Forster: «Creo que estamos en medio de una profunda descomposición civilizatoria”

En diálogo con Dante Palma, el filósofo recordó a José Pablo Feinmann y además reflexionó sobre los episodios de violencia que se suceden a lo largo del mundo y la posibilidad de la reedición de una hegemonía de gobiernos populares en la región

Sé que no estás pasando por un buen momento por el fallecimiento de José Pablo Feinmann… contame lo que vos quieras, algún recordatorio de él, de tu relación con él…

Sí, por supuesto, iba a empezar por José Pablo… bueno, se fue este año yo diría que una generación. La muerte primero del inconmensurable Horacio González y ahora la de José Pablo y previamente la muerte también de Alcira Argumedo, marcan el final de una generación extraordinaria, el final físico porque está la obra de cada uno de ellos, de una generación tremenda de la vida argentina que se formó en los años 60, en las lecturas tanto de los autores nacionales como de Sartre y Crítica de la Razón Dialéctica. José Pablo era un lector y admirador hasta el último día de su vida de la obra de Sartre. Una generación que abrazó la experiencia del peronismo bajo la lógica de la expectativa revolucionaria de los años 60 y 70 que se comprometió profundamente con la vida argentina, que tenía una amplitud que llevó a una persona como José Pablo a escribir de una vastedad de temas que abarcan la filosofía, su obra literaria, su novelística, su obra ensayística, su pluma ha sido una de las plumas del ensayo argentino y de la gran tradición del ensayo argentino sin ninguna duda, los debates que abrió con Filosofía y Nación, su obra gigantesca sobre el peronismo, sus novelas tan vinculadas a su propia experiencia existencial como La Astucia de la Razón o La Crítica de las Armas. José Pablo fue también parte de las cátedras nacionales… La verdad es que uno se siente más pobre, hemos compartido y vos eras parte de esas cenas allí del grupo Urondo que durante muchos años tuvimos la dicha y el privilegio de tener en esa mesa a dos extraordinarias figuras de la vida cultural, política, argentina como Horacio González y José Pablo. La verdad es que la experiencia de perder un amigo es quizás uno de los momentos más dolorosos de la vida porque la amistad es quizás una de las pocas cosas que permiten seguir teniendo confianza en el ser humano. Amor y amistad me parece que son dos modos de lo humano que todavía expresan que hay algo de la humanidad que sigue siendo valioso y lo digo pensando en José Pablo que en los últimos años tenía una mirada muy escéptica, muy pesimista, que miraba a la sociedad con un dejo de nostalgia por otros tiempos pero que era parte como él decía también de una generación que había soñado mucho y que ninguno de sus sueños se habían cumplido. Yo no sería tan duro porque creo que la generación de José Pablo, esta generación de la que te estoy hablando, dejó un tesoro de ideas para las generaciones siguientes de lectores que van a seguir leyéndolo, de discusiones memorables, en fin, la vida que pasa y que nos toca de esa manera y un año, 2021, donde la pandemia hizo muchísimo daño.

José Pablo trabajó mucho la cuestión de la violencia, una violencia distinta, estamos hablando de los años 70 particularmente pero lo que estoy observando es que hay como un mundo en efervescencia seguramente vinculado también a la cuestión de la pandemia y hay grados de violencia importantes. Por supuesto que no todo es lo mismo pero vemos que esto sucede en Europa con los antivacunas pero de repente también puede suceder acá en Chubut con grupos ambientalistas. Son diferentes grupos que finalmente tienen reivindicaciones particulares y donde a partir de esos reclamos producen y/o padecen también la violencia. ¿Vos a qué lo atribuís este fenómeno?

Creo que estamos en medio de una profunda descomposición civilizatoria, una profunda crisis donde miedo y resentimiento ocupan un lugar clave en la vida cotidiana. Sociedades que están atravesando un momento de gran desconcierto, de gran incertidumbre, caída en picada de vastos sectores de las clases media que han perdido la garantía de que sus hijos iban a vivir mejor que ellos, eso es muy claro por ejemplo en la experiencia europea en países como Francia, Italia, España. Creo que el capitalismo en su fase hiperneoliberal, incluso habiendo atravesado del peor modo la pandemia, lo que hace es poner en evidencia un tipo de vida histórica agotada, en crisis pero sin que el horizonte sea claro. Fijate que la generación de la que hablábamos pensó la utopía como parte de la voluntad transformadora del mundo y la actualidad ha convertido la utopía en un tema de estudiosos del pasado y hoy es básicamente un dispositivo distópico el que domina la percepción del tiempo y ya no del futuro sino del presente, es decir, una sociedad que ha hecho pedazos el futuro y que amenaza también con licuar el pasado, convertirlo solo en pieza de museo, se queda en un presente continuo y el presente continuo es angustiante, es una sensación de que nada dura, de que todo puede terminarse en un instante. Agregale a eso la catástrofe ambiental, agregale la crisis de las formas de vida urbana que puso en evidencia la pandemia, el miedo generado por la propia pandemia, el surgimiento que no es nuevo pero que explotó en los últimos años de corrientes de extrema derecha que algunos llaman neofascistas, posfascistas o como queramos llamarlo con complejidades diversas pero que expresan en gran medida esta crisis, hay una crisis también de la estructura valorativa de la sociedad. No hay una respuesta lineal, lo que hay es claramente un momento histórico a nivel global y en el caso argentino con las especificidades propias de la Argentina que plantean una gran incertidumbre, que plantean una descomposición de la vida social, de los vínculos sociales, una hipérbole radicalizada del individuo como un centro absoluto de la vida y del mundo que a su vez se reduce a ser un individuo, cuando puede, solo hiperconsumista, egoísta y autorreferencial. Mañana se cumplen 20 años del 19 y 20 de diciembre de 2001 y ahí también se desencadenó una violencia que entre otras cosas generó una represión brutal con, creo, que 39 muertos si mal no me acuerdo. Quiero decir la violencia es una pasajera de la historia humana, eso es así, es parte de la cultura, está metida de cuajo en la estructura del inconsciente si querés también, pero lo que uno ve ahora es un tipo de violencia que tiene características muy ligada a esta lógica de los resentimientos, incluso la violencia fue el gran debate de la generación de Horacio y de José Pablo, la violencia de la revolución era pensada como un proyecto histórico que en realidad lo que hacía era abrir la posibilidad de una sociedad mejor. La violencia que hoy estamos viviendo tiene mucho de anómica, de descentrada, de oscura, de violencia negra, violencia descalificadora como fue en gran medida la violencia fascista allá en el tiempo en que el fascismo devino en una máquina genocida. Entonces me parece, no sé si soy más confuso que claro, que todas estas cosas se arriman para tratar de entender un poco qué le está pasando a la sociedad, qué le está pasando al individuo en un tiempo tan destemplado como el que estamos viviendo en estos días.

A partir de esto que estás comentando me hiciste acordar, hace unos meses charlamos acá con Jorge Alemán a propósito del libro que él había sacado, Ideología, y una de las cosas que a mí me interesaba era que él decía algo así como que en cierto modo no tiene sentido dar ya la batalla cultural porque la derecha no disputa el sentido, ni siquiera le interesa hacerlo a la derecha. Y yo le preguntaba si finalmente a veces los sectores de izquierda y nacionales y populares muchas veces también, caen en esa especie de desprecio hacia la cuestión del sentido. ¿Cuál es tu reflexión al respecto?

Creo que es cierto que cierta derecha lo que hace es quedarse en la pura forma convirtiéndola en espectáculo. La derecha trabaja con el espectáculo, trabaja con el golpe bajo, trabaja con esa cosa hiperbólica de radicalizar todo y llevarlo al punto imposible, la lógica de una retórica descalificadora, brutal, fake news, la no verdad, todo lo que ya sabemos de un tipo de dispositivo que se mueve como pez en el agua sobre todo en el mundo digital, en las plataformas, en el anonimato, una especie de tsunami cloacal que invade cotidianamente la vida de los seres humanos. No estoy tan seguro y lo conversamos mucho con Jorge, hace ya muchos años que venimos conversando, no estoy tan seguro que no haya posibilidad de dar una disputa cultural, es más, creo que es la única posibilidad que nos queda en verdad. Dar una disputa cultural no significa sentarte en la misma mesa con un Milei porque ahí no hay nada que discutir justamente porque la gimnasia retórica de Milei apunta a no generar un debate sino a invalidar toda posibilidad de debate descalificando al otro, gritando, haciendo una performance, es otra historia. Yo creo que es necesario discutir sentido común, discutir las formas actuales de subjetivación, el problema para mí más grave es que el pensamiento de izquierda, nacional popular, como queramos llamarlo, que en otras épocas era la vanguardia, no en el sentido de la vanguardia iluminada sino de la vanguardia en el sentido estético del término, la innovación, la invención, la trasgresión, la rebeldía, hoy se ha anquilosado, estamos anquilosados, hablamos con una retórica que no logra renovarse, inventarse, tener potencia. Creo que la escases de nuestro discurso es lo grave en términos de lo que hoy hay que construir para recuperar en parte una tradición que tiene que reinventarse porque todas las injusticias del mundo lejos de desaparecer se han profundizado y los mandatos éticos siguen vigentes frente al horror de la desigualdad planetaria y a lo que se le agrega también algo que yo creo que debe ser muy importante en una profunda revisión de nuestras tradiciones que es lo ecológico, lo ambiental, la cuestión de la sobrevida de una humanidad que está caminando a paso ligero hacia la autodestrucción. Entonces creo que todo eso tiene que ser parte de una refundación de lo político también porque todo confluye en esa lengua que para mí sigue siendo indispensable que es la lengua política que es una lengua de la emancipación, del debate, de las ideas, de la acción pero que también atraviesa las penurias del capitalismo y su forma neoliberal contemporánea. Así que no sé si hay en esto una respuesta lineal.

Días atrás cuando escuchaba el discurso de Lula en Buenos Aires me llamaba la atención cuando él empieza a hacer el rastreo de los presidentes que tenía Latinoamérica cuando gobernaba. Por lo menos a mí me sorprendió porque no tenía en el plano tan consiente lo que había sido esa época. Ahora, mañana hay elecciones en Chile, podría ganar Lula el año que viene, ¿vos creés que es posible en algún sentido reeditar lo que fue ese contexto nacional y popular, de izquierda, latinoamericano a partir del próximo año o creés que finalmente eso es imposible de reeditar y que en todo caso estos nuevos procesos tienen menos potencia que los anteriores?

A ver, todos esperamos que mañana Boric frene algo que sería terrible que es el triunfo de un personaje siniestro como Kast porque que triunfe alguien que viene de lo profundo de la extrema derecha con una genealogía nazi en su propia historia familiar y a la derecha de Pinochet es de una gravedad inusitada después de lo que atravesó Chile con las grandes movilizaciones de 2019 y el triunfo de la izquierda en la Constituyente, sería una tragedia política continental. Ponemos una fecha hoy y ponemos una fecha muy importante en la posibilidad de que Lula recupere el país más importante de América Latina como es Brasil en el aspecto no solo económico, demográfico, territorial, lo que significa Brasil es enorme, sin Brasil esos 15 años iniciales del siglo XXI no hubieran sido posibles de la misma manera. Las cosas no se repiten, allí se dieron unos liderazgos únicos, una confluencia de hombres y mujeres que pocas veces la historia genera en un mismo contexto y una misma zona geográfica. Chávez, Lula, Néstor, Cristina, Correa, Evo, personajes como el Pepe Mujica, la verdad es que es casi una selección de lo mejor de los liderazgos latinoamericanos en un tiempo donde Estados Unidos atravesaba su propia crisis del 2001, miraba hacia Oriente, tenía otra perspectiva y de alguna manera América Latina salía de la noche neoliberal de la que la Argentina había salido con el estallido del 2001 y cada uno de esos países recuperándose con gobiernos populares. Por supuesto que sería un paso gigantesco que gane Boric en Chile, que gane Lula en Brasil y que se haga un eje de construcción compartida desde el norte con López Obrador en México hasta la Argentina con Alberto Fernández y Chile, Brasil, Bolivia acompañando, Perú trastabillando pero estando más cerca y más protegido si llega a ganar Lula en Brasil y Venezuela seguramente con más chance de salir de esa situación tan difícil en la que se encuentra, la pobre y pequeña Honduras sufrida que también ha tenido un resultado electoral importante. Entonces tengo expectativas por supuesto para imaginarnos un cierre del año que viene potente y que le dé de vuelta a la región un protagonismo que ha perdido dramáticamente en estos últimos años y que se reconstituya una idea de unidad pero me parece que esa épica y esa intensidad de la primera oleada de la década y media de comienzos del siglo XXI va a ser difícil de repetir.