El diálogo y consenso comienzan por casa

A una semana de las horas más difíciles del Frente de Todos, renovación parcial de gabinete de por medio, surge la pregunta acerca de si luego del fuerte debate a cielo abierto quedó resuelto el rumbo político que, de ahora en más, continuará el gobierno de Alberto Fernández. Rumbo político al que se deberá encuadrar y ordenar la economía, ya no solamente con vistas al 14 de noviembre sino al 2023. De lo contrario, la lectura que queda sobrevolando es que la causa central del resultado de las PASO del 12 de septiembre obedece sólo a un problema económico.

La carta de Cristina Fernández, dejó en evidencia que los desacuerdos en el rumbo económico del gobierno refieren a diferencias políticas entre los dos principales referentes de la coalición. La carta, además, recuerda una de sus intervenciones públicas advirtiendo sobre el ordenamiento económico y el impacto social que había que atender, sin demora, y fundamentalmente, en lo proyectado para este 2021, tal como destacó en su discurso en el Estadio Único de La Plata, en diciembre 2020.

En tal dirección, transcurridos los días, vale volver sobre un párrafo de la carta, tal vez soslayado, que deja crudamente expuesto el limitado espacio de debate y discusión entre el presidente y la vicepresidenta desde el 10 de diciembre de 2019:

“El martes 14 tuvo lugar, otra vez en Olivos, mi última reunión con el Presidente de la Nación. Habían transcurrido 48hs sin que se comunicara conmigo y me pareció prudente llamarlo y decirle que tenía que hablar con él. Deje pasar 48hs deliberadamente, para ver si llamaba (debo decir que de las 19 reuniones, la mayoría fueron a iniciativa mía).”

El contenido de la carta también dejó en evidencia que durante los casi dos años de gobierno, el Frente de Todos no actuó ni se conformó como una coalición de gobierno; aquello que en varias oportunidades se llamó institucionalizar la coalición a fin de generar, puertas adentro, los debates necesarios, así como ampliar la convocatoria a todo el campo nacional que apoyó en las urnas al Frente de Todos y que no fue tenido en consideración al momento de dar discusiones indispensables dado la gravedad de las dos pandemias, la del macrismo y la del coronavirus. Escenario extraordinariamente inédito que requería el fortalecimiento del Frente para llevar con firmeza un claro programa político y económico de reparación nacional atendiendo a los sectores sociales más golpeados por el entonces previsible impacto que traería la pandemia. Como respuesta, el gobierno a través de su ministro Martín Guzmán respondía que el gobierno no tenía un plan sino objetivos. Está claro que los objetivos no se debatieron como debiera haber sucedido. Está claro que el llamado al diálogo y consenso no se aplicó puertas adentro del Frente de Todos con la misma convicción que sí se lo hizo hacia fuera y hacia actores externos.

Esa carta fue escrita hace tiempo atrás

Alberto Fernández fue elegido por CFK como candidato a presidente por su perfil conciliador, su apertura permanente al diálogo y a buscar consensos con los adversarios políticos, con los sectores dominantes de la economía, y con los principales medios de comunicación que supieron abrazar con fervor al Alberto opositor a los gobiernos de Cristina Fernández.

Desde antes de asumir la presidencia, y ya luego como presidente, Alberto dio todo tipo de señales para convocar a representantes del poder económico y organizaciones empresariales a conformar a mesas de diálogo para alcanzar acuerdos básicos. A los grandes medios de comunicación, especialmente al grupo Clarín invitó, infructuosamente, a dar por terminado el llamado periodismo de guerra (aunque al poco tiempo de ser presidente reconocería “me devolvieron la bandera blanca agujereada a tiros”).

En el inicio a su presidencia Alberto dispuso del armado de un gabinete conformado, por funcionarios de su máxima confianza y cercanía, casi todos quienes lo acompañaban desde mucho antes de su acercamiento a Cristina Fernández en 2018. El común denominador de casi todos esos funcionarios y colaboradores más cercanos era reconocerse peronistas, y kirchneristas de Néstor Kirchner, no de Cristina. CFK lo sabía, y no tardó en llamarlos funcionarios que no funcionan, y mandarlos a buscarse otro laburo. El discurso de La Plata en diciembre 2020, era parte de una carta que recién se comenzaba a escribir.

Hasta el pasado 12 de septiembre, el gobierno de Alberto Fernández fue el intento de conducir al peronismo hacia una transición post kirchnerista con la gran particularidad de intentar lograrlo dentro de una coalición con el kircherismo adentro, y a la vez ungido y sostenido por el kirchnerismo. Alberto creyó, firmemente, durante los diez años que fue opositor a CFK que el kirchnerismo de Cristina debía ser una etapa concluida, superada por un peronismo más racional, menos confrontativo y más dialoguista con los sectores de poder. Una de las críticas más recurrentes a la expresidenta era que  “no se puede estar peleando con todos al mismo tiempo como hacía Cristina”.

La resolución de las diferencias expresadas dentro del Frente de Todos es indispensable para transitar los dos años que quedan de gobierno. Tiempo suficiente para dar respuestas y señales claras de por dónde y cómo se irán reparando estos años de dolor y postergaciones. La responsabilidad central está en manos del presidente para sostener el equilibrio de una fuerza que mayoritariamente lo acompañará en tanto responda al compromiso que aceptó al ser convocado a ser Presidente de la Nación representando a una parte mayoritaria dentro de una coalición heterogénea. Es allí donde deben dirigirse sus mayores esfuerzos en lograr acuerdos y consensos.

No es una cuestión de formas, de estilo, o de perfil, sino de fondo y de contenido.

No es una cuestión de objetivos sino de planificar la acción de gobierno para enfrentar los enormes desafíos de los próximos años.

No es una cuestión económica; es política.