Frenar el cambio climático, la excusa para la guerra

La reunión en Glasgow, Escocia, del COP 26 no se ha visto traducida en resultados concretos, al menos como esperaban sus impulsores oficialmente, aunque bien puede ser una puesta en escena que puede tener otras intenciones.

Si bien existen disputas en el campo teórico sobre los efectos reales del cambio climático por fuera de la propaganda y específicamente sobre las causas de este efecto, sean antropogénica o naturales, la capacidad mediática occidental ha impuesto la idea de que las actividades humanas son las responsables del aumento de los dos principales gases de efecto invernadero, también a juicio de este mismo consenso generalizado, pero que tiene sus detractores, como es el dióxido de carbono y el metano.

Este último es la nueva incorporación a la agenda sobre la cual se limita la producción de la actividad ganadera de naciones como la Argentina y que debería ser observado cuidadosamente por nuestro país por las implicancias económicas, sociales, culturales y políticas que tiene.

Pero enfocándonos específicamente en las grandes cuestiones geopolíticas, uno de los detalles importantes que se puede observar en la conferencia fue la ausencia física de los mandatarios de países como China y Rusia, un hecho que no pasó desapercibido y que el presidente de Estados Unidos John Biden se encargó de resaltar.

¿Por qué habría sido importante un hecho que no pasaría a ser más que algo anecdótico? Las razones se encuentran en la necesidad de construir otros motivos para enfrentar a Rusia y China, pero específicamente frenar el avance de este último.

El meteórico ascenso de Beijing, primero con la cuestión económica/Industrial luego tecnológica, para por último militar, se cierne sobre Occidente como una amenaza ya visible que así lo demuestra la Marina de los Estados Unidos que recientemente ha dado a conocer un informe instando a aumentar los presupuestos de Defensa para poder producir un caza embarcado que le permita mantener las ventajas comparativas que hoy tiene sobre la Armada china, ventajas que según este documento se perderían hacia principios de la década del 30 de este siglo.

Las tensiones las podemos observar diariamente, sin embargo, es algo bastante complejo para los países occidentales sumidos en una crisis económica, sanitaria y ahora últimamente energética, que amenaza con arrastrar los efectos negativos hacia inclusive la alimentación debido a la escasez que se preanuncia de fertilizantes.

La necesidad de entrar en guerra con una potencia como Rusia o China es una posible resolución a los problemas, solo es cuestión de perspectiva y profundidad de la visión; hace apenas una década se creía imposible el enfrentamiento entre EE.UU. y China debido a los negocios que unían sus economías y ya vemos hoy lo que sucede.

Rusia es una economía significativamente menor a las del bloque occidental y no representa ninguna amenaza en ese aspecto, su propia estructura militar es de orden defensivo ya que no cuenta con las bases y los portaaviones que los Estados Unidos posee para proyectar fuerza a grandes distancias, por ello difícilmente y más allá de la propaganda que aún sigue confundiendo a Rusia con un país comunista, las sociedades occidentales no estarían dispuestas a enfrentarse con este enemigo con el costo de ser destruidas o seriamente dañadas.

El gran objetivo, en realidad el objetivo estratégico, es China. Este enorme país sí es una amenaza económica y tecnológica para el mundo occidental encabezado por los Estados Unidos, su desarrollo no cede ante las crisis financieras como la desatada en el 2008 por la caída de Lehman o la actual crisis sanitaria producida por la pandemia. China se ha recuperado en ambas situaciones con mayor velocidad y vigor que el propio occidente, y aún la actual crisis como la de la empresa Evergrande no parecen ser seriamente suficientes como para amenazar el crecimiento futuro de Beijing.

Por eso vemos un creciente hostigamiento contra China, en algún momento fue el Tíbet, luego Hong Kong, pero ambos han sido infructuosos para desatar una guerra, al igual que la situación en Xinjiang con la presunta opresión a las minorías uigures.  

Si bien la suma de propaganda por estos focos representa una mejor oportunidad para el incremento de las hostilidades y lanzamiento del nuevo pacto AUKUS en ese sentido de hostilidad contra Beijing, sigue siendo insuficiente para que las bucólicas sociedades occidentales estén dispuestas a entrar en guerra por situaciones como Taiwán, una lejana isla que pertenece a China y que más allá de la propaganda pocos estarían dispuestos a enviar a sus hijos a morir por una guerra lejana o complicar su situación patrimonial propia en función de costos exorbitantes que produciría un enfrentamiento militar con China.

A sabiendas entonces que nadie aceptaría ir a una guerra por Crimea- que pocos sabrían ubicar en el mapa- o Taiwán, sí puede haber dos temas más sensibles para las hostilidades. Uno es el tema de los Derechos Humanos reflejados en la presión del movimiento feminista/lgbt internacional, que se enfrenta abiertamente con los gobiernos de China y Rusia.

Un tema que es sensibilizador para algunas minorías activas en los países occidentales, pero que a pesar de la intensa campaña mediática y de los sistemas educativos, no consigue movilizar la sociedad en su conjunto detrás suyo, peor aún, se ve un retroceso marcado en el mismo Occidente de este tipo de movimientos, quienes una vez consolidado sobre el poder han producido una serie de políticas extremas que han sido rechazadas por el conjunto de la población produciendo desgaste de su imagen.

En este contexto es donde entra en juego esta nueva política medioambiental, que en realidad poco tiene de novedosa ya que casi sin diferencias había sido impulsada en la década del 90 por Al Gore.  La misma luego de un fracaso notable, se mantuvo latente en un segundo plano hasta que fue nuevamente rescatada en los últimos tiempos por occidente.

¿Podemos pensar que ese mismo Occidente cuyo modelo de producción se ha desarrollado sobre la obsolescencia programada que fabrica cosas para que se rompan luego de un corto período de uso y deban ser respuestas, hoy sea sensible a los procesos de contaminación?

Todos sabemos que las impresoras, por ejemplo, cuentan con dispositivos internos que las inutilizan luego de una serie predeterminada de impresiones obligando a comprar otra nueva.  Lo mismo sucede desde una lámpara a un automóvil y es muy interesante observar cómo un modelo de una camioneta tipo Hilux se fabricaba anteriormente para que dure unos 500.000 km y ahora nos podemos considerar afortunados si llegan a la mitad.

¿Extraño? No, muy simple en realidad. Negocios, pero resulta que esas mismas corporaciones que durante años han organizado de esa manera su producción hoy son quienes apoyan un violento cambio de la matriz energética, un cambio que a todas luces sería imposible introducir sin enormes costos sociales y sin pisar el desarrollo de países como, casualmente, China y Rusia.

Tomemos dos ejemplos de lo que significaría un cambio de matriz energética de combustibles fósiles, como es llamado el petróleo, el gas o el carbón,  hacia una economía basada en energías “limpias”, un nuevo eufemismo en el arte occidental de utilizar el lenguaje políticamente.

Las turbinas eólicas que producen energía fueron las responsables del enorme apagón que afectó al Estado de Texas en Estados Unidos el pasado invierno, porque fruto de las bajas temperaturas se congelaron y dejaron de brindar energía, produciendo un efecto dominó que hizo colapsar todo el sistema.

Un sistema caro y poco confiable que se complementa con una tecnología que permite a partir de celdas fotovoltaicas obtener energía del sol; el sistema no solo es caro sino ineficiente en términos energéticos, ya que solo aprovecha aproximadamente un 20% de la energía obtenida. Luego de una década de investigaciones apenas se pudo pasar del 13% al 20% mencionado y se considera que el techo máximo de aprovechamiento energético estaría en el orden del 29%, aun utilizando tecnologías como el dopaje de silicio que permiten un mayor aprovechamiento.

Podemos comentar asimismo que la tecnología de dopaje de silicio que permite aumentar el rendimiento es sumamente compleja y son pocos los países que disponen de ella, por lo tanto, se nota demasiado la actitud hipócrita cuando se intenta forzar al mundo a adoptar una matriz energética solar, mientras que a la vez se guarda en secreto las mayores capacidades tecnológicas que disponen los países desarrollados.

Naciones como Rusia o China verían afectadas seriamente su capacidad de desarrollo si estas tecnologías se pusieran en funcionamiento como pretenden en cuanto a tipos, formas y plazos.  Esa es la real explicación por la cual Vladimir Putin y Xi no estuvieron presentes en la cumbre en Glasgow.

La hipocresía occidental se observa a tal punto que mientras está presionando públicamente con este cambio de matriz energética, no vacila en hacer presiones sobre la OPEP para que aumente la producción en 400.000 barriles de petróleo diarios adicionales a efectos de mantener bajo el costo de la energía que necesitan las naciones desarrolladas para su calefacción y su producción.

Para que se entienda bien, mientras Joe Biden y sus acólitos públicamente manifiestan su compromiso por la energía renovable y condicionan al resto, presionan a la OPEP para aumentar las cantidades de petróleo en el mercado.

En este complejo ajedrez que se está jugando, la Unión Europea presionada por los Estados Unidos, sigue sin autorizar el funcionamiento del ya terminado gasoducto Nord Stream 2, clave no solo por el ingreso de divisas que le ofrecería Rusia, sino para alejar el fantasma de apagones y crisis energética en la propia Unión Europea.

De esta manera lo que nosotros vemos y que va más allá de las declaraciones de circunstancia para la prensa, es que la cuestión climática no es más que un ariete de Occidente contra los países que pueden intentar cuestionar su supremacía.

En ese mismo sentido también vemos ciertas inconsistencias en las medidas tomadas, lo cual deberá transformarse en un enfrentamiento interno dentro de los países occidentales con fuerzas que tienen evidentemente distintos objetivos porque mientras unos instan a tomar medidas” verdes” qué agravan la crisis energética, otras fuerzas presionan para que se produzca más petróleo y el resultado es este mix de acciones políticas casi indescifrable.

Lo que sí es bastante descifrable es la situación derivada en un aumento de los costos de energía, en un bloqueo del comercio marítimo y en una futura crisis alimentaria de no haber cambios en este rumbo.

Todo esta situación tiene un correlato militar no por casualidad y que en estos días nos ha permitido ver cómo avanzó la propuesta del  acuerdo entre el Reino Unido y Estados Unidos para dotar Australia de submarinos de propulsión nuclear,  algo que ahora empieza tenebrosamente a complementarse con la intención de la dupla  Londres-Washington  de extender el acuerdo conocido como los Five Eyes  compuesto por Estados Unidos, Australia,  Nueva Zelandia,  Canadá y el Reino Unido para hacer espionaje tecnológico, hacía un segundo grupo de países conformado por Japón, Corea e India.

La raíz del acuerdo de los Cinco Ojos como se lo conoce en castellano, son los países anglosajones, pero la necesidad de potenciar sus capacidades hace que tácticamente hoy sea conveniente amplificar las fuerzas para enfrentar al enemigo chino y ruso, por eso se extiende la invitación a los países mencionados.

Esta idea en realidad ya presenta muchas dudas, Seúl desconfía y quiere mantener su independencia, su prioridad es la reunificación con Corea del Norte y sabe que en caso de agravarse la situación militar entre Estados Unidos y China, no solo se reduciría las posibilidades de la unificación de la Península Coreana sino que probablemente la guerra golpearía sus puertas.

India no aceptó unirse al AUKUS y también presenta dudas sobre si sería de su agrado participar en un acuerdo de este estilo, la política de la India es una política que podíamos comparar con una cebolla con múltiples capas dependiendo de cada situación en particular.  Por eso no es extraño ver que la India es un país enfrentado con China en algunos aspectos, mientras que mantienen un enorme comercio bilateral, es amiga de Estados Unidos, pero a la vez compra material militar ruso, material que complementa con otras adquisiciones de origen francés. Pertenecer a un acuerdo como 5 ojos definitivamente colocarían a la India dentro de la esfera de Estados Unidos y pasaría a ser un enemigo de China, pero también de Rusia, con quién mantiene una histórica tradición de amistad. Probablemente India seguirá con su juego de hacer equilibrio entre estas grandes potencias mientras aprovecha para desarrollar su economía y su fuerza militar.

En este trío el único que probablemente se sume es Japón, Tokio tiene gobiernos que no son más que regentes de un gobierno de ocupación constituido a partir de la derrota luego de la Segunda Guerra Mundial.  Japón jamás ha recuperado su plena soberanía y si bien hay un cierto rebrote del militarismo con una repotenciación de sus fuerzas armadas, esto se produce en función de los intereses occidentales y no de los propios.

Tokio tiene lazos comerciales muy estrechos con China y carece de armas nucleares, sin embargo en consonancia con el aumento de la presión de Estados Unidos ha comenzado   a realizar acciones hostiles contra China en función de declaraciones amenazantes con intervenir militarmente en el conflicto de Taiwán, un asunto que china considera interno, y con maniobras navales amenazantes contra Rusia por la disputa de las Islas Kuriles.

La situación de tensión es creciente más aún cuando sabemos que la marina de los Estados Unidos reclama como hemos dicho, un nuevo avión embarcado para mantener la supremacía contra China, mientras se reflota la idea de volver a fabricar el F22 Raptor ante el evidente fracaso del F35.  Esta idea es bastante discutible debido a que han pasado 30 años de su aparición, y si bien el F22 aún sigue teniendo al menos tres sistemas que son clasificados y son tan secretos no se han incorporado al F35, al menos en sus versiones de exportación, los conocedores del tema explican qué los costos de revivir un proyecto que hace décadas fue terminado, serían demasiado altos por no decir imposibles de cumplir.

Pero más allá de la viabilidad del proyecto en sí lo importante es hacer notar la intención de prepararse para un conflicto, la maltrecha economía de Estados Unidos debería afrontar según estos cálculos entre 160 y 230 millones de dólares por cada una de las unidades fabricadas de F-22, y en medio de esta crisis poder justificar este tipo de inversiones hace necesario qué se construya un escenario que justifique esa acción.

Dentro de este marco es que se necesita crear excusas que justifiquen una acción militar qué inclusive conlleva el peligro de la propia desaparición de los Estados Unidos y sus aliados.  Las ideas apocalípticas de un cambio climático irreversible con consecuencias catastróficas para la Humanidad, ideas que se vienen sosteniendo como decíamos al principio desde hace al menos tres décadas y no se han cumplido, sería la justificación como para poder comenzar una peligrosa campaña militar.

Sí como decíamos las sociedades aburguesadas de Occidente no tienen voluntad de enfrascarse en grandes sacrificios y correr enormes riesgos, los ideólogos de estas campañas creen que si sería posible involucrarse ante una amenaza tan grande cómo sería los cataclismos que produciría el cambio climático, que requiere ese cambio de matriz energética que tanto Rusia como china no están dispuestos a efectuar en los términos, plazos y condiciones que personajes como Greta serían capaces de exigir.

Es natural suponer que los Estados Unidos y sus aliados son absolutamente conscientes de que lo que están haciendo es pidiéndole a países como Rusia o China, pero también a India Turquía, Brasil y otros en distintos estadios de desarrollo,  simplemente que se desmantelen sus economías, porque aceptar las condiciones significaría aceptar una cristalización de segmentos con países altamente desarrollados y otros que serían básicamente proveedores de materias primas,  y que además deberían reducir drásticamente su población.

El modelo occidental de cambio climático tiene como uno de sus ejes centrales producir una brusca caída demográfica,  una situación que ya estamos viendo en la mayoría de los países occidentales y en aquellos bajo su égida como es el caso de Japón o Corea,  pero que se ha transformado en un problema cuando Putin impulsa planes para favorecer el desarrollo de familias numerosas y China abandona la política del hijo único para permitir tres hijos por pareja,  y más aún, se supone qué los próximos pasos serán dar beneficios aquellos que tengan más hijos.

Las posiciones entonces aparecen relativamente claras, por un lado un Occidente que impulsa un cambio de matriz energética imposible de adoptar por los países menos desarrollados, que con la llegada de Joe Biden al poder la política climática recobró nuevos bríos y se transformó en un eje central qué justifica cualquier acción.  Por ese motivo es imperioso, según explican estos sectores, que se tomen las medidas adecuadas para reducir las emisiones contaminantes. No es casual como en poco tiempo la información de los grandes medios de comunicación se llenó de temas relativos al cambio climático con un sesgo anti industrial, acompañado de políticos que se hacen eco de esa misma agenda.

La pregunta entonces es qué pasará si Rusia y China no se avienen a aceptar la destrucción de su aparato productivo, lo cuál sería seguido por declive económico con sus consecuencias tecnológicas, políticas y militares.

Estamos muy lejos de que se acepte esta agenda y Rusia y China también han realizado sostenidos gastos militares para prepararse para resistir mayores presiones. Occidente empieza a preparar minuciosamente la excusa para la guerra, como durante la Guerra Fría, los países occidentales se veían a sí mismos como los Luchadores de la Libertad y que en realidad estaban persiguiendo “Un fin Superior” al enfrentar a la Unión soviética, la que era caracterizada como un Estado déspota que personificaba al mal, hoy la historia se repite, pero bajo otros términos.

No existiendo el comunismo ya, excepto en las afiebradas mentes de algunos libertarios,  la lucha es entre globalista y soberanistas,  es decir, entre aquellos que quieren defender la soberanía de sus naciones a partir del desarrollo de las mismas y la autonomía de las decisiones,  enfrentados a aquellos otros que creen qué deben ser subordinadas a organizaciones supranacionales establecidas a partir del control de los organismos internacionales,  dirigidos como ya sabemos por los grandes poderes económicos,  o más bien financieros.

El Globalismo Occidental Financiero ha decidido una reconversión del modelo, que incluye sus propias sociedades, pero que definitivamente no contempla la existencia de países populosos desarrollados autónomos, y que comienza a construir la excusa necesaria para la guerra. Sí antes luchaban por la Libertad, hoy luchan por el futuro del Planeta.

Para terminar estas líneas deberíamos mencionar porque razones a veces parece errática la política de Rusia o de China,  muchos de aquellos que se oponen las políticas globalistas esperan de Moscú y de Beijing una actitud confrontativas sin medias tintas,  sin embargo es bueno recordar que el proceso de declive acelerado de Occidente solo puedo terminar con su caída final, pero aún cuentan con poderosos ejércitos que podrían desatar una carnicería mayúscula y una catástrofe que la Humanidad tendría muchas dificultades para superar.

Por ese motivo y conscientes de ello, es que China intenta desactivar pacientemente cada uno de los actos agresivos de Occidente fiel a su estilo, esperando que el fruto maduro caiga en sus manos sin riesgo y sin esfuerzo con el tiempo.

Rusia sigue aproximadamente los mismos lineamientos, aunque su retórica es un poco más agresiva, pero de todas formas intenta postergar el mayor tiempo posible la guerra, si es que será necesaria, sabiendo que cuánto más tiempo pase, más fuertes estarán y más débil será el globalismo occidental.

Decir no abiertamente a la agenda climática significaría permitir que las agendas mediáticas occidentales puedan demonizar a estos países como ya intentan hacerlo; las sociedades occidentales han comprado el discurso climático y no están maduras como para aceptar un posible engaño.

Rusia y China lo saben y por eso mantienen esta posición ambigua a fin de dilatar el proceso, sin ceder a las presiones de occidente, pero a la vez no presentándose abiertamente como enemigos.