Falstaff, Lo lumpen como cool

A menos de cinco minutos luego de comenzada la primera parte de Enrique IV, William Shakespeare nos introduce a una de sus criaturas más entrañables: un noble corpulento, barbudo, divertido, cobarde, disoluto, aficionado al jerez añejo, a los banquetes pantagruélicos, a los burdeles y también a organizar saqueos en algún cruce de caminos, durante la madrugada, a desprevenidos viajantes. Bufón de una banda de marginales y vivillos, el hedonista Sir John Falstaff se autoproclama mentor y padre sustituto del heredero al trono de Inglaterra, el díscolo y malentretenido Príncipe Hal. Primogénito del dudosamente legítimo monarca, quien, mediante la cooptación de un Parlamento aún débil, logra la abdicación de su predecesor Ricardo II y se hace de la corona, el Príncipe disipa sus días –y noches- en sórdidas tabernas y malas compañías. El Enrique IV real hubo de reinar entre 1399 y 1413, aquél período de la Baja Edad Media cuando la Corona Inglesa gozaba de notable capacidad de influencia, poder y control sobre la nobleza, además de un gran patrimonio. Época aquella cuando la Gran Cadena del Ser, el paradigma hegemónico que ordenaba a toda la Creación de un modo vertical y jerárquico – justificando así la creencia de que los y las monarcas eran ungidos por la mano de Dios- gozaba de buena salud. Pero 185 años después, en 1597/8, cuando Shakespeare escribe la saga, las cosas habían cambiado, y mucho. En efecto, el siglo XVI marca el comienzo de la Edad Moderna europea, signada por la decadencia española, las aspiraciones de hegemonía francesas, la expansión comercial de los Países Bajos y la emergencia de una Inglaterra como gran potencia política y económica, ya conformada de acuerdo a un nuevo modelo de Estado: la sólida monarquía parlamentaria. El rígido ordenamiento de la Cadena del Ser comenzaba a fisurarse. Una nueva clase en ciernes, la burguesía, pugnaría culturalmente por instalar un nuevo paradigma: el hombre que se hace a sí mismo. Este conflicto contemporáneo a Shakespeare atravesaría su obra completa, sin importar si los argumentos acontecían en la Roma Antigua, en el Egipto de Cleopatra, durante la Guerra de Troya o en la propia Historia inglesa tomada por el Bardo de las Crónicas de Inglaterra, Escocia e Irlanda escritas por Raphael Holinshed. El noble como actor político y social se iba debilitando rápidamente, así como su tradicional escala de valores. Los títulos nobiliarios eran ahora una mercancía más, pasible de ser comprada; el modelo a ser emulado, Francis Drake, era un traficante de esclavos y corsario –o pirata-, nombrado Sir por Isabel I, terror de los mares y pesadilla de los españoles. Una nobleza de sangre azul en decadencia perdía su lugar y pululaba a lo largo y a lo ancho del Reino. Su sitio era vertiginosamente ocupado por la nueva legión de snobs enriquecidos. Tres siglos más tarde, los Falstaff franceses pasaban a engrosar esa masa informe, difusa y errante, codo a codo con libertinos arruinados, vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa y de presidio, timadores, saltimbanquis, carteristas y rateros, jugadores, dueños de burdeles, mendigos, en fin, toda esa bohème francesa con la que Luis Bonaparte habría de formar su fuerza de choque. Karl Marx caracteriza así a esa sub-clase, el lumpemproletariado de París que, bajo la fachada de una sociedad de beneficencia, se organizaba en reuniones secretas dirigidas por agentes para propiciar el ascenso de Bonaparte mediante el golpe de estado del 2 de diciembre de 1851. Shakespeare no vislumbraba -ni tenía por qué hacerlo- la entrada en escena del proletariado como actor protagónico de la Historia futura. Sin embargo, supo bosquejar magistralmente a ese proto-lumpen en su estadío temprano de modelo mimético, de figura a ser copiada.
Acuñado por Karl Marx y Friedrich Engels a mediados del siglo XIX en La ideología alemana, el término lumpemproletariado aludía a aquel grupo social eminentemente urbano cuya subsistencia dependía de actividades deshonestas o delictivas, de la caridad o de los recursos que otras clases desechaban. Sector que vivía en condiciones muy inferiores a las del proletariado, el –o la- lumpen no poseía medios de producción ni aportaba fuerza de trabajo. Caracterizado por su improductividad y susceptible de ser cooptado por las clases dominantes para apoyar sus proyectos a cambio de asegurar su propia supervivencia, aparecía por completo desprovisto de conciencia de clase. El contexto latinoamericano de dependencia recurrente inaugura en los años ’60 del pasado siglo el neologismo lumpenburguesía para hacer referencia a las diferentes élites locales cuya falta de auto-conciencia y extrema codicia hacen perpetuar el lazo con los explotadores históricos de recursos, es decir, los amos coloniales, también artífices de culturas a ser impuestas. Burguesía especuladora y, por tanto, improductiva, que, cercana al lumpen en su equivalente carácter parasitario y extremadamente individualista, establece con éste una relación especular. Esta suerte de aristocracia financiera se constituye, tanto en sus placeres como en sus métodos de adquisición, en la reencarnación lumpen surgida en la cima de la sociedad burguesa. Tal combinación forma un grupo políticamente peligroso. La fuerza de choque bonapartista se traduce hoy en patotas cooptadas por el poder, siempre listas a transformarse en instrumentos propicios para ir en contra de cualquier movimiento de clases u organización trabajadora. El capitalismo post-industrial produce el fenómeno de que, de la mano de la pérdida de innumerables puestos de trabajo, las masas van perdiendo interés en proyectos revolucionarios. Las clases medias se empobrecen y la vieja clase obrera tiende a declinar, aumentando la desigualdad y signadas por la angustiante incertidumbre laboral, la pérdida de derechos sociales otrora conquistados, la disolución de ámbitos y lazos de pertenencia. Lumpen, en alemán, significa andrajo. Efectivamente, el estrecho tejido social se va desintegrando paulatinamente. La Gran Cadena del Ser finalmente da paso al hombre que se hace a sí mismo. La Historia nos enseña que los diferentes paradigmas hegemónicos van caducando. Tan temprano como en los convulsionados tiempos de la década de 1940, el psicoanalista Erich Fromm da cuenta de la tensión entre dos orientaciones: la del ser y la del tener. Lo que sostenía en su argumento era que, en su contemporaneidad y en Occidente, el hombre se había habituado a una premisa: “quien no tiene, no es”, reivindicando y alentando a recuperar –antes de que sea demasiado tarde- la cultura del ser. A pesar de las experiencias de post-guerra protagonizadas por los Estados de bienestar, donde el eje trabajo/producción conllevaba a una expectativa concreta de una movilidad social ascendente, articulada por potentes políticas estatales y sólidas instituciones contenedoras, la fascinación que el público tenía por los márgenes redituaba enormes dividendos a las mayores industrias culturales con indiscutible poder de penetración a nivel mundial. La cultura de masas norteamericana –y no solamente el gangsta rap-se ha venido superpoblando, no sin resistencia al principio, de representaciones de lo lumpen. Actividades relacionadas con el crimen organizado reflejando, a veces abiertamente y sin soslayo, el rol de la mafia en la economía yanqui, con un Hollywood ávido de enormes influjos de capital que termina cediendo a la presión de sus gansters financistas y abandonando el arte en favor de productos que apelaban a un espectador-consumidor promedio, parecen haber sido el tema favorito, a veces mediante creaciones notables, a veces no. La era post-industrial impone el modelo del emprendedor salvaje, casi feral: operadores en mercados negros, barones de la droga, mafiosos aggiornados, unidos por el común denominador de algunas características: vulgaridad extrema, codicia insaciable, ostentosísimos estilos de vida, nihilismo militante, inmediatez. Tal los nuevos modelos a ser emulados: personajes absorbidos en sí mismos, brutales culturalmente y, por sobre todas las cosas, esencialmente competidores y anti-políticos. Como dice el filósofo Zygmunt Bauman: “Los afectados por el virus del lumpemproletariado espiritual viven en el presente y por el presente. Como el mundo no es para ellos algo de su propiedad, no ven nada de malo en explotarlo para su voluntad”. Y ello, precisamente, reflejan las múltiples pantallas, empujando masivamente a la copia de un deseo insaciable de tener, porque tener terminó siendo ser. Fromm nos lo había advertido.
Hal abandona a su secuaz favorito en el momento mismo en que es coronado. Su padre ha muerto y él tiene por delante una tarea titánica: legitimar su reinado e instaurar la dinastía de los Lancaster. Sus súbditos debían tomarlo como un espejo en el cual contemplarse. Ahora es Enrique V. Ya no hay lugar para rufianes y malandras que puedan ensombrecer a su luz. Falstaff acabará muriendo de pena. Ha sido dejado a un lado por su golden boy. Cuenta la leyenda que la propia Isabel I pidió a Shakespeare revivirlo, tanto lo extrañaba. Para 1991, el gran cineasta Gus Van Sant lo hace, en la estupenda Mi mundo privado. Sir John es, en la película, un traficante de drogas de poca monta, cocainómano y líder de una banda de menores entregada al rateo y a la prostitución. El proto-lumpen concebido por Will había cerrado el círculo. Para aquel entonces, la implosión de la Unión Soviética inauguraría un mundo sin parangón en la Historia y tal como escribe Eduardo Galeano, la imagen única sería la encargada de reemplazar al partido único. La jerga tumbera se hace mainstream entre generaciones más o menos acomodadas y el coqueteo con la marginalidad deviene en cool, aquí y en el mundo entero. Y en mayor o menor medida e intermitentemente, lo lumpen nos aguarda, acechante, en cada cruce de caminos. Por una de esas, hasta encuentra la ocasión de agarrarnos desprevenidos.

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