Era octubre y parecía mayo

Cuando en mi casa me ven compartiendo encuentros virtuales con los diversos y variados grupos de militancia peronista en los que participo,  compartiendo alguna reflexión o escuchando a compañeros y compañeras que enriquecen y aportan a una mirada sobre nuestro movimiento en estas difíciles horas que atraviesa la Argentina, me “gastan” diciéndome que mas que a un espacio político, pertenezco a una suerte de culto. No están tan alejados. Un culto se basa en una fe, en una creencia, sobre la cual se construye una cultura. Esa cultura ha formado el espíritu crítico de un pueblo. Lo ha alimentado en sus sueños, lo ha moldeado en sus intuiciones y lo ha puesto en marcha en procura de su grandeza y felicidad. Se llama peronismo. Y no tiene fin.  

El 17 de octubre de 1945, un pueblo que sintió en la piel, en su corazón y en su inteligencia que el general Perón podía ser el conductor de esa voluntad, de protagonizar la historia en libertad, de expresar una cultura que se pretendía mantener invisible e inexistente. Afloró en las calles como un torrente que asombró, que confundió y que cambió para siempre la historia política y social de la Argentina en favor de ese nuevo actor que fue y es el movimiento trabajador. El mensaje no era muy tortuoso, ni complejo. No era ningún compendio de política, ni una alquimia institucional que produjera mágicos resultados a partir de un invento legal novedoso. En la calle solo sonaba un grito, simple, práctico, popular: “queremos a Perón”. Y salió Perón al balcón. Un balcón que después de esa jornada, por una decisión profundamente histórica, nunca mas dejó de ser el balcón de Perón. Y la plaza nunca más dejó de ser la plaza en la que el pueblo toma sus decisiones más trascendentes. Después de ese 17 de octubre, una filosofía de vida, una cultura profundamente humanista y cristiana -y por tanto basada en el amor- se convirtió en el centro de la política nacional. Esa fecha fundacional se convirtió en símbolo (¡sí, un ritual!) de que en la democracia argentina es imposible no contar con el pueblo protagonizando decisiones políticas. Todo intento de retomar una democracia meramente formal, de cúpulas que deciden entre sí, sin tener en cuenta al pueblo, choca -tarde o temprano- con el tumulto poderoso de una comunidad que en el día a día se organiza en los barrios, en los sindicatos, en los clubes, en las sociedades de fomento; un pueblo que construye identidad, cultiva su fe fundante y cuando tiene que hacerlo, ni antes ni después, se vuelca a la plaza a mostrarnos el camino que no debemos olvidar.

El pueblo argentino, después de Perón, después del 17 de octubre, a pesar de todos los dolores, nunca abandonó su voluntad política. Nunca dejó -ni va a dejar- de estar presente para transmitir, para visibilizar y para imponer, desde la cultura popular, qué cosas sí y qué cosas no. Esa es la democracia que debemos comprender y transitar. Porque tenemos que caer de una vez en la cuenta que, en materia de comprensión histórica y política, el pueblo peronista está muy por encima de la dirigencia. Marca el tono, sostiene el rumbo y vuelca toda la energía necesaria, en el tiempo preciso. La oportunidad y la fuerza se convierten en arrolladoras. Transformadoras de todo statu quo. También del que se construye durante los gobiernos populares, en la comodidad de creer que siempre van a tener el voto por usar las imágenes de Perón y de Evita. Esa formación política, arraigada en el pueblo, del carácter popular, difundida por cientos de compañeros y compañeras que no cesan en su esfuerzo de organizar su comunidad en cada territorio (a los que hay que homenajear cada día), muestra un brillante uso de las formas y de los tiempos. Ello nació el día en que Perón, desde el balcón, el mismo 17, supo “interpretar ese movimiento colectivo como el renacer de una conciencia de los trabajadores”. El día que nos pidió que sobre la solidaridad entre los trabajadores y trabajadoras construyamos la unidad de todos los argentinos. Pero también fue tomando vida en cada una de las ocasiones en que a Perón y al peronismo fiel le tocó desarrollar e inculcar la doctrina en los corazones de su pueblo, haciendo notar que el verdadero protagonismo de la historia la tienen los pueblos. Alimentando y regando esa planta de la libertad, de la dignidad, de una voluntad popular que siente que esta llamada a ocupar el primer lugar de las decisiones importantes. Ese árbol que se sembró el 17 de octubre, dio frutos para siempre. Y debemos esperar que siga dando, porque este 2020 demostró que su vida, impulso y energía siguen vigentes y poderosos.

El pueblo espera lo mejor de quienes lo conducen: confía, apuesta y deposita su esperanza en los dirigentes. Porque sabe que el poder de esa esperanza es transformador y el gobierno, conduciendo el Estado, puede aportar mucho en garantizar más derechos, más comunidad, más libertad e igualdad, más justicia social. Pero si queremos trascender como gobierno, tenemos que estar a la altura de conducir ese torrente que vive en la comunidad organizada. No usarlo a favor de privilegios propios. No hay espacio para los que creen que por tener algún conocimiento teórico o académico o por haber sabido construir alianzas de poder, les está permitido usar la voz del pueblo en provecho propio. El pueblo, a los dirigentes, nos pide conducción. Fue lo que ocurrió este otro 17 histórico de 2020. Ante tanta agresión de los sectores económicos y mediáticos concentrados, que alimentaron el odio de las formas mas viles y que intentan explotar en su favor (para obtener más y más privilegios), los miedos de una población que transita esta desesperante situación de pandemia, aislamiento y parate económico generado en torno a decisiones que se tomaron para proteger la vida y la salud de las personas, el pueblo usó el 17 de octubre para recordar sus símbolos, para alimentar ese culto por la vida, por la salud y por la justicia.

Los dirigentes de nuestro espacio también deben sentirse interpelados por la sabia y contundente reacción popular, que se dispuso obedientemente (en el sentido de la fidelidad) a participar virtualmente de su plaza, con algo de resignación pero también con comprensión cabal de la realidad, y cuando los siniestros de siempre -los que persiguieron, desaparecieron, torturaron y mataron- pretendieron boicotear la plataforma virtual, inmediatamente se subieron en sus autos y fueron allí, al escenario de siempre, a mostrar que no hay forma de silenciar la cultura peronista. También allí estuvieron los compañeros trabajadores organizados, siempre intuyendo anticipadamente que para que se den las expresiones populares, hay que poner el cuerpo en la avanzada, hay que garantizar organización, presencia y protección.

Debemos estar a la altura de lo ocurrido este otro 17, esta otra gesta popular y patriótica. Saber  interpretar lo que ocurre, con la vista y la escucha puesta en el seno de la vida diaria y cotidiana; disponerse a ver, apreciar y decidir, con el pulso del pueblo. No encerrase en la agenda de los poderosos, ni en meras estrategias de supervivencia en los calientes despachos del poder. El pueblo nos pidió que vayamos al frente, que nos dispongamos a transformar de verdad, con imaginación y con la conciencia de que a las decisiones hay que tomarlas y sostenerlas. Creamos y confiemos en él y démosle su espacio. En este 17 de octubre el pueblo nos pidió política, nos pidió que dejemos de aislarnos en las planillas de Excel. Nos pidió construcción de poder junto al pueblo, con mucho diálogo y en paz. Después de este 17, el pueblo peronista, que puso el cuerpo en medio de la pandemia, va a mirar muy de cerca a aquellos que ocupan lugares en el gobierno y creen que es posible hacer un peronismo edulcorado, sin protagonismo popular, sin pueblo organizado, encerrados en el Estado y manejando sólo la lapicera burocrática. El que piense y actúe de esa manera, sepa que el sábado 17 de octubre de 2020, el peronismo entró a la cancha: una energía cultural que quiere a todos y a todas en la historia, que no admite ni excluidos ni injusticia. Debemos decir gracias al pueblo peronista por su conciencia nacional, por su manejo de la economía de fuerzas, por su sabiduría y por su compromiso con el destino de una Argentina grande. Y por estar siempre, en las fáciles y en las mas difíciles.

*Mariano Pinedo. Ex diputado de la provincia de Buenos Aires y actual titular de la Unidad de Asuntos Legislativos del Ministerio de Justicia de la Provincia de Buenos Aires.