El triunfo popular del 17 de noviembre de 1972

“¡Hicimos esta revolución para que el hijo del barrendero siga siendo barrendero!” Con esta honestidad brutal un marino de alta graduación le espetó a un par de dirigentes sindicales que esperaban ser interrogados a fines de 1955.

Desestabilización, bombardeos y acciones armadas desencadenaron el golpe de dicho año, terminando con el gobierno constitucional de Perón. De la tibieza de Lonardi a los fuegos de Aramburu y Rojas la intensión fue una: exterminar al peronismo.

Horacio Cerrutti Guldberg, en Filosofía de Liberación Latinoamericana (1983), expresó que: “La filosofía de liberación se expresa con gran fuerza en uno de los momentos claves de la historia de uno de los pueblos de esta América, el que representará el regreso del general Juan Domingo Perón a la Argentina. Más que el triunfo del propio Perón, lo es del peronismo… El peronismo se ha transformado en una gran esperanza. La esperanza de todo un pueblo que se consideró ya ligado a la historia de otros pueblos del continente, inclusive, con pueblos más allá de este continente, junto con los cuales ha de luchar por cambiar una situación que les ha sido impuesta…”.

El legado de los gobiernos justicialistas fueron basamento y motor de la lucha por recuperar a Perón, siendo éste vector de la historia social argentina y significante de un proyecto pleno de liberación. Por otro lado estaba la praxis del movimiento obrero organizado y del peronismo todo, que posibilitó la toma de conciencia en los años de plomo, posteriores al ‘55, soportando una andanada de acciones impulsadas por el odio y la revancha.

Secuestro y profanación del cuerpo de Evita; Decreto 4161 -prohibiendo todo lo referente a Evita y Perón-; encarcelamiento y torturas de dirigentes sindicales y políticos; reapertura del Panela de Ushuaia, fusilamientos a Valle y a los participantes del Movimiento de Recuperación Nacional; Plan CONINTES; intentos de asesinato a Perón es su exilio venezolano; represión a huelgas y actos en plazas; anulación de las elecciones donde triunfó Framini; obstrucción de las listas con candidatos peronistas; impedir la prosecución del vuelo de Perón en 1964 desde Brasil; la Noche de los Bastones Largos; el Cordobazo; el Gran Acuerdo Nacional…

Acciones desesperadas desde el odio para anular al peronismo, atacando su base social e identitaria. Pero cuanto más fue hostigado, ¡más se fortaleció!

“Los yanquis, los rusos y las potencias reconocen a la libertadora ¡Villa Manuelita no!”. Quizás el hecho cultural que inició la Resistencia Peronista, la epopeya que marcó, como mito fundante, la conciencia de nuevas generaciones que repensaron su destino y miraron con mejores ojos a las masas que se identificaban con Perón.

Rumores, caños improvisados, pintadas nocturnas, grupos armados y atentados culturales con libros incendiarios de Hernández Arregui, Rosa, Chávez, Ramos, Scalabrini y Jauretche. La matriz de dependencia sería esmerilada por textos como molotov al centro de las dictaduras y por la organización d estudiantes y trabajadores.

Perón -desde su exilio en Paraguay, Venezuela, Panamá, República Dominicana y España- inició la batalla política desde la comunicación con cientos de cartas, cintas, discos, reportajes y documentales, como un proto Facebook y Twitter. Cual webmaster buscó organizar a sus seguidores e implementar una comunicación alternativa a la superestructura cultural hegemónica. Una guerrilla comunicacional adelantada décadas a la de Chávez.

Sostuvo: “Está implícito el deseo de realizar una unión a base de una solidaridad que impulsa a todos los dirigentes, tanto sindicales como políticos, hacia una grandeza y desprendimiento que permita asegurar una subordinación absoluta a las conveniencias del conjunto por el sacrificio de pasiones o intereses individuales. No se trata que gane o pierdan otros, sino de que el Movimiento pueda cumplir sus fines, porque de lo contrario, ningún peronista debe soñar en realizarse en un Movimiento que no se realice. (25 de septiembre de 1968).

Hubo dudas desde las altas esferas del gobierno militar sobre las intenciones de Perón, hasta que el dictador Alejandro Agustín Lanusse, en un duelo verbal con el líder justicialista, lo desafió a volver. El 27 de julio de 1972, en el Colegio Militar, lanzó su fanfarronada: “Si Perón necesita fondos para financiar su venida, el presidente de la República se los va a dar. Pero aquí no me corran más a mí, ni voy a admitir que corran más a ningún argentino, diciendo que Perón no viene porque no puede; permitiré que digan porque no quiere, pero en mi fuero íntimo diré porque no le da el cuero para venir”.  Completó el concepto en Confesiones de un general (1994): “Perón se mantendría a la distancia, pero nos e trataba de una distancia geográfica solamente: Perón había decidido ser distante, seguir en el Cielo, como Dios Padre, bendiciendo a todo el mundo. Desde ese discurso en el Colegio Militar, creo que me metí dentro de él. No quería hablar conmigo, pero yo entré en su cabeza y tuvo que comenzar a tenerme en cuenta como interlocutor interno. Su cuestión era conmigo”.

Sin entrar en analizar psicológicamente a Lanusse y sus inseguridades frente a Perón, lo cierto que al General, ¡sí dio el cuero!

“El peronismo se ha transformado en una gran esperanza”, como afirmó Cerrutti Guldberg. Esa unidad de concepción para la unidad de acción guió a miles de compañeras y compañeros, quienes posibilitaron que un 17 de noviembre de 1972, superando miedos y represión, se acercaran a Ezeiza para dar apoyo, cobertura y aliento a Perón. Del chárter, con representantes de la política y la cultura, emergió el Líder bajo el paraguas de Rucci y el amparo de su pueblo.

La lucha de 17 años, ante la imagen del exiliado, tuvo sentido. El sentir del pueblo quebró el desamor. Es ese momento los desposeídos fueron poderosos.

*Pablo A. Vázquez. Lic. En Ciencia Política. Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas