¿Hacia una nueva guerra mundial?

Transcurrieron cuatro años de relativa calma donde las tensiones internacionales entre las potencias decrecieron a pesar de algunas situaciones puntuales como la ruptura del acuerdo 5+1, en el que se pactaba con Irán el levantamiento de sanciones a cambio de enriquecer el uranio más allá del uso civil no superior al 20% y lejos del 90% usado para armas nucleares.

El modelo llevado a cabo por Donald Trump se basaba en una desactivación de los múltiples conflictos, en un cierre económico quebrando el modelo globalista que había prosperado en los últimos 30 años a expensas de los Estados y abandonar el papel de gendarme mundial que EE.UU. venía desempeñando a un costo económico altísimo.

La combinación de la deslocalización productiva con el correlato de la caída de capacidad industrial, sumadas a un presupuesto militar que alcanza los 750 mil millones de dólares (750 billones en la denominación en inglés) se hacía insostenible y amenazaba la propia existencia de los EE.UU. como nación. La solución impulsada entonces fue la más lógica, tratar de producir en su país rompiendo la estructura globalista y disminuir la presencia militar en el exterior.

Estos cuatro años fueron claves para entender las razones actuales de una beligerancia, para muchos impensada, de la nueva administración de Biden. Sin embargo, para quienes analizaban los hechos con cierta objetividad alejados de la propaganda cultural, era absolutamente esperable.

Los nombres elegidos tanto en materia económica como de Inteligencia y Defensa denotaban que lejos de confirmar el rumbo anterior de EE.UU. con Trump,  nuevamente volvía a dar un giro de 180 grados y retomar las políticas que había impulsado Obama.

Pero el tiempo perdido durante esos años fue un problema real para ese modelo por dos motivos.  Por primera vez había aparecido un líder que tenía ideas contrarias a las del Deep State y las aplicaba, lo que constituía un mal ejemplo hacia el futuro y hacia otros países, algo que explica la feroz campaña mediática que se contrapone con la bondadosa tolerancia actual.

Pero hay un segundo punto que es generalmente muy mal comprendido por los tótems sagrados del pensamiento de los expertos internacionales y ese es el tema militar.

Si bien es muy cierto que la guerra actual tiene un componente cada vez más activo basado en luchas en distintos planos como comerciales, culturales, financieros, tecnológicos, psicológico, ciberespacio y otros, no podemos dejar de soslayar que en definitiva son todos prolegómenos de un proceso de desgaste para debilitar a un enemigo a definir, como siempre ha sido, por la fuerza de las armas para determinar el resultado final de la contienda y allí es donde radica el problema central que atravesamos.

La creencia de que EE.UU. tiene una fuerza militar insuperable y que por ello es imposible que otras potencias lo desafíen militarmente es un error que ocurre por hacer análisis muy elementales, considerando el presupuesto militar como el único factor a tener en cuenta, y de esa manera medir la capacidad militar de cada nación.

Una simple mirada al cuadro con los 15 presupuestos militares mayores del mundo nos llevaría a notar la equivocación de considerar que India tiene una mayor capacidad que Rusia y que Arabia Saudí tendría una fuerza equivalente, lo cual es un despropósito.

Una evaluación adecuada debería considerar aspectos tales como el costo salarial medio, la situación impositiva, las políticas medioambientales, el desarrollo tecnológico, el tipo de cambio y otros componentes que constituyen el costo de producción real y definir. En esto los temas de producción de armas no difieren demasiado de fabricar un producto de uso civil.

Pero hay un componente más a tener en cuenta, si tenemos una mirada realista sobre cómo funciona la economía.  Cuando se produce un gasto estatal incide la tasa de ganancia de la empresa productora, pero también lo que el Estado esté dispuesto a invertir por encima del valor de mercado, si el funcionario que toma la decisión es venal y decide ser parte del negocio.

Sabemos que esta conducta de corrupción económica es moneda corriente en todo el mundo en temas que son relativamente fáciles para poder constatar, en temas tan opacos como los gastos militares, que ya de por sí son reservados y que pueden contener información sensible que no puede revelarse, es virtualmente imposible saber qué está pasando.

Veamos un ejemplo de cómo la corrupción afecta. La fabricación del caza furtivo F-35 Lightning II, se ha constituido en sus tres versiones como un dolor de cabeza para las FF.AA. estadounidenses. Luego de más de una década de prueba con miles de fallos a solucionarse, apenas un puñado se han podido resolver favorablemente.

Veamos un ejemplo para comprender de qué se trata, el cañón de la Gatling de 25mm del F-35 tiene una precisión que ha sido considerado por el Pentágono como inaceptable y cuando se utiliza se recalientan los materiales sobre los que está montado y se agrietan.

¿La solución del fabricante? Ninguna, luego de años de reclamos el Pentágono debió aceptar que la falla seguirá y optó por recomendar a los pilotos que no utilicen el arma.

Fallas de este tipo se acercan a 873 a fecha noviembre del 2020 según un informe del Pentágono que difundió la agencia Bloomberg, frente a las 917 del año anterior. Sin embargo, el caza multi rol sigue produciéndose y vendiéndose a aliados de EE.UU., que son compulsivamente forzados a adquirir dotaciones de esta aeronave aún en estas situaciones.

La razón original anunciada por la cual se fabrica este F-35 era para reemplazar el F-22 Raptor, el primero en su tipo realmente eficiente debido a que el Lockheed F-117 Nighthawk usado en la Guerra del Golfo fue un fiasco, caro y de prestaciones muy limitadas. El F-22 también de la misma empresa Lockheed Martin, tiene un costo que supera los 350 millones en dólares y un costo de hora de vuelo que asciende a los 60 mil dólares, lo que lo sitúa en más del doble de los aviones de este tipo de alta gama y 6 veces más que los económicos como un F-18, por lo cual su producción se detuvo con 187 unidades operativas.

Se contempló reanudar su producción, pero muchos de sus componentes ya no se fabrican por lo que ponerlos en producción nuevamente sería excesivamente costoso.

El reemplazo elegido, el F-35, se aproxima a los 45.000 dólares por hora de vuelo, y un costo inicial, que luego de muchas presiones de Trump, descendió de los 130 millones iniciales a unos 85 para la versión F-35A, valor que puede superar los 117 millones para la versión B de despegue corto para aeronaves embarcadas y supera los 135 para la versión B de características STOVL (despegue vertical). El costo por hora de vuelo de esta última máquina supera los 125.000 dólares.

El costo es tan alto que el Reino Unido, que encargó 138 F-35B para su flota embarcada en sus portaaviones HMS Queen Elizabeth y el HMS Prince of Wales, desistió y apenas adquirirá 48 porque por sus altos costos amenaza quebrar el presupuesto de Defensa británico.

Una situación que de una forma u otra se repite con otros países que rebajan sus pedidos a pesar de que son forzados por la diplomacia estadounidense a garantizar el negocio del consorcio militar que produce el aparato.

Y allí llegamos al nudo central de nuestro razonamiento, las decisiones que se han tomado no son fruto de las necesidades militares sino de las comerciales.

Una vez caída la URSS, EE.UU. no tenía enemigos de magnitud a la vista, ni económicos ni industriales ni militares, lo que se tradujo en una deslocalización productiva de la que nadie duda, pero simultáneamente el complejo militar industrial se vio liberado de las condiciones que imponían una URSS que le pisaba los talones y pudo magnificar su negocio a costas de las arcas de EE.UU.

EE.UU. no ha avanzado en forma significativa en sus capacidades militares desde los ‘90, el corazón de sus fuerzas armadas tiene al menos 3 o 4 décadas de antigüedad, los F15, F16, F19, los bombarderos B-52 Stratofortress, los destructores clase Arleigh Burke, los portaaviones clase Nimitz, los tanques Abraham y la lista interminable, son todos diseños de las décadas del 60 o 70.

Los nuevos diseños han sido caros y malos, un ejemplo de ellos han sido los destructores clase Zumwalt cuyo costo asciende a 7.800 millones de dólares, más de la mitad de lo que sale un portaaviones nuclear, por lo que solo se han encargado tres unidades cuando la flota de destructores de EE.UU. necesita decenas, y al igual que la clase de portaaviones Gerald Ford, su eficiencia es más que dudosa y sumada a sus elevados costos, han sembrado dudas.

Por ese motivo explicamos la situación emblemática del F-35 que estaba destinado a sustituir todos los aviones consignados a los mismos propósitos para los cuáles fue diseñado, pero que resultaron costosos de adquirir, caros de mantener y tan ineficientes que se considera que están disponibles para el combate solo un tercio de los que se cuentan, el resto está en distintas tareas de mantenimiento. Solo mencionar que cuando un F-35 supera la velocidad del sonido, el recubrimiento que le da las características stealth se pierden y debe ser vuelto a recubrir con una pintura especial, sirve para ver la falencia de un proyecto que le costó al pentágono más de 1,5 billones en dólares, el proyecto más caro de la historia.

Rusia mientras tanto ha centrado su producción en la alta tecnología, no en grandes flotas que puedan proyectar fuerza a grandes distancias, sino sólo en la capacidad de disuasión. Esta situación sumada al control del Estado a las empresas productoras, llevó a que, a diferencia de EE.UU., Rusia pueda contar con nuevos equipos que superan sus pares occidentales a precios mucho menores y con mucha mayor eficiencia. La ecuación costo beneficio es ampliamente favorable a Rusia.

China mientras tanto comenzó a volcar su poder económico en desarrollar sus equipamientos de vanguardia comprando empresas de alta tecnología o realizando alianzas como la que han sostenido con Rusia, lo que le permite acortar los tiempos.

La capacidad industrial y económica de China le permite crear decenas de buques anualmente, lo que aún demora para que pueda ser la principal potencia militar es la formación de personal especializado, se estima que al menos necesita una década para ponerse a la par de EE.UU.

La presencia estatal china es implacable y garantiza que se cumplan metas y plazos, el negocio no puede estar por encima de las necesidades nacionales.

Tres décadas después de que EE.UU. relajó sus sistemas, la transferencia de dinero a las corporaciones fabricantes de armamentos siguió en ascenso, pero no así los resultados que fueron en descenso y el punto de inflexión donde China y Rusia superan la capacidad militar de EEUU se está acercando rápidamente.

EE.UU. está en un punto de retroceso militar equivalente al económico, sabiendo que ya no tienen posibilidades de ganar la carrera económica con China, la potencia en ascenso, la única esperanza para mantener su primacía global es utilizar la fuerza militar mientras aún tenga tiempo para ello.

Rusia y China lo saben y buscan dilatar los tiempos de lo que parece un enfrentamiento, Trump les permitió ganar cuatro valiosos años que han colocado la situación al límite, la ventana temporal que le permite a EE.UU. atacar a sus enemigos se cierra rápidamente y eso es lo que explica la creciente belicosidad de la administración de Biden.

El Estado Profundo se ha dado cuenta de que evaluó mal las consecuencias de sus políticas de ganancias extraordinarias, China no era más que un lobo con piel de cordero que empieza a mostrar su verdadera naturaleza y Rusia tiene una resistencia comprobada.

Las tensiones seguirán en ascenso y desarmar la peligrosidad de una potencia en agonía con armas de destrucción masiva no será un tema simple de resolver.

Escapar a la Trampa de Tucídides será un desafío que deberá enfrentar la humanidad para sobrevivir.

*Marcelo Ramírez. Analista geopolítico. Director de Contenidos de AsiaTv.