El Che Guevara: enfermero de YPF en el buque “Presidente Perón”

Los caminos del Che son insondables. Cada anécdota muestra facetas desconocidas y actitudes que nos acercan, independientemente si uno coincide o no con su derrotero ideológico, más al hombre por sobre el mito.

Corría 1950, cuando el joven asmático, fanático del rugby y aspirante a médico, Ernesto Guevara de la Serna, se enamoró de la cordobesa María del Carmen Ferreyra, alias “Chichina”. Relación a la lejanía que se mantuvo epistolarmente, al tiempo que él insistía con su sueño de recorrer nuestro continente.

En el Año del Libertador San Martín, a Ernestito se le dio por viajar en motocicleta, más bien en una bicicleta a la que anexa un motor, promocionando su viaje con el taller que realizó la mejora técnica y publicitada en la revista El Gráfico, con carta del propio Guevara ponderando el recorrido con su rodado.

Entre el deporte, su viajes y romances breves se le sumaban lecturas desordenadas, desde José Ingenieros y Aníbal Ponce a Freud y Marx, profundizados por encuentros con su amiga Tita Infante, militante comunista que le da una perspectiva más completa del fenómeno marxista

En el medio está el peronismo, que gobierna la Argentina en esos años, y por el que “Chancho”, apodo de Guevara ganado por ser “negligente al vestirse”, no le será indiferente. Fue cierto, lo afirmó su familia y él mismo, que eran antiperonistas “viscerales”. Ernesto Guevara padre, en Mi hijo el Che (1981) lo confirma: “Gobernaba entonces la Argentina el general Perón. Yo era contrario a él, lo mismo que mi mujer y muchas personas de las que frecuentaban mi casa. Las discusiones se hacían violentas y a veces la gente en la calle se paraba para oírlas”.

Sin embargo, no fue impedimento para que, gracias al padre, que mueve algunas influencias, el joven estudiante pudiese conseguir un certificado de enfermero.

Según Pacho O’ Donnell, en Che: la vida por un mundo mejor (2003), refirió que: “Entre febrero y junio de 1951, agobiado por la estrechez económica y también para poner distancia con un clima hogareño irrespirable por los conflictos entre sus padres, que habían decidido otra vez separarse, Ernesto busca trabajo en la marina mercante y es contratado en los buques Anna G, Florentino Ameghino y General San Martín, en los que cumplirá funciones de enfermero. Viajará desde la gélida Patagonia argentina hasta el tórrido Caribe de Trinidad y Tobago, recorriendo también las costas de Brasil, Venezuela y Curazao”.

La matrícula profesional, fechada el 22 de diciembre de 1950, le permitió conseguir trabajo en la Flota Argentina de Navegación de Ultramar (FANU), antecedente de la ELMA. Al tiempo tuvo su primera suplencia en el buque carguero Anna G. embarcándose el 9 de febrero de 1951.

En dicho viaje conocerá las costas de Comodoro Rivadavia y puertos del Brasil, como Curacao, Guyana Británica (como se nominaba en aquellos años), Venezuela y Trinidad Tobago.

Según Lois Pérez Leira: “Ernesto se aburría esperando atender a algún tripulante que podía padecer algún trastorno leve. En la mayoría de los casos se acercaban a la enfermería para solicitar algún analgésico para los dolores de cabeza, también eran comunes alguna que otra descomposturas o mareos sin mayor trascendencia. Aunque según se cuenta en alta mar realizó una apendicetomía con un cuchillo de cocina, porque el único bisturí de abordo había sido utilizado en una pelea a cuchillo y embargado luego como prueba judicial”.

De vuelta en Buenos Aires tuvo una nueva suplencia en el buque tanque General San Martín, embarcándose el 9 de mayo de 1951, bajo las órdenes de Yacimiento Petrolíferos Fiscales (YPF). Viajó entre Buenos Aires, San Lorenzo (Santa Fe), Trinidad y Venezuela (Puerto de Caripito).

El 13 de junio a las 13:25hs., citando nuevamente a Pérez Leira, “vuelve a entrar en Buenos Aires procedente de Trinidad y con carga completa. El buque, realizaba un ‘Triángulo’ entre Buenos Aires, San Lorenzo (Santa Fe) y el puerto petrolero de Point-a-Pierre, en la Isla de Trinidad.” Al tiempo se embarcó en otros buques tanques, primero en el San José, construido para el armador griego Aristóteles Onassis, y en el Presidente Perón, luego renombrado por “la Fusiladora” como General Las Heras

Agregó Pacho, al igual que Leira, que “el tiempo muerto, que abunda, lo aprovechará para estudiar las materias médicas que luego rendirá como libre, causa de que sus notas nunca sean destacables. Luego, aburrido del estudio y convocado por el espíritu nómada, vendría el tiempo de planear otro viaje”.

Jorge Castañeda, en La vida en rojo: una biografía del Che Guevara (1997), aportó otra mirada a lo sostenido por O’ Donnell y Leira, al incorporar en su libro un escrito de Guevara de La Serna. Efectivamente rescató “un texto del Che – intitulado Angustia – que permaneció inédito hasta 1992, da fe de la obsesión del muchacho, desde una temprana edad, con el tema del título. Lo redactó en plena navegación por el Caribe-escribiría diarios de viaje hasta el último de sus días- como enfermero de la marina mercante argentina: “Pero esta vez el mar es mi salvación, pasan las horas y los días; ella, la angustia, me muerde constantemente, invadió mi garganta, mi pecho, encoge mi estómago, me atenaza las entrañas. Ya no me gustan las auroras, no me interesa saber que cuadrante sopla el viento, no calculo la altura de las olas, se me aflojan los nervios, s eme nubla la vista, se agria el carácter”.

Su incursión como empleado de la marina mercante argentina y de YPF terminó cuando emprendió a fines de 1951, con su amigo Alberto Granados, su legendario viaje en motocicleta por la “Mayúscula América”, quizás lo que anhelaba secretamente y que dejaba entrever en su texto íntimo. Y será en el sur del continente, donde sus primeras incursiones en Bolivia con su amigo Alberto Granados, según su diario personal rescatado por su padre, lo hacen ver otra realidad. Afirmó: “Para esta gente sencilla, ante la que Alberto esgrimió su título de doctor, éramos una especie de semidioses. Semidioses venidos nada menos que de la Argentina, el maravillosos país donde está Perón y su mujer, Evita, donde todos los pobres tiene las mismas cosas que los ricos, y no se explota al pobre indio, ni se lo trata con la dureza con que se lo hace en estas tierras”. Y agregó que “en un alto de los tantos que hicimos en el camino, un indio se acercó todo tímido hasta nosotros acompañado de su hijo, que hablaba bien el castellano, y empezó a hacernos preguntas de la maravillosa tierra de Perón… el hombre nos hizo pedir por el hijo un ejemplar de la constitución argentina con la declaración de los derechos de la ancianidad, lo que le prometimos con singular entusiasmo. Cuando seguimos el viaje, el indio viejo sacó de entre sus ropas un choclo muy apetitoso y nos lo ofreció. Rápidamente dimos cuenta de él con democrática división de granos para cada uno”.

Empezaba a desdibujarse el aventurero del patriciado argentino, que hasta se dio el lujo de cursar el Atlántico con un navío con el nombre del líder del justicialismo, para perfilarse el Che. También iban aflorando las contradicciones entre los prejuicios de clase que tenía él y su entorno sobre el peronismo, y las impresiones que iba teniendo al comprobar que los humildes del continente veían al movimiento político de Perón y Evita con otros ojos, con una comprensión más profunda que la del anteriormente despreocupado argentino amante del rugby, que luego sería símbolo de lucha universal.

* Pablo A. Vázquez. Lic. en Ciencia Política. Miembro de Número de los Institutos Nacionales Newberiano, Eva Perón y Juan Manuel de Rosas.