Entrevista a Matías Barroetaveña

¿Argentina tuvo en algún momento de su historia un proyecto de soberanía tecnológica?

Sí, nuestro país lo tuvo. Podemos decir que durante el yrigoyenismo, como durante todas las gestiones del peronismo (con la excepción de Menem) tuvimos proyectos nacionales que pusieron la soberanía entre sus prioridades. La soberanía tecnológica se ha expresado de forma diferente a lo largo de los años. A principio de siglo, suponía el desarrollo de sectores productivos como la industria del Petróleo. En los años 40 se produce, a partir de la necesidad de desarrollar un modelo de sustitución de importaciones, un cambio en el rol del Estado. Se vuelve más activo en el desarrollo de las áreas de ciencia y tecnología propias, impulsando un desarrollo científico soberano indispensable para el proceso de industrialización. Podemos mencionar aquí la creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) en 1950, la Universidad obrera, el Instituto Balseiro, y el Plan Quinquenal de Aeronáutica (1947-1951), vinculado al proceso de fabricación de aluminio cuyo emblema fue el Pulqui II. 

Desde el año 2003 se retoma esta mirada interrumpida con el golpe del 76. Se desarrollan los ARSAT, el Estado recupera el control de YPF, se dicta la ley de financiamiento de la educación técnica y surgen los planes de formación profesional sectoriales del Ministerio de Trabajo, entre otras iniciativas. Todo este desarrollo, bajo una mirada estratégica y un cambio de perfil de país, signado por la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología.

¿Cómo analizás la relación entre el sistema científico-tecnológico y las empresas de nuestro país? ¿Creés que debe fortalecerse?

Un primer vínculo es con las empresas públicas que fluye más fácilmente. Pero nuestro país se caracteriza, en términos comparativos, por una muy limitada inversión privada en ciencia y tecnología. Por eso, es muy importante el desarrollo de este vínculo con la institucionalidad pública. Es necesario tomar en cuenta que el sector privado no es homogéneo. Aproximadamente, un 20% de ese universo cuenta con inversiones y acceso a desarrollo tecnológico de punta que lo sitúa en niveles de relevancia global. Estas son las que mas fácilmente pueden aprovechar un sistema científico y tecnológico que se abre y las conecta. El restante 80% se divide en dos grandes grupos: la economía social de subsistencia que en general cuenta con escasa utilización de tecnología y las empresas que se vinculan exclusivamente al mercado interno, muchas de ellas pymes. Es en este último sector donde el desafío es más grande y donde es indispensable trabar un vínculo sólido con el complejo científico y tecnológico de nuestro país. Sin lugar a dudas, potenciar este vínculo permitirá insertarlas en el mercado internacional, lo que redundará inexorablemente en su crecimiento y consolidación.

¿En qué ámbitos la soberanía tecnológica está más consolidada en el país?

Creo que todavía tenemos una soberanía tecnológica limitada. Nuestra industria es muy dependiente de importaciones, lo que produce una estrangulación externa recurrente, por escasez de divisas, cada vez que la economía comienza a crecer.

La obsolescencia programada, las cadenas de valor globales imponiendo una distribución internacional del trabajo, la falta de financiamiento productivo por la no existencia de instrumentos regionales (como podría haber sido la Banca del Sur) o la destrucción de los existentes (el Banco Nacional de Desarrollo –BANADE- entre otros) consolidaron un atraso que puede pronunciarse en la fase actual de crecimiento de la robótica, la automatización, la inteligencia artificial y la digitalización si no se toman las medidas correspondientes.

Hay sectores que efectivamente se han incorporado a las sucesivas olas, como ser aquellas empresas vinculados al complejo agroindustrial, a la industria alimenticia, algunos laboratorios que han tenido desarrollos interesantes; y sin duda, INVAP, es el mejor ejemplo en esta senda.

La pandemia vino a profundizar el desarrollo del teletrabajo ¿Creés que es una buena oportunidad para generar más empleo o solo trae aparejado más precarización?

Las tecnologías no son buenas ni malas, siempre depende para qué se las utiliza. En una democracia son el Congreso y Ejecutivo quienes regulan las relaciones laborales. Es clave que la tecnología esté al servicio de generar empleo de calidad. Entiendo que los trabajadores de la Argentina han aprendido de los costos que implicó no ser protagonistas del cambio tecnológico en los años 90. Creo que la ley votada es un avance en ese sentido ya que regula una actividad que se viene desarrollando desde hace mucho tiempo. Después deben ser los sectores, en el diálogo social por medio de los convenios colectivos de trabajo, quienes pongan la letra chica. Se ha regulado la jornada laboral, el derecho a la desconexión digital, la igual remuneración, las tareas de cuidado y la reversibilidad por voluntad del trabajador.

¿Cuál es la situación actual y cómo debería regularse la relación entre las plataformas digitales y los servicios de reparto domiciliario para garantizar derechos laborales?

Es necesario avanzar en la regulación de la economía de plataformas. Hoy las relaciones laborales se rigen por la ley de contrato de trabajo y por lo tanto las empresas deberían registrar a los trabajadores. Las jurisdicciones deben controlar este cumplimiento. Existen experiencias internacionales de plataformas de cooperación que veo como un modelo a seguir. La regulación es imprescindible por tratarse en muchos casos de competencia desleal y por el impacto que tienen en cada uno de sus rubros y en la economía en general. Por ejemplo, si vemos el caso de AIRbnb observaremos cómo impacta en el precio de los alquileres y en el precio de la propiedad provocando gentrificación en los espacios urbanos.

*Matías Barroetaveña. Legislador CABA FdT- Director del Centro de Estudios Metropolitanos (UMET/UNAJ/UNAHUR) – Ex Secretario de Empleo de la Nación – Profesor UBA, Politólogo.