Espías vascos, durante la II Guerra Mundial y el primer peronismo, en Buenos Aires

Tras la II Guerra Mundial, el 15 de febrero de 1946, a casi una semana de las elecciones presidenciales en nuestro país donde se impondría al tiempo Juan Perón como primer mandatario, “840 hombres fueron embarcados en el trasporte militar británico Highland Monarch, amarrado en la Dársena Norte del puerto de Buenos Aires. El coronel inglés D. J. W. Bingham verificó personalmente la identidad de todos ellos, divididos en un grupo de 811 prisioneros de guerra que habían tripulado el acorazado alemán Graf Spee, y otro de 29 espías nazis, entre estos últimos cinco españoles”.

Esta cita del trabajo de Rogelio García Lupo, Últimas noticias de Perón y su tiempo (2006), dio el detalle no sólo de la existencia de espías españoles trabajando para el III Reich en el Río de la Plata, sino que agrega el hecho que fueron descubiertos por la red de espías vascos dependientes del Partido Nacionalista Vasco (PNV) en el exilio.

¿Cómo se dieron estos hechos? En la península ibérica, por Euskadi, como señaló Richard Robinson en La República y los partidos de derecha, dentro de la obra de Raymon Carr, Estudios sobre la República y la guerra civil española (1985): “El PNV había sido fundado en la primera década del siglo; nutrieron sus filas grupos procedentes del carlismo convencidos de que este movimiento había dejado de ser útil para la defensa de los antiguos derechos y costumbres (fueros) vascos frente a los gobiernos de Madrid. Lo dirigía ahora un joven futbolista, José Antonio de Aguirre, quien describía a su partido como una agrupación de católicos viriles e íntegros”.

Tras la instauración en 1931 de la II República Española hasta el alzamiento en 1936 de los nacionalistas del general Francisco Franco contra el gobierno de Manuel Azaña la cuestión vasca fue particular. Por un lado un pueblo orgulloso de sus tradiciones milenarias y su sentido de Nación unido a la fe católica podría emparentarlo con la derecha – el carlismo, la otra expresión política de envergadura en Euskadi, juntó muchos adeptos más sus “requetés” con Fal Conde al golpe de los generales Mola, Franco y demás -; pero, por otra parte, el ansia de lograr su autodeterminación situó al PNV en la esperanza que la izquierda republicana les otorgase su autonomía.

Pierre Vilar en La guerra civil española (1986) detalló: “… el nacionalismo vasco mantuvo relaciones ambiguas con la República de 1931… los viejos carlistas, no amaban precisamente a los Borbones reinantes… y desde el 17 de abril el PNV irá reuniendo en Guernika representantes de los municipios para proclamar la República vasca”. La izquierda era favorable a la autonomía vasca, pero “(Indalecio) Prieto, diputado socialista y ministro de la República, se sintió inquieto ante un “Gibraltar vaticanista en el norte de España” y, cuando las Cortes constituyentes votaron el principio de una legislación laica a la francesa, los diputados del PNV abandonaron la asamblea con los partidos de derecha… Pero cuando aquellos partidos de derecha llegaron al poder en 1934 – 1935, su hostilidad hacia las autonomías en general, su boicot al proyecto de estatuto vasco… acercaron sensiblemente el PNV a los partidos de izquierda”.

El triunfo de Franco implicó el exilio de la dirigencia del PNV, establecer un gobierno provisorio en París, abrir delegaciones en Europa y América y apoyar, en la II Guerra Mundial, a la causa Aliada, tal como expresa el PNV en su página web oficial.

Si en Europa el Servicio de Informaciones del PNV se relacionará con el espionaje británico y la resistencia francesa, en Norteamérica, tras la residencia de Aguirre y de miembros de la cúpula del partido en New York desde 1941, estrechará sus vínculos con el Ejército (la división de inteligencia G-2), el Federal Bureau of Investigation (FBI) y la Office of Strategic Services (OSS), esta última antecedente de la CIA.

David Mota Zurdo, en Aliados de conveniencia: el servicio vasco de información y la acción exterior pro estadounidense vasca en Latinoamérica (2018), detalló: “Durante estos años, la delegación vasca en Nueva York fue el eje sobre el que pivotaron todas las actividades políticas vascas en América. Gracias a los marineros vascos que trabajaban para los Servicios, la delegación pudo informar a las agencias de espionaje británicas y estadounidenses de lo que sucedía en los buques españoles. De hecho, para estas labores, el lehendakari (Líder) Aguirre organizó durante estos años el Basque Ship Observers Scheme, un sistema de vigilancia de buques mercantes compuesto por agentes de los Servicios y marineros vascos partidarios del Gobierno de Euzkadi.”

Efectivamente, la pericia de los marinos vascos en tomar detalles e informarlos a los miembros del PNV, y éstos a los EE. UU, fue muy útil, en particular en Latinoamérica. A ello se sumó la gira de Antón Irala, autoridad del PNV, por varios países del continente americano, para relevar el trabajo de la “red”. En 1943, Irala visitó México, Colombia, Venezuela, República Dominicana, Perú, Argentina y Chile, países con células activas para darles instrucciones y adquirir información. Dicho dirigente, a su vez, presentó un informe de sus impresiones y datos a la OSS.

En cuanto a nuestro país, siguiendo a Mota, Irala previamente “se entrevistó con el FBI y con el Ejército para llegar a una colaboración más estrecha, que evitara los obstáculos a los que José María Lasarte –director del Servicio Vasco de Información– había tenido… Los Servicios (vascos) llegaron a un acuerdo de colaboración con el FBI y el Ejército, al que se sumó la BSC británica, para compartir equitativamente información sobre labores de contraespionaje en los buques españoles, las actividades enemigas en Argentina y las condiciones sociopolíticas en España. No obstante, la falta de financiación para continuar con estas actividades clandestinas obligó a Lasarte a crear una organización llamada Estudios económicos vasco-argentinos, una tapadera necesaria para preservar la labor de los agentes vascos, temerosos de que el régimen pro-nazi (sic) del General Pedro Pablo Ramírez pudiera actuar contra ellos. A través de este organismo, despejaron sospechas sobre sus actividades, siendo uno de los pocos grupos que continuaron con su labor de forma normalizada. Lo hicieron, de hecho, a través de la editorial Ekin, el diario Euzko-Deya, los clubs vascos, los grupos artísticos y las asociaciones corales, utilizadas para establecer contacto con el FBI sin levantar sospecha”.

A eso se sumó una valoración exagerada de Irala pero que sería de vital importancia para los yanquis en la posguerra: el peligro comunista en Latinoamérica. Para este dirigente, según Mota: “El comunismo estaba calando progresivamente en Latinoamérica con un discurso que defendía la justicia social, reivindicaba el papel de las poblaciones indígenas, criticaba a las democracias y al imperialismo económico estadounidense, y exaltaba el papel de la Unión Soviética en la guerra, contraponiéndolo a unos Estados Unidos reaccionarios y fascistas. En definitiva, según Irala, este movimiento era igual de peligroso que el falangismo, el nazismo o el fascismo, con la diferencia de que este venía avalado por la Unión Soviética. Por este motivo, no lo dudó y ofreció el Servicio Vasco de Información a los norteamericanos”.

De este modo, Lasarte se disponía con su red a espiar, amén de a los agentes del Eje, las actividades comunistas en Latinoamérica, en particular la de los exiliados republicanos, antiguos aliados al PNV y sufrientes como su grupo vasco de la persecución franquista, pero primaba más el temor a la expansión bolchevique, haciendo punta en la base operativa de la capital argentina. “El FBI acordó con los Servicios (vascos) que informaran de las actividades comunistas en Latinoamérica, siguiendo de cerca al exilio republicano español. A tal efecto, Lasarte – según Mota – creó una red de información en Argentina, encargada de infiltrarse en los círculos políticos, económicos y religiosos, con vistas a una posible ampliación de estas labores a Bolivia, Uruguay, Paraguay y Chile. En apenas unos meses, la inteligencia vasca pasó de informar exclusivamente sobre los movimientos y operaciones de los nazis en los buques españoles a investigar las actividades comunistas de sus compañeros de exilio”.

Tras la capitulación alemana y japonesa, el éxito de dicha red en estas tierras fue “el completo desmantelamiento de una red de espionaje nazi y el descubrimiento de sus ayudantes falangistas en Buenos Aires”, tal como testimonió el agente vasco Andoni Astigarraga, responsable del servicio de inteligencia vasco, primero en Caracas, y luego en Buenos Aires. Astigarraga supervisó el espionaje vasco anticomunista durante los años de las presidencias de Perón. A pesar que las vinculaciones de la Iglesia Católica y el peronismo eran fuertes, Astigarraga, presidente de la Confederación de Entidades vascas en América (CEVA) y militante anticomunista, desconfiaba del mensaje “antinorteamericano”, sobretodo el de Eva Perón y de la presencia de ex socialistas y ex comunistas en el nuevo movimiento político argentino, amén de la confraternidad entre Perón y el régimen franquista, aun cuando los Estados Unidos se “arreglaron” con el Caudillo Francisco Franco en 1950.

Finalmente dicha red de espías vascos se refugió, según García Lupo, “en la Agencia Católica Argentina (AICA), cuyo director, (fue) el vasco Andoni Astigarraga (…)”. Y, oh sorpresa, ante el conflicto de Perón con la Iglesia dicha “red” colaboró activamente con los instigadores del golpe cívico militar de la Revolución Libertadora, según José Azurmendi Badiola en ETA – PNV: Crónica Oculta 1960 – 1979 (2012), ya que el propio Astigarraga fue informante de la Marina, como uno de los 700 nombres del personal civil del Servicio de Inteligencia Naval (SIN). En el fatídico 1955 la “AICA había distribuido – corroboró Lupo – material informativo contra el régimen peronista, que ese mismo año fue derrocado por los militares”.

*Pablo A. Vázquez. Politólogo. Docente del INCAP. Miembro de los Institutos Newberiano, Evita, Güemesiano de CABA, y Juan Manuel de Rosas.