Francisco y el anuncio de una nueva era

*Publicado originalmente en https://fernandezbaraibar.blogspot.com/

El Papa acaba de hacer un impactante discurso en la OIT, del que nuestro amigo Gabriel Fernández ha hecho un excelente comentario (aquí). La concepción filosófico-teológica que las palabras de Francisco encierran no son algo nuevo en la Iglesia Católica. En realidad, esas ideas han nutrido lo que se conoce como Doctrina Social de la Iglesia desde los tiempos de la Rerum Novarum de León XIII. La idea del derecho de propiedad como un derecho natural secundario, “que depende del derecho primario, que es la destinación universal de los bienes” está en el pensamiento católico desde Santo Tomás de Aquino (1224-1274), quien lo recibió de una tradición filosófica anterior, con autores como San Isidoro de Sevilla (fallecido en el año 636 DC), o sea, tienen ya 1400 años de existencia. Cosas parecidas, de una u otra manera, han expresado los Papas que ha conocido mi generación. Juan XXIII, Pablo VI, incluso Juan Pablo II han sostenido en sus encíclicas y pronunciamientos sociales afirmaciones similares, basadas, por supuesto, en la misma fuente. Santo Tomás de Aquino es, desde hace por lo menos dos siglos, la principal autoridad filosófico-teológica de El Vaticano. Por rutinaria que sea la enseñanza en los seminarios católicos, la abrumadora Suma Teológica del obeso pensador medieval es la bibliografía principal detrás de esos estudios.

¿Por qué suena tan terrible en boca de nuestro vecino de Flores?

¿Por qué han salido, como hormigas de un hormiguero pateado, una pequeña multitud de escribas y tinterillos con impostada voz de sacristía a escandalizarse por los conceptos de Francisco?

¿Qué dijo de nuevo o de raro o de herético?

Sin ser especialistas en materia religiosa, diremos que nada. Todo lo que ahí se dijo esta en las vastas bibliotecas de la mejor ortodoxia católica y romana.

No obstante, el efecto de sus palabras ha sido arrasador. Y creo que hay dos razones fundamentales para este impacto

En primer lugar, porque Francisco, el padre Jorge Bergoglio, viene de un país en el que el peronismo convirtió esos principios en política identitaria y de estado. Y su compromiso con eso principios no es sólo declarativo. Los ejerció en la medida de sus posibilidades en cada una de sus funciones jerárquicas eclesiásticas. Su simpatía por el peronismo, por el movimiento sindical argentino y su labor entre los más pobres y desheredados de su país lo acompañaron a su alta magistratura. Esa concepción social de la propiedad, esa preeminencia del destino universal de los bienes por sobre su apropiación privada, fue una política sostenida por millones de sus compatriotas y que, como digo, ha dado identidad al sobreviviente más antiguo de los movimientos de liberación que aparecieron después de la Segunda Guerra Mundial. Detrás de sus palabras, de su llamado a un mundo más justo, hay una experiencia histórica que lo sustenta y fortalece.

En segundo lugar, porque la independencia de Francisco, a diferencia de sus predecesores, del mundo imperialista es total y absoluta. Fuera de la dinámica de la Guerra Fría, que caracterizó a su antecesor Juan Pablo II, toda su prédica desde el Sillón de Pedro ha estado dirigida a denunciar los efectos que la hegemonía del capital financiero ha impuesto con mano de hierro sobre el mundo periférico, tanto desde un punto de vista geopolítico, como social. El mensaje del Papa impacta en el centro del poder financiero mundial y se dirige y llega, como nunca lo había hecho antes el Papado, a los pobres de la tierra. Los moviliza. Su concepción de la “humanidad de descarte”, su teología de la periferia, la alta politización que, concientemente, le ha dado a su actividad pastoral y su acción por un mundo multipolar ha convertido cada una de sus definiciones en apelaciones a la acción política transformadora. Ningún Papa, en la modernidad, había logrado esta respuesta.

Franz Mehring, el primer biógrafo de Carlos Marx, asesinado por la reacción alemana que sobrevino a la Revolución de 1919, sostiene en un trabajo sobre Gustavo Adolfo II de Suecia: “el catolicismo mantuvo su vieja y probada capacidad de adaptarse a las más diversas relaciones económicas, y también a generar el producto del pensamiento que el avance del desarrollo histórico necesitase”.

El catolicismo, que con Francisco se ha corrido de su centro europeo a las periferias del mundo, está, de alguna manera, anunciando el nuevo mundo que la humanidad puede construir si logra vencer a la hegemonía despótica y autocrática del capital financiero.

Eso es lo que las palabras de Francisco despiertan.