El fracaso: Woody Allen, Beckett y Bielsa

El fracaso: Woody Allen, Beckett y Bielsa

Sergio Amigo (actor)

“Estamos asistiendo a la muerte del artista. Eso es triste. El artista hoy tiene miedo a arriesgarse en lo que hace y en lo que dice, porque tiene miedo a las consecuencias. Lamentablemente, en mi país, si fracasas, no hay mucho margen. En los Estados Unidos de América no hay tolerancia frente al fracaso. Y es terrible enseñarle eso a los niños. Hay que estar dispuesto a fracasar y más en mi profesión. Te secarás como ser humano si vives toda tu vida temeroso de fracasar». Esta reflexión pertenece a Woody Allen y fue difundida por las redes sociales por el director y teatrista argentino David Amitin. Para quien escribe, este tiempo de aislamiento y de pandemia realza e ilumina aún más a la obra de Samuel Beckett con sus mundos teatrales opresivos y minimalistas en lenguaje y estéticas, siempre precisos y emparentados con las artes plásticas; mundos teatrales poblados de personajes en lucha perpetua contra lo que se niegan a aceptar. Personajes resistentes, en pugna con vacíos existenciales condensados magistralmente sobre el escenario. Volviendo a Woody, lejos estamos de «Lo intentaste. Fracasaste. No importa. Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor». Esta cita archifamosa pertenece al trabajo en prosa de 1983, «Rumbo a peor», articulado, precisamente, alrededor de la inevitabilidad del fracaso. Cita apropiada -y malentendida- por una generación de «emprendedores», para quienes los sucesivos fracasos pavimentarían el camino hacia la meta final y definitiva: el éxito. Para Beckett, sin embargo, dentro del vacío existencial constitutivo de nuestras vidas, hay siempre una especie de resistencia que nos lleva «a continuar, a pesar de todo». Escribe: «Debo seguir. No puedo seguir. Seguiré». En el universo beckettiano el fracaso representa una paradoja presente en todos sus personajes. Es el tipo de fracaso transitado una y otra vez por Buster Keaton en sus memorables películas en blanco y negro, el mismo que inspira a nuestro autor para reflexionar «fracasar hasta que podamos reírnos». Tras su experiencia en la Segunda Guerra Mundial, cuando formó parte activa de la Resistencia durante su vida en Francia, Beckett escribe sobre alguno de sus pintores favoritos y es allí donde formula una de sus primeras alabanzas al fracaso como elemento esencial de su arte. Refiriéndose al artista holandés Bram Val Velde, Beckett dice que él «(…) fue el primero en admitir que ser artista es fracasar. Fallar es parte de su mundo y el abandono, la deserción y la artesanía que subyace son su día a día». Para el irlandés, incluso el lenguaje como sistema comunicacional es un fracaso, ya que supone más malentendido que comprensión. Él sabía que las palabras nos fallan, pero sabía también que, sin embargo, hay lenguaje. También sabía que la vida es fracaso, pero también sabía que, sin embargo, hay vida. En los años ’50, Beckett escucha al actor también irlandés Patrick Maggee leer extractos de dos de sus trabajos en prosa en BBC Radio. Queda tan impresionado por esa voz áspera, profunda, cavernosa; una voz con ecos y acentos familiares para el autor; una voz que da vueltas y vueltas en su cabeza, como pidiendo pista y que, finalmente, toma vida en 1958 en la obra en un acto «La última cinta magnética de Krapp». El protagonista, Krapp, un hombre en los umbrales de la ancianidad, achacado y torpe que viste ropas que remiten a un clown: pantalones demasiado cortos, camisa sin cuello, zapatos blancos, en punta, gastados y sucios. Personaje de rituales obsesivos, se reconoce, a sus 69 años, como el escritor fracasado que es. Para finales de los ’50, Beckett estaba fascinado con un -para entonces- alucinante  invento, el magnetófono, aquel grabador grande que registraba y guardaba las voces en carretes acomodados en cajas de aluminio. Así, este artefacto se constituye en el antagonista perfecto de este hombre solitario, encerrado en su propio mundo dentro de una habitación tenuemente iluminada. Antagonista porque reproduce, una y otra vez la voz de un Krapp joven, ilusionado, un Krapp que empieza, 30 años atrás, «(…) cuando aún era posible ser feliz…» a confeccionar su propio diario sonoro. Krapp se encuentra con un yo joven, vigoroso, y en la caja 3/cinta 5 se revela la voz de ese yo ególatra, fuera de centro, arrogante. Un yo de ayer que registra el reciente encuentro con una mujer. El Krapp de hoy, el viejo, el achacoso, el clownesco, el fracasado se dispondrá a grabar la experiencia nada grata de escuchar al Krapp de ayer. Concebido por Beckett con humor y precisión, este personaje que hasta resbala al pisar una cáscara de banana, acto que evoca la quizá más burda rutina del slapstick y del vaudeville, nos refleja en su humanidad nuestras propias obsesiones. Compasión siente Beckett por su criatura, compasión sentimos nosotros, espectadores, ante ese ser payasesco que nos funciona como un espejo distorsionado. Aprovecho la ocasión para recordar aquí a Harold Pinter. Dramaturgo, guionista, poeta, actor, director y activista político inglés, ganador -al igual que Beckett- del Premio Nobel de Literatura, su último trabajo fue encarnar a Krapp, poco antes de su muerte en el Royal Court de Londres. Ver a Pinter escuchar la voz de su yo pasado era estremecedor. Él sabía de la gravedad de su enfermedad y, de hecho, debía actuar ayudado por una silla de ruedas eléctrica. Beckett, su referente, aparecía aquí con toda su potencia y crudeza teatral. «¿Qué es la vida para el que no sabe perder? Porque se trata de perder sin identificarse con la derrota, con lo perdido. Sin estar derrotado, sin sentirse víctima». Esta pregunta encabeza un estupendo artículo firmado por Ezequiel Fernández Moores y la formula el psicoanalista Jorge Alemán. La nota gira alrededor del ascenso del Leeds de la mano del director técnico que parecía anclado en la derrota, Marcelo Bielsa. El «Loco», quien al igual que Beckett -que, especulamos, hubiese sido su fan número uno si Bielsa dirigiera cricket y no fútbol-, el Loco, cuidadoso con las palabras que elige, escueto y minimalista en sus expresiones, el que se enoja, al igual que el autor irlandés, con la malinterpretación. El DT no concede entrevistas y acusa a los medios de especializarse en pervertir al ser humano según victoria o derrota. El periódico The Guardián se pregunta algo que es pena y coincide con la idea de la muerte del artista de Allen: «¿Qué sucede cuando arrojan a este técnico tan humano a la máquina sin sentido de la Premier League?». «Estamos advertidos, -dice Pep Guardiola- Bielsa va al ataque». Quien mira y piensa en el éxito como la meta final, definitiva y perdurable no entiende al técnico argentino -ni a Beckett, ni a Allen, si vamos al caso-. Los tres trascienden el ganar o perder. Los tres siempre transitaron la cornisa de la malinterpretación de una filosofía olvidada por creerla superada. La muerte de Beckett coincide con la caída del Muro de Berlín. Algunos vieron, disparatadamente, en «La última cinta magnética de Krapp» una alegoría del mundialmente famoso trabajo de Francis Fukuyama «El fin de la Historia y el último hombre». Pero lo cierto es que la Historia no terminó en 1989. Por suerte -y frecuentemente a nuestro pesar- seguimos fracasando. Quizás se trate de una bendición disfrazada. Quizás estemos a punto de comprender el significado de fracasar mejor. Y si lo logramos, nos mereceremos seguramente un par de pintas de parado en un pub situado en la recientemente renombrada Calle Marcelo Bielsa en el otrora centro industrial textil y ahora, después de Londres, el mayor centro financiero de Inglaterra: Leeds.

Autor