El contagioso virus de la xenofobia

En El alma buena de Sezuan, Bertolt Brecht (1898-1956) parece expresarnos que la implantación de justicia terrena sólo es posible mediante la adopción e incorporación de los móviles y resortes del mal y la injusticia que se pretende combatir. Tres dioses, en su intento de indagar cómo anda el mundo, buscan hospitalidad y alojamiento entre los pobladores de la aldea que da cuenta el título. Sólo la buena prostituta Shen Te les ofrece cobijo. Por su acción desinteresada recibe, como premio, una buena suma de dinero que le permitirá abandonar su profesión y abrir una tabaquería. Su progreso es tan rápido, que su repentina prosperidad no pasa desapercibida. La “gente” -una horda de malhechores, parásitos, mendigos y lúmpenes-, ávida de capital y ansiosa por dar rienda suelta a la humana tendencia de explotar al prójimo, no tarda en esquilmar a la mujer de alma noble. Como bien señala el crítico español Javier Villán, “se trata de una historia sobre la dialéctica entre el bien y el mal. La certeza de la teoría marxista de que, al final, ha de prevalecer el bien no está del todo clara en este texto de Brecht. Más que la promesa de un mundo paradisíaco, nos muestra las dificultades de vivir justamente en un mundo lleno de injusticias”. El autor, tratando de resolver la casi insalvable contradicción, echa mano al recurso del desdoblamiento, al misterio de la máscara. Shen Te troca en Shui Ta, un hombre pragmático y eficiente. Doble faz, doble moral, doble discurso. Una suerte de Jano en un paisaje del Lejano Oriente. “Consecuencia: es imposible mantenerse puro entre rufianes, la inocencia es un lastre”, dice Villán. La buena persona de Sezuan, como también se conoce esta pieza de teatro épico, no es una obra doctrinaria. Es dialéctica y didáctica. Es profunda y esencialmente brechtiana. Repasemos: la protagonista es continuamente timada en su buena fe. Shui Ta -ella misma transfigurada en su primo- trata de remediar el mal que le acarrean sus actos nobles. Shen Te se enamora de Sun, quien no tarda en develar otro rostro: su único interés consiste en obtener dinero para trasladarse a Pekín persiguiendo su sueño de convertirse en aviador. No obstante celebran su boda. Embarazada y dispuesta a ocultarse tras su disfraz, sigue prosperando: la tienda de tabaco deviene en tabacalera exitosa. Shui Ta acaba confesando su verdadera identidad. Los dioses vuelven al cielo. En suma, una “obra de raro equilibrio, de una extraña perfección y, con frecuencia, de una insolente paradoja: bondad y maldad, prostitución y traje de novia, dioses comprensivos y hombres malvados”.

La sinofobia y sentimiento antiasiático liberados por la pandemia de Covid-19 representan un alarmante crecimiento del combo prejuicio-racismo-xenofobia, especialmente en Occidente. El estigma se exacerbó a partir de la viralización de un video en las redes sociales. Presentado como evidencia de hábitos alimentarios chinos “repugnantes”- aunque había sido producido tres años  antes de la propagación del virus en Palaos, un pequeño país en el Océano Pacífico-, mostraba a una mujer consumiendo con asco una sopa de murciélago. Las fake news, como por arte de magia, convertían a la nación insular en Wuhan, mintiendo, además, acerca de supuestas bandadas de cuervos que sobrevolaban el cielo de la ciudad china. A medida que la epidemia iba creciendo y expandiéndose globalmente, los incidentes, desprecios, ataques físicos y verbales dirigidos a la diáspora china radicada en diferentes partes del globo se propagaba peligrosamente. En su último discurso ante la Asamblea de la Organización de Naciones Unidas (ONU), el mandatario estadounidense Donald Trump declaró que el mundo se encontraba librando “una gran batalla contra un enemigo invisible: el virus chino”. En su nada sutil verborragia y utilizando el viejo y eficaz truco del chivo expiatorio, continuaba fogoneando la disputa hegemónica entre su país y el gigante asiático: “Debemos responsabilizar al país que desató la pandemia en el mundo, China”. Sentencia que, funcionando como dedo índice, habilitaba la reproducción del estallido extendido de semejante frenesí chinófobo. Nuestro país no ha sido ajeno a tales manifestaciones. Si bien nunca masivas, fueron aumentando significativamente desde los primeros casos aislados a principios de este año, de acuerdo a lo reportado por la Presidenta de la Asociación Cultural Chino-Argentina, Ana Kuo. Una vez recuperado del Covid-19, el periodista Eduardo Feinmann regresó a su programa de televisión en A24 a fines del mes pasado. Sus dichos emitidos allí –con cierta protección de la señal- generaron una enorme reacción al interior de la comunidad china. “Algún día nos vamos a ocupar de ustedes, los chinos, algún día también nos vamos a ocupar de los chinos”. No fue un exabrupto, como intentaron minimizar algunos de los medios hegemónicos. No lo fue, ya que continuó repitiendo el ataque, ante las cámaras y en las redes: “El planeta se va a ocupar de ustedes. Mientras tanto, acá tenemos a Cristina, que quiere hacer todos los negocios con los chinos podridos estos”. Un psicólogo, Gabriel Cartañá, lo cruzó desde un programa de otro canal: “Si cambiás la palabra chinos por judíos, Feinmann ya hubiera tenido más de veinte denuncias, ¿ok?”. Se estima que, a la fecha, la relativamente nueva comunidad se compone de 200.000 personas. “Hay que explicarle que los virus no tienen nacionalidades. La pandemia es mundial y hay un montón de gente china viviendo en la Argentina que puede recibir sus dichos no solamente como agresivos, porque lo son, sino generar odio en otras personas que podrían agredirlos”, continúa Cartañá. Tanto Kuo como el locutor Carlos –Carlitos- Lin caracterizan a los inmigrantes de la primera ola: amurallados dentro de la barrera idiomática, sufren de manera silenciosa, callan, soportan. La vía libre otorgada por el referente televisivo  impactará principalmente en aquel sector de la población particularmente prejuicioso, que mediante el estereotipo fácil acaba por anular la humanidad de ese otro. De hecho, los primeros agravios callejeros –aquí como en otras partes del planeta- consistían en llamar “Coronavirus”, sonora y burlonamente, a cualquier persona con rasgos orientales. Kuo y Lin reaccionaron unificando fuerzas con otros referentes comunitarios (empresarios, profesores, diplomáticos, trabajadores de la cultura) ante el agravio infundado y la amenaza del conductor de “El noticiero A24”. Además de las denuncias pertinentes presentadas ante la Defensoría del Público y el  Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), produjeron una solicitada -que rescata el espíritu del Preámbulo de la Constitución Nacional e insta al periodista a rectificarse- firmada por la colectividad china residente en Argentina. Una respuesta contundente, colectiva y mancomunada a la discriminación e incitación al odio.

Días antes de declararse la cuarentena y el encierro social, preventivo y obligatorio, padres y madres de una escuela en Trelew recibieron una comunicación. Recomendaba que cada niño y niña llevase consigo su propia merienda, debido al atraso de la partida gubernamental destinada a la copa de leche. La mamá de Anna Liu, una alumna de sexto grado e hija de comerciantes chinos, mandó budín y chupetines para compartir, por si alguno no tenía. Lejos de sentirse agradecidos por el gesto, muchos rechazaron el ofrecimiento de Anna. “Esa comida es china, tiene coronavirus”, tal la respuesta de muchos compañeritos y compañeritas. Alguno incluso la tiró a la basura. La nena regresó a su casa llorando. El episodio evoca, de algún modo, a la heroína brechtiana y sus actos bondadosos: Shen Te en la Patagonia o El alma buena de Trelew.Carlitos Lin reconoce en el contexto mundial, en el malentendido, en la generalización -fruto de la desinformación- las causas que explican la frecuencia de este tipo de actitudes. Confía en que la integración es sólo una cuestión de tiempo. Y que serán las nuevas generaciones las encargadas de impulsarla: “Hasta ser uno más en el barrio y no el chino”, hasta ir derribando la muralla que separa el nosotros de los ellos. Sus voces empiezan a volverse audibles, expresadas en un español rioplatense que alcanza la perfección. La puesta en marcha del proceso de internalización de símbolos, hábitos, gestos y rutinas aparece cada vez más robusto y consistente. Así fue el proyecto de país de la Generación del 80, por demás exitoso en su cometido de integrar a los hijos –y las hijas- de los nuevos inmigrantes. Confucio decía que al que sabe esperar, el tiempo le abre las puertas. Y el Preámbulo extiende los brazos a todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino.

*Sergio Amigo. Actor, director y docente teatral especializado en la obra de William Shakespeare. Director artístico de The Calder Bookshop & Theatre en Londres.

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