El eterno Homero Manzi

“Fui como una lluvia de cenizas y fatigas en las horas resignadas de tu vida…”. Homero Manzi, autor de estos versos que encabeza el tango Fuimos, patentizó en su producción literaria la capacidad que tuvo de volcar sus vivencias y añoranzas del barrio en una inextinguible poética popular. Nacido el 1° de noviembre de 1907 en Añatuya, Santiago del Estero, traerá la impronta cultural de Santiago para establecerse en los arrabales porteños.

Homero Nicolás Manzione, tal su verdadero nombre, de madre uruguaya y padre argentino, lo trasladarán de “changuito” a Buenos Aires en 1916, para radicarse en el barrio de Pompeya. Fue éste lugar, junto con Boedo, los que definirán su vida. Muchos recuerdos de su niñez y adolescencia están presentes en sus más famosas composiciones, como Barrio de tango y Sur.

Pablo Hernández, en su trabajo sobre el “Barba” del 2013, tomó las palabras del propio poeta al definir su amalgama cultural entre su añorado Añatuya y el sur porteño:

“Una vez afirmé que la música de la ciudad estaba trazada sobre el pentagrama de las pasiones humanas y que en cambio la música de nuestro campo estaba conformada sobre la naturaleza”, razón por la cual “la música dl campo es objetiva: la de la ciudad subjetiva. En la ciudad los bandoneones lloran a cuenta de la pena del hombre; en el campo las arpas y los violines rústicos, hablando con la voz del viento, trinan con los pájaros y mueven sus ritmos con el rudo compás de las bestias en galope o con la hamacada euritmia de los pastos castigados en el vaivén de los vientos”.

Sus letras le valieron una gran popularidad, sin renunciar a sus convicciones de poeta, siendo su primera pieza fue el vals ¿Por qué no me besas?, con música de Francisco Caso. Una constante en su producción fue apelar a diversos recursos poéticos sin utilizar el lunfardo y sin caer en un excesivo surrealismo. Así sus versos están repletos de nostalgia, pero sin caer en sermones vacuos, donde ofrece un punto de vista muy cálido sobre el barrio suburbano, los amigos, la familia y los valores de un hombre de bien.

El tango Sur, de 1948, contó con musicalización del bandoneonista, amigo y compañero, Aníbal Troilo, convirtiéndose en una obra de excepción. También le dio una nueva jerarquización a la milonga, un género que cohabita con el tango como testimonio de su origen. Manzi, junto con el pianista Sebastián Piana, escribió grandes clásicos, como Milonga sentimental, Milonga del 900 y Milonga triste.

El estudiar Derecho en la UBA lo acerca al yrigoyenismo en el Comité Universitario Radical y lo estrecha en vínculos con Arturo Jauretche.

Tras el golpe de 1930 será cesanteado de su cargo de docente pero no abandonará su militancia radical. La importancia de “El Peludo” en Manzi fue explicada por el propio autor con estas palabras pronunciadas en un discurso del 2 de julio de 1935 en el Teatro Boedo de Buenos Aires al iniciar su actividad en FORJA:

“Cuando se manda en virtud de un prestigio natural e interpretando la oscura aspiración de los pueblos no es necesario ampararse en la violencia jurídica. Ahora, cuando se gobierna desde sillones con patas postizas, entonces la violencia jurídica es el único medio de seguir tirando. Yrigoyen nunca tuvo miedo a su partido. Porque se sentía en el vértice del ángulo de las esperanzas. Y jamás violentó la integridad de los organismos para cumplir su destino. Ni gestionó delegaciones para ejercer el comando. Es que era el jefe elegido tácitamente por el fervor de su partido y no por el elogio del adversario. Era el jefe porque era el mejor. Era el mejor porque era el más íntegro. Y era el más íntegro porque acunaba en el fondo de su noble conciencia un pensamiento superior de argentinidad y un impulso insobornable de justicia social”.

Participó de la reorganización radical a favor de la recuperación del nacionalismo de Yrigoyen, sobre todo en 1935 cuando fue uno de los fundadores de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA) junto a Arturo Jauretche, Luis Dellepiane, Manuel Ortíz Pereyra y Gabriel del Mazo, entre otros. Allí se luchó contra el aparato alvearista y la superestructura colonial, denunciando el fraude y los negociados de la Década Infame.

Esta impronta se encausó en su producción poética, al recuperar desde la milonga a la figura de Juan Manuel de Rosas, proscripta desde décadas por el pensamiento liberal, con música de Sebastián Piana:

“Juan Manuel, al revolear de los ponchos, banderín del escuadrón,

los colorados más bravos ya sé que se fueron a Morón.

Juan Manuel, para luchar por la gloria de tu estrella federal,

con tamboril de morenos, la Mazorca con puñal”.

En 1940 se separó de FORJA, junto a Luis Dellepiane, Gabriel del Mazo y otros militantes, para seguir la lucha interna en el radicalismo desde la “intransigencia” ni buscar incorpora extrapartidarias, tal como Arturo Jauretche planteó desde el forjismo al sumar a Raúl Scalabrini Ortíz y otros militantes no radicales, aunque, a pesar de dicha separación, siguieron siendo inseparables amigos hasta el final.

Fundó la editorial AURA (Autores Unidos de la República Argentina) y activo promotor de SADAIC, y de la fundación de Artistas Argentinos Asociados.

Se destacó como excepcional guionista de radio y cine, junto a Ulyses Petit de Murat, desde producción propia, desde “Pampa Bárbara” a “La Guerra Gaucha”, sobre un texto de Leopoldo Lugones, en el cine, a los éxitos radiales de “De hombe a hombre”, con Ángel Magaña y Enrique Muiño.

Continuó militando en el radicalismo hasta que en 1947 se unió al naciente movimiento liderado por Juan Perón y Evita, donde encauzó su inicial yrigoyenismo en el peronismo desde su visión revolucionaria de justicia social.

De su extensa producción deben destacarse Monte criollo, con Francisco Pracánico; Abandono, con Pedro Maffia; Malena, Solamente ella, Mañana zarpa un barco y Tal vez será mi alcohol (que la censura obligó a convertir en Tal vez será su voz), con Lucio Demare; Recién; En un rincón; Fueye; Manoblanca; los valses Romántica, y Romance de barrio. El “Barbeta” legó piezas para el tango como Fruta amarga, Torrente, Después, Ninguna, Fuimos y, sobre todo, dos tangos definitivos: El último organito, con su hijo Acho, y Che, bandoneón, con Aníbal Pichuco Troilo.

También con Pichuco homenajearon a su entrañable amigo Enrique Santos Discépolo al partir unos meses antes que el autor con el tango A Discepolín.

Como sentenció Aníbal Ford en su trabajo sobre Homero de 1971, reeditado en el 2005 por la Universidad Nacional de La Plata a instancia del Dr. César “Tato” Díaz:

“Quedan muchas cosas por tratar. Queda el Manzi biográfico, el de todos los días: el humorista, el amigo, el padre, el de la noche, el del juego, el de los burros. Hombre negativamente contradictorio para los que manejan las budineras sociológicas. Hombre positivamente contradictorio para los que piensan que no es necesario caer en ellas para interpretar y transformar la realidad, Manzi ejemplifica a la Argentina como pocos pudieron hacerlo”.

Entre el afecto de su familia y el corazón de Nelly Omar, su musa inspiradora, los cuarenta y cuatro años que vivió Homero Manzi le alcanzaron para dejar una impronta no solo en la música del 2 x 4, sino en la radio y en el cine, sumada su actividad docente, y su intensa militancia gremial y política, que lo pintan de cuerpo entero con su compromiso sin mácula con la cultura nacional.

Cesó de pelear por la patria sólo cuando el cáncer lo abatió el 3 de mayo de 1951.

*Pablo A. Vázquez. Lic. En Ciencia Política; Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas