El camino hacia un octubre recargado

Por Francisco Balázs*

Mucho se ha dicho y discutido sobre los modos, tonos y estilos de conducción de Alberto Fernández en el ejercicio de la presidencia, sobre todo como contrapartida al de Cristina Fernández de Kirchner entre 2007 y 2015. Entre otras, esas fueron una de las cualidades que la misma Cristina reconoció al elegirlo candidato en 2019. Alberto es un hombre de diálogo, moderado en su tono, y convencido de la necesidad de alcanzar consensos, armar mesas de acuerdo, y arribar a un pacto social.

Esta reconocida cualidad, de la que el mismo Alberto hizo claras y concretas demostraciones en lo que va de su presidencia, más allá de la receptividad o rechazo que viene cosechando, ha sido y es objeto de diferentes interpelaciones. No sólo por los tiempos que corren y le tocaron como presidente, tanto por la magnitud de la crisis generada primero por la pandemia del macrismo y desde hace un año por el Covid 19, como, fundamentalmente, por la violenta e inaudita oposición que registra un gobierno democrático desde 1983 a esta parte.

La interpelación al estilo de Alberto no es superficial, ni obedece a un arranque propio de estudiantina que pretende revivir jornadas de épica y valor como en los años kirchneristas. La pregunta es si esa cualidad puede ser considerada como una estrategia eficaz para confrontar con una oposición que no sólo no se aviene a ningún tipo de acuerdo, o siquiera una tregua en medio de la actual crisis, sino que tampoco cederá en el uso de la violencia política y con certeza lo irá incrementando con vistas a las elecciones de octubre.

Así como en 2015 hubo una subestimación de la conformación de la Alianza Cambiemos en sus posibilidades de llegar al gobierno y, aun más, que en ese lejano e hipotético caso no se atreverían a tocar o modificar las conquistas y derechos consagrados durante los 12 años de gobiernos kirchneristas, no se puede ahora subestimar la estrategia de Juntos por el Cambio, violenta y negacionista de los estragos causados por su propio gobierno ni de asumir la derrota que padecieron en 2019.

La demanda de moderación es una sobreactuación histórica y pretendidamente impuesta a los gobiernos populares por las variopintas oposiciones de todos los tiempos. No es un valor por sí mismo para ellos, mucho menos cuando son gobierno; es una estrategia de condicionamiento para no traspasar límites que disputen intereses y posiciones de privilegio. No son las formas sino el fondo.

Ante esta oposición abroquelada, -sin fisuras internas más allá de disputas que no ponen en juego su base electoral sin importar demasiado quien resulte candidato-, que está dispuesta a bolsonarizarse (perdón por el exceso semántico) y que además contará con el apoyo de sectores que militan el despecho y la marginalidad doctrinaria justicialista, no puede soslayarse una amenaza, esto es, aquella que implica para la estabilidad democrática y para un gobierno nacional y popular.

Llegando las elecciones de octubre el gobierno podrá, seguramente, contar con auspiciosos datos de mejora en la actividad económica, de aumento de la capacidad instalada, de recuperación de puestos de trabajo en sectores como la construcción y el comercio, y en mejoras en el poder adquisitivo de los sectores medios a partir de medidas como la suba del mínimo imponible del impuesto a las ganancias. Para que estas variables sean posibles de mostrar de manera virtuosa, resultará clave llegar a octubre de manera electoralmente competitiva dando muestra de una inflación controlada hacia la baja. También, para el mes de octubre, habrá sido vacunada una gran parte de la población reduciendo al menos el nivel de circulación del Covid. El panorama debiera ser mejor que este duro presente.

Sin embargo, puede que estos datos, positivos sin duda, no sean suficientes para obtener un claro triunfo electoral si no son acompañados de una firme acción política que, sin caer en provocaciones, pueda recuperar la centralidad del debate político y confronte con una oposición a la que no se le debe tolerar la violencia con la que actúa, cada vez con mayor impunidad e irresponsabilidad. Subestimar a un adversario temerario puede resultar tan gravoso como sobrestimar las capacidades y cualidades propias.

Es también materia de conducción que conjugue el diálogo sin temer que el debate pueda tornarse áspero dentro de los límites y dinámica de la vida democrática. No caben dudas que el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner dispone de la capacidad para llevar adelante los enormes desafíos que esta dramática hora impone. Sin ir más lejos, el próximo será triunfar en las elecciones de octubre. A partir de un triunfo claro, disponer de mayorías en ambas cámaras permitirá llevar adelante una agenda que recupere el sendero de crecimiento e inclusión que la pandemia puso en suspenso.
Ante todo escenario, octubre debe quedar en manos del gobierno.

*Periodista. Ex editor de Miradas al Sur y columnista de Tiempo Argentino.