El golpe cívico militar del 16 de septiembre de 1955 y la prensa clandestina de la Resistencia peronista

La llamada Revolución Libertadora, comandada por el general Eduardo Lonardi y el almirante Isaac Francisco Rojas, junto al general Pedro Eugenio Aramburu como cabezas visibles del golpe de Estado contra el presidente constitucional de la Argentina, general Juan Domingo Perón, inició un proceso que clausuró la experiencia política más movilizadora en nuestro país.

El Justicialismo, no exento de errores y tensiones que se agudizaron en el segundo mandato de Perón en su camino a la hegemonía de la comunidad política, había garantizado con el liderazgo carismático del Líder la centralización del movimiento obrero organizado y el disciplinamiento de su dirigencia junto a la del sector partidario, abonando – en apariencias – una efectiva verticalidad.

Los éxitos en la economía, la justa distribución de la riqueza y la implementación efectiva de la justicia social de los primeros años cedieron a una crisis económica, la que -a pesar de palearse entre 1954 y 1955-, se sumó a las muestras de rechazo de la oposición por la concentración del poder, la excesiva propaganda y el constante -aunque legítimo y legal- triunfo electoral del peronismo.

El antiperonismo surgido en los orígenes mismos del fenómeno justicialista, tuvo sus expresiones desde el lenguaje peyorativo y racista contra el nuevo movimiento hasta los levantamientos armados, atentados y hechos de violencia contra las autoridades nacionales. Desde sectores de las Fuerzas Armadas y del espectro político que conformarían los “comandos civiles” se nuclearon en la expectativa de encontrar un hecho aglutinante más allá del odio contra Perón, para poder sumar más voluntades, lo que hallaron al producirse el conflicto del oficialismo con la Iglesia Católica.

1955 fue el año de mayor escalada de violencia, entre el bombardeo del 16 de junio contra el pueblo en Plaza de Mayo y aledaños, con cientos de muertos y miles de heridos, y la posterior quema de algunos templos católicos, marcó un rumbo irreconciliable.

Para Rojas, en el prólogo de A 30 Años de la Revolución Libertadora (1985) fue: “Un acontecimiento fundamental en la vida política argentina de este siglo (XX), en el que participaron civiles y militares que, comprometiéndoselo todo se dieron cita para abatir la tiranía que se había apoderado de la República porque ‘el país ignoraba el gobierno de sí mismo’. Amor a la libertad e ideales superiores guiaron la acción en esa riesgosa empresa.

En 1955 se dijo que los objetivos de la Revolución Libertadora, vencedora en la lucha armada, era suprimir todos los vestigios de totalitarismo para restablecer el imperio de la moral, de la justicia, del derecho, de la libertad y de la democracia. Y no he encontrado mejor forma de definirla”.

Palabras del exalmirante que cargan prejuicios y odios irresolutos, como portavoz de la Comisión de Afirmación de la Revolución Libertadora y muchos que al día de hoy miran con recelo cualquier manifestación de la mera existencia del peronismo.

El alzamiento en Córdoba del 16 de septiembre desnudó no sólo el malestar opositor de un sector del Ejército, sino el no acompañamiento de un sector de la dirigencia partidaria oficialista -aquella que conspiró contra Evita y provocó la caída de Mercante- acompañando desde su defección la caída de Perón. Teissaire y Mendé fueron los primeros en denunciarlo como traidor y corrupto. Lo mismo hicieron otros dirigentes peronistas de igual calaña.

Con Lonardi la dirigencia cegetista tuvo su reunión y la cúpula del partido Peronismo abogó por entenderse con el presidente de facto, mientras el expresidente Perón iba a su forzado exilio paraguayo. El veto al Ni vencedores ni vencidos” por el ala más dura de Rojas y Aramburu llenaron las cárceles de peronistas, a la vez que persiguieron con salvajismo todo atisbo de justicialismo con el decreto 4161. La represión mostrada entre el 9 y el 12 de junio de 1956 con fusilamientos a mansalva fue ejemplo palmario del odio.

Julio César Melón Pirro en El Peronismo después de Peronismo (2009) afirmó que: “Los primeros años de la proscripción implicaron pues, en principio, el enfrentamiento con un estado hostil, empeñado en erosionar la identidad peronista y decidido a reprimir cualquier alternativa que connotara una vuelta al pasado. En la experiencia de muchos trabajadores y de los peronistas en general, este lapso se consideró como una época de revancha, a la que con el tiempo se superpuso el recuerdo idealizado de la resistencia”.

Mientras, desde el exilio montevideano, el grupo de exforjistas y el propio Domingo Mercante intentaron reagrupar las fuerzas y plantear su oposición a la Revolución Libertadora. Al igual que los obreros en Argentina, los exiliados se pusieron a la cabeza de la resistencia desde la pluma y la acción.

Si la concentración de la comunicación del peronismo fue total, con el grupo editorial ALEA, dirigido por Carlos Aloé, se centralizó la mayoría de los diarios, radios y publicaciones del país, para los “libertadores” el objetivo fue intervenir esos medios e imponer algún escritor antiperonista para reorientar su mensaje. Así fue como Carlos Alberto Erro fue interventor de ALEA y ATLAS; se asignó a José Barreiro como director de El Mundo; a Ricardo Mosquera, director de Democracia; Walter Costanza, director de La Época; Ernesto Sábato director de Mundo Argentino; Vicente Barbieri, director de El Hogar; Premio Moos Cabot, director de Crítica, (cuñado de Roberto Noble de Clarín). Mientras que fueron censurados, perseguidos y/o incautados El Líder; Esto Es; Lucha Obrera; De Frente, entre otros, siendo el director de éste último, el exdiputado John W. Cooke, encarcelado.

El peronismo debía ser silenciado… Como reacción comenzó la resistencia peronista, ya sea por la pueblada de los suburbios de Villa Manuelita cerca de Rosario, en los enfrentamientos de la esquina porteña de Corrientes y Esmeralda, y en la prensa clandestina favorable a Perón.

El 45, cuyo lema fue: “Ya no son campanas de palo las razones de los pobres”, dirigido por Arturo Jauretche, comenzó su lucha confrontando el Plan económico de Raúl Prebisch y en las medidas impuestas por los “libertadores”. Se le sumó Debate, de Resistencia, cuyo lema fue: “Una voz argentina clara y firme en defensa de los intereses populares”; El Descamisado, dirigido por Malfredo Sawady y La Argentina, dirigida por Nora Lagos, con el lema “Justa, libre y soberana”; Doctrina, dirigida por José Rubén García Martín, con el lema: “Es verdad y nuestra guía”; Renovación, de Tomás Farías; y El Federalista, dirigido por José Antonio Güemes, cuyo lema fue: “El pulso nacional de las inquietudes de los trabajadores”, entre otros.

Luego se editarían Tres Banderas y Compañeros, ambos dirigidos por J. Bernardo Iturraspe; Bandera Popular, Palabra Argentina, dirigido por Alejandro Olmos; Pero… Qué dice el pueblo, dirigido por Aldo Paciello; Palabra Prohibida, dirigido por Luis A. Sobrino Aranda; Rebeldía, dirigido por Manuel E. Bustos Núñez; El Guerrillero, dirigido en forma real por César Marcos; Soberanía, dirigido por Nora Lagos y Luis A. Sobrino Aranda; Batalla, dirigido por Héctor Tristán; Línea Dura, dirigido por María Granata; y El Grasita, dirigido por Enrique Oliva, con la consigna: “Perón o Muerte. Las fábricas y los barrios vigilando las consignas del Hombre. Órgano de los soldados anónimos del Movimiento Peronista”, como ejemplo de algunos de los más significativos.

Esta lucha en el papel acompañó el heroísmo de los primeros resistentes que anhelaron el retorno de Perón y de las conquistas sociales, a fin de recuperar su ciudadanía negada por la anulación de los derechos políticos. Tarea que contó con voluntades, cuerpos y corazones que encontraban en el compañerismo de su sindicato y en las cocinas donde, mate por medio, improvisaban las unidades básicas que cimentaron un retorno casi dos décadas después y que tuvieron en dichas publicaciones un puntal en la lucha.

Documentos que de a poco están al alcance del conocimiento público, sea por apertura de archivos sobre peronismo, investigaciones recientes y sitios web con periódicos digitalizados, y que algunos atesoran -como es mi caso- como piezas únicas de un momento de lucha y valentía. Valga este recordatorio para que Nunca Más un golpe de Estado interrumpa el curso del pueblo en su devenir institucional y democrático.

* Pablo Adrián Vázquez. Licenciado en Ciencia Política; Docente en la UCES; Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.