El devenir de la Patria Grande se dirime en Tebas

Durante el cuadragésimo quinto período de sesiones del Consejo de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas (ONU) celebrado el pasado 6 de octubre fueron puestas en consideración dos Resoluciones, ambas concernientes a la situación venezolana. Una -la L.55- promueve el diálogo constructivo y fomenta una cooperación tendiente a fortalecer la capacidad del país en cuestión de “cumplir las obligaciones que le incumben en materia de derechos humanos”. Hace patente su “preocupación por las noticias relativas a presuntas restricciones al espacio cívico y democrático” (en especial las denuncias sobre supuestos casos de intimidación, detenciones arbitrarias y difamaciones a manifestantes opositores, activistas y periodistas). Además exige al Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela hacer efectivas las recomendaciones volcadas en los informes de la Alta Comisionada Michelle Bachelet presentados al Consejo. Concluye con un pedido de “apoyo sustantivo en forma de asistencia técnica y fomento de la capacidad”. En otras palabras, alienta una participación democrática y respetuosa sin desconocer que pudieran existir problemas. La otra, –la L.43-, aparte de condenar enérgicamente al país bolivariano, propone una franca injerencia en sus asuntos internos.  Prorroga por dos años el mandato de una Misión Internacional Independiente constituida por el Grupo de Lima y cuya actividad se ha reducido, hasta el momento, a receptar desde Panamá una serie de informes no corroborados y enviados por medio de correos electrónicos por la oposición venezolana. La Resolución expresa también, cínicamente, su preocupación por el tratamiento de la pandemia de Covid-19, siendo que el país cuenta, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), con 80.000 contagiados y 653 fallecidos entre sus 30 millones de habitantes. La primera fue votada, entre otros países, por México. Argentina votó por la segunda, junto a la serie de países europeos, que, en lugar de reconocer al gobierno constitucional y, por tanto legítimo de Nicolás Maduro, lo hacen con el autoproclamado Juan Guaidó. Votó junto al gobierno de Sebastián Piñera en Chile, al de Lenín Moreno en Ecuador, al de Jair Bolsonaro en Brasil. Votó junto al de la golpista Jeanine Añez en Bolivia. El Grupo de Lima, creado durante la restauración neoliberal en la región por gobiernos de derecha –entre ellos el de Mauricio Macri-, es financiado y respaldado por los Estados Unidos a fin de arribar a dos objetivos explícitos: el primero, promover un cambio de régimen en Venezuela, siguiendo el mismo patrón estratégico de las intervenciones de principios de siglo en Oriente Medio y Libia, el segundo, desarticular al bloque regional. La República Bolivariana sufre un bloqueo asesino que deriva, entre otros males, en desabastecimiento de alimentos, medicamentos y demás insumos esenciales, infligido con el fin de generar el desgaste del gobierno y provocar el malestar ciudadano. Sufre el asedio de Tebas, pero mucho más largo y pertinaz.

Luego de la muerte de Edipo, sus hijos y hermanos, Etéocles y Polinices heredan el trono tebano. Acuerdan turnarse cada año, pero Etéocles se rehusa a cederlo una vez vencido el plazo acordado. Polinices, a la sazón refugiado en Argos, sitia la ciudad junto a seis jefes de su reino anfitrión y se dispone con ellos a atacar a un tiempo a cada una de las siete puertas citadinas. Las mujeres del coro se desmelenan e imploran el socorro de los dioses. Etéocles decide enfrentarse, cuerpo a cuerpo, a su hermano, para terminar muriendo uno a manos del otro. El canto de duelo del coro y el cortejo fúnebre con los dos cadáveres es acompañado por las endechas de las dos hermanas, Antígona e Ismene. La ciudad queda liberada. Creonte, el nuevo gobernante, decreta privar a Polinices de sepultura. Hasta aquí, Los Siete contra Tebas, tal como fue concebida por Esquilo en el año 467 A.C. Pero será Sófocles quien, veintiséis años más tarde, inmortalizará en Antígona a la controvertida heroína. La tragedia, última en la trilogía tebana, comienza allí donde termina Esquilo. Especial énfasis se destaca en un aspecto de ella: la oposición entre el modo en que las dos hermanas enfrentan a un mismo problema. Antígona decide desobedecer al soberano y desea hacer partícipe a su hermana. Ismene se niega, temerosa de desobedecer a la ley humana. Antígona, como su nombre lo indica, es la antagonista de la tragedia. Resuelve seguir a las leyes ancestrales, que constituyen, igualmente, sólido sustento de la vida de la polis. Abandonando todo razonamiento que pudiera servir a la hora de diseñar una estrategia a corto plazo, son sus móviles internos y  lealtad familiar los que la conducen a su muerte inevitable. Ismene es un personaje aparentemente secundario. Difícil no advertir su función dramática: engrandecer, por contraste, la figura de Antígona. Abnegada -caracterizada frecuentemente como débil y cobarde-, al no apoyar en un principio a su hermana en su cometido de honrar a Polinices, se coloca, indirectamente, del lado de Creonte. Podría, a simple vista, representar equilibrio y suma prudencia, encarnar al punto medio. En un juego de inversión semántica, Ismene no es el medio, sino el miedo disfrazado de mesura.

Inmediatamente después de la votación argentina en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, Alicia Castro presenta su renuncia como embajadora plenipotenciaria en la Federación Rusa, declinando asimismo “el alto honor y los privilegios que depara tan alto e importante cargo”. En franco desacuerdo con la actual política de Relaciones Exteriores, el voto constituye para ella “un dramático giro en nuestra política exterior y no difiere en absoluto de lo que hubiera votado el gobierno de Macri”. En la extensa entrevista concedida a Siempre es Hoy, el programa de radio encabezado por Daniel Tognetti y Raúl Dellatorre, declara que su límite ha sido el de haber votado con el Reino Unido contra el país hermano, cuyo gobierno apoya en forma insistente los reclamos argentinos soberanos respecto a Malvinas. Es que la votación excede en mucho a la situación venezolana. “Están en juego dos imperativos más amplios y muy serios: advertir los riesgos que corre la democracia en América Latina y definir el grado de independencia que queremos para nuestra Región”. En la Resolución 43 sobre Venezuela, los Estados firmantes “se arrogan facultades de injerencia directa para tutelar las cuestiones internas de la política venezolana”. Bregando por la paridad jurídica de los Estados como base de la construcción de un mundo multipolar compuesto por naciones iguales y soberanas, encuentra que “la lucha contra el colonialismo es un imperativo ético”. Los tomadores de decisiones en materia de Relaciones Exteriores “tienen la obligación de considerar el complejo escenario geopolítico, analizando los antecedentes y midiendo las repercusiones de sus actos”. Es que la proliferación del lawfare en nuestra región ha resultado efectiva en los últimos tiempos  como herramienta para proscribir a dirigentes políticos progresistas que, a la par de la sistemática repetición de mentiras disparada por ejércitos de bots y trolls, juegan un rol central a la hora de demonizar a líderes y procesos populares desestabilizando así a la democracia y sus reglas de juego. “Argentina podría haber optado, eventualmente, por abstenerse en ambas mociones. Prefirió dar, en cambio, un voto condenatorio a Venezuela”. La política internacional requiere de inteligibilidad, porque “en diplomacia, de poco valen las expresiones verbales de repudio al bloqueo y declaraciones de amistad si se acompaña con el voto a quienes lo promueven, aplican severas sanciones y llaman a la intervención militar, poniendo en riesgo a nuestro continente”, ya que “estas Resoluciones definen las relaciones políticas entre los Estados en forma vinculante”. Entonces Alicia declina el importante y estratégico cargo. Seguramente, lo habría desempeñado con lealtad, patriotismo y eficiencia, como quedó sobradamente demostrado en sus diez años como embajadora en la República Bolivariana de Venezuela y ante el Reino Unido. Le hubiese resultado imposible seguir instrucciones de Cancillería que no comparte y que considera reñidas con el interés de la Nación. Voluntad de Patria Grande, clave para lograr soberanía política.

Ismene encuentra irrealizable, finalmente, quedar bien con Dios y con el diablo. La quimera del millón de amigos de Roberto Carlos es un objetivo de nulo cumplimiento. Antígona se inmola sin más. Alicia no. Su respetuosa y firme renuncia al cargo -pero no al Frente de Todos y Todas- marca un camino despejado, establece un límite claro, advierte sobre reflejos vivos siempre dispuestos a reaccionar y señala a la militancia joven que la coherencia sigue constituyendo una herramienta política poderosísima, desdibujada a veces, confundida otras, entre los sinuosos recovecos del rosqueo.

*Sergio Amigo. Actor, director y docente teatral especializado en la obra de William Shakespeare. Director artístico de The Calder Bookshop & Theatre en Londres.

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