El Magnicidio de Manuel Dorrego

Político y militar argentino, guerrero de la independencia, periodista militante y tribuno de la patria, Manuel Dorrego pagó con su vida su lealtad al pueblo.

Su oratoria y pasión lo convirtieron en el ídolo de la plebe urbana, de “los descamisados” de Buenos Aires y fue la principal figura del Partido Federal porteño.

Manuel Dorrego, el coronel del pueblo, como lo llamaron sus partidarios, se opuso al proyecto constitucional rivadaviano de 1826, el cual desconocía la voluntad general de las provincias. Además, en su artículo 6º, se negaba el derecho de voto a los menores de 20 años, analfabetos, deudores fallidos, deudores del tesoro público, dementes, notoriamente vagos, criminales con pena corporal o infamante, y a los “criados a sueldo, peones jornaleros y soldadas de línea”. 

Sostuvo: “Échese la vista sobre nuestro país pobre: véase que proporción hay entre domésticos y asalariados y jornaleros y las demás clases, y se advertirá quienes van a tomar parte en las elecciones. Excluyéndose las clases que se expresan en el artículo, es una pequeñísima parte del país, tal vez no exceda de la vigésima arte (…) ¿Es posible esto en un país republicano? ¿Es posible que los asalariados sean buenos para lo que es penoso y odioso en la sociedad pero que o puedan tomar parte en las elecciones?” (…) “Yo digo que el que es capitalista no tiene independencia, como tienen asuntos y negocios quedan más dependientes del Gobierno que nadie. A esos es a quienes deberían ponerse trabas (…) Si se excluye a los jornaleros, domésticos, asalariados y empleados. ¿Entonces quiénes quedarían? Un corto número de comerciantes y capitalistas”.

Y señaló a la bancada unitaria de forma acusatoria: “He aquí la aristocracia del dinero y si esto es así podría ponerse en giro la suerte del país y marcarse (…) Sería fácil influir en las elecciones; porque no es fácil influir en la generosidad de la masa, pero si en una corta porción de capitalistas. Y en ese caso, hablemos claro: ¡el que formaría la elección sería el Banco¡”.

Esas palabras, de una valentía sin par, sellaron su sentencia de muerte anticipada!

Inés Canceglia, en Manuel Dorrego: el primer asesinato político de la historia argentina (2011), señaló a los conspiradores del futuro crimen: “El consorcio que negoció el empréstito en tiempos de Rivadavia estaba constituido por Braulio Costa, Félix Castro, Juan Pablo Sáenz, Valiente, Miguel Riglos y Guillermo Parish Robertson.  Y sabías que en torno a la familia Pueyrredón estaba Braulio Costa, Manuel de Aguirre, los Sáenz Valiente, Manuel Arroyo y Ruperto Albarellos. Los dos primeros se casaron con las hermanas María Florentina y María Victoria Ituarte Pueyrredón, hijas de Juan Bautista Ituarte y Magdalena Pueyrredón. Juan Pablo Sáenz Valiente era hijo de Anselmo y Juana Pueyrredón, y Ruperto Albarellos contrajo matrimonio con otra integrante de la familia.

El odio de los (Juan Cruz) Varela y de (Salvador María) Del Carril frecuentó ese círculo. Ellos, que fueron los voceros principales de tu único verdugo. Su pluma fue mucho más filosa que la espada de Lavalle. Sus conciencias fueron menos escrupulosas que las de héroe malogrado”.

Los unitarios impusieron su Constitución, pero las provincias la rechazaron en bloque. 

El 3 de agosto de 1827 fue elegido nuevamente como gobernador, capitán general de la provincia de Buenos Aires y encargado del Poder Ejecutivo Nacional. Firmó la paz con Brasil sobre la base de la independencia de Uruguay.

Concluida la guerra hizo llamar al ejército de Montevideo pero al llegar el batallón al mando del general Juan Lavalle, éste puso sitio a la fortaleza de Buenos Aires, influenciado por algunos políticos del Partido Unitario, y protagonizó un golpe contra el gobierno legítimo del futuro mártir.

Lily Sosa de Newton, en Dorrego (1967), afirmó: “Todo está preparado para el estallido. Sólo falta combinar los últimos detalles y con esta finalidad el comité unitario se reúne en la noche del 30 de noviembre en una casa de la calle Parque, en la actualidad Lavalle, entre San Martín y Reconquista. Preside el cónclave el doctor Julián Segundo de Agüero. Uno de los pasos propuestos es el apresamiento de Rosas para ser fusilado en el patio de su propia casa, pero Lavalle exclama fastidiado: ¡Eso sería una canallada! Por los sucesos posteriores, se sabe que también la muerte de Dorrego queda decidida (…). Rosas intenta un último recurso para convencer a Dorrego de la gravedad de la situación… Son tantos los avisos que recibe Dorrego, que resuelve poner fin a los rumores conversando con el propio Lavalle. Envía entonces a su edecán, el coronel Bernardo Castañón, en busca de aquél. Son las tres de la mañana del 1° de diciembre. Castañón cumple su cometido, intimando a Lavalle que se presente en el Fuerte. El jefe militar, que tiene sus tropas listas para actuar, le responde altivamente: “Dígale que dentro de dos horas iré, pero a arrojarlo de un puesto que no merece ocupar”.

Yendo a la campaña que le era adicta, aconsejado por Rosas que recurriese a las tropas de Estanislao López en Santa Fe, en poco tiempo armó un ejército leal pero débil. Lavalle marchó contra él y lo derrotó; escapó nuevamente, pero fue traicionado por algunos de sus subalternos. “¿Cómo imaginar que el general Acha, a quien habías ascendido a ese grado sólo unos días antes, aprovecharía la confianza que le tenías para hacerte prisionero en los campos de Navarro, cuando te acercaste – según Inés Canceglia – con la alegría de sentir que él encabezaba las fuerzas leales a tu autoridad? Y cuando te diste cuenta de su verdadera intención exclamaste: “Compadre, ¿Se ha vuelto loco? Pues no esperaba de Ud. Semejante acción”.

Capturado por las fuerzas sublevadas de Lavalle, fue sentenciado a muerte y fusilado, consumándose el magnicidio uiel 13 de diciembre de 1828.

Su carta de despedida a su esposa sintetizó su entereza final: “Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué; más la Providencia divina, en la cual confió en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí.  Mi vida, educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no has podido ser en compañía del desgraciado M. Dorrego”.

Su asesinato afecto a unitarios y federales por igual, hasta el propio Lavalle sintió el peso de su mala decisión sobre sus hombros hasta el fin de sus días.

Quizás con él vivo la organización de nuestra Nación hubiese tomado otros caminos de entendimiento y proyectos compartidos por ambos bandos.

*Pablo A. Vázquez. Lic. en Ciencia Política; Docente de la UCES; Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas