de avanzada ucranianos para comenzar la invasión.

La respuesta fue contundente: las fuerzas de las dos Repúblicas actuaron y eliminaron esos puestos utilizando un arma no revelada pero que causó pánico en las filas del ejército ucraniano, que se negó a avanzar y debió ser retirado del frente para ser reemplazado por nuevos reclutas pertenecientes al Sector Derecho y a otros grupos aliados. La ofensiva debió entonces ser reprogramada.

Rusia tomó nota y envió equipos de guerra electrónica que impiden el funcionamiento de los equipos militares y sus comunicaciones, comenzando un desplazamiento de tropas, tanques y artillería autopropulsada hacia las fronteras con Ucrania.

Bielorrusia también desplazó fuerzas propias a la frontera con Ucrania y permitió que Rusia también desplazará las suyas. Rusia advirtió a Ucrania que iba a intervenir si se producía el ataque al Donbass porque eso afectaría a ciudadanos rusos.

Previamente, y en principio a causa de las sequías que dañan el sector agrícola ucraniano que aporta el 10% del PIB nacional, Ucrania comenzó a impedir que Crimea reciba agua potable bloqueando el flujo de la misma a través del canal que conecta el río Dniéper con Crimea, ocasionando una merma del agua potable en un 85%. Esto fue respondido por Rusia con la construcción de plantas desalinizadoras, plantas que Ucrania amenazó con impedir que sean realizadas demostrando que la intención final es otra a la anunciada. Asimismo, podemos recordar que militares de Ucrania amenazaron con bombardear y destruir el puente que Rusia construyó para unir Crimea con su territorio.

Como vemos, la situación no era nueva y se estaba tensando, situación que escala cuando  el presidente Zelensky firmó el decreto del 25 de marzo de este año, donde declara que su país tiene como objetivo poner fin a la ocupación ilegal de Rusia haciendo referencia a Crimea, declarando su intención de sumarse a la OTAN y calificando a Moscú como la principal amenaza para la seguridad y la integridad territorial del Estado; asimismo lo señala como un adversario militar de Ucrania y lo acusa de desatar una guerra híbrida contra Kiev. Una virtual declaración de guerra contra Rusia, que acompañó con pedidos de asistencia militar a EEUU y al Reino Unido. 

El viernes 2 de abril, Dmytro Kuleba, ministro ucraniano de Asuntos Exteriores, conversó con el secretario británico de Relaciones Exteriores, Dominic Raab, quien dijo que su país estaba “muy preocupado por la actividad militar rusa que amenaza a Ucrania” y que el Reino Unido apoyaba “la soberanía e integridad territorial” de los ucranianos.

El secretario de Estado de EEUU, Antony Blinken, también tuvo una conversación telefónica el 1º de abril con Kuleba y reafirmó “el inquebrantable apoyo” de Washington a la soberanía y la integridad territorial de Ucrania, calificando de “agresión” de Rusia a Ucrania por el Donbass.

Lloyd Austin prometió que EEUU “no dejará sola a Ucrania” en el supuesto de “una escalada de la agresión rusa”. El nuevo Secretario de Defensa de EEUU y exCEO de Raytheon, Austin, comprometió su apoyo militar y comenzó a enviar equipos blindados a Ucrania, poniendo en alerta a la OTAN ante una “crisis inminente”, el mayor grado de contemplación. 

Todo esto sucede mientras aún resuenan las palabras de Biden tildando de asesino a Putin, y las del general estadounidense, excomandante de las fuerzas de la OTAN en Europa, Ben Hodges, quien se ha manifestado diciendo que Rusia quiere aislar completamente a Ucrania del Mar Negro, apoderándose de Berdyansk y Mariupol.

Ucrania no ha tenido la misma suerte con Alemania. Sus conversaciones con Heiko Maas, ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, solo consiguieron declaraciones de compromiso apoyando los llamados a la paz. Eso tiene una explicación y es el trasfondo de la disputa por el gasoducto Nord Stream II que necesita Alemania para obtener energía barata de Rusia y que EEUU está saboteando.

En ese sentido es muy interesante observar las palabras del vicepresidente de la Conferencia de Seguridad de Múnich, Boris Ruge, quién dijo que EEUU y los aliados europeos deben enviar un mensaje claro a Moscú: “Si Rusia escala tendrá que pagar un precio y podría haber consecuencias para el Nord Stream II”.

Rusia también manifiesta mucha decisión. Dmitri Peskov, vocero de Putin, ha advertido contra las constantes provocaciones de la parte ucraniana, explicando que, debido a las acciones llevadas a cabo, “semejante escenario implicaría un incremento de la tensión cerca de las fronteras de Rusia que, por supuesto, tendría que tomar medidas adicionales para garantizar la seguridad”.

*Marcelo Ramírez es analista geopolítico y Director de Contenidos en AsiaTV