¿Hembras, machos y extraterrestres?

Por Laura Cantore

  1. Hembras y  machos

Allá lejos y hace tiempo,  en  la década del  ‘70, cuando cursaba anatomía en la gloriosa Escuela de Comercio Libertador General San Martín en San Juan, oí hablar por primera vez de cromosomas y ADN. La profesora Soria era brava y había que aprender a decir de un tirón “ácido desoxirribonucleico” y “ribonucleico”. Las hembras/mujeres teníamos cromosomas XX y los machos/hombres XY. Las mujeres poseíamos órganos genitales internos – vagina, útero, ovarios y trompas de Falopio-  y  externos -vulva, clítoris, labios menores, labios mayores y entrada del orificio vaginal-. Los órganos genitales internos de los hombres eran los testículos, vesículas seminales, conducto eyaculador, próstata y uretra y los externos por el escroto, el saco que envuelve los testículos, y pene. Esto además era lo más parecido a clases de educación sexual que se impartían en esa época. En lo personal, no fue un mal comienzo. Con el tiempo sumé a estas primeras perplejidades, otras.

 Al iniciar este siglo comencé en forma sistemática mis estudios de géneros y un brillante profesxr, Mauro Cabral, explicó en una clase que “en el derecho argentino solo eran sujetos de derecho las mujeres o los hombres, lxs demás no tenemos derechos” ¿A qué se refería Mauro? ¿Había algo más que hombres y mujeres en el Universo?

Con el correr de sus clases aprendí que Mauro hablaba de intersexualidad, antes llamada, hermafroditismo, una forma de la humanidad casi invisible, terrestre y muy maltratada.

Fue entonces cuando ingresé a un mundo al que solo me había aproximado  al estudiar mitología griega donde había oído hablar de Hermafroditx, hijx de Afrodita y Hermes, portadorx  de dos sexos.  

Mauro explicó que la expresión hermafroditismo había sido reemplazada por la noción de intersexualidad, dado que la anterior tenía una carga insultante asociada a lo monstruoso y que la condición intersexual era bastante más compleja que el mito griego.

A título ejemplificativo: una persona intersexual puede poseer vulva y vagina, y carecer de útero y ovarios; puede exhibir un órgano eréctil de tamaño y forma intermedios entre un clítoris y un pene poco desarrollado; o poseer ambas clases de gónadas masculina y femenina.

 A partir de allí y a lo largo del tiempo,  estudié que existían otras formas biológicas de ser humano: existen personas intersexuales que como sujetos biológico-genético-endocrinológicos con cuerpos diferentes tienen capacidad para romper con la creencia de que lo “natural” es el binario hembra/macho, mujer/hombre y que desde la biología misma es posible reconocer la diversidad sexual de los seres humanos.  

  • ¿Natural y desviado?

       Dado que hay registro que desde el comienzo de la humanidad hay personas intersexuales y no intersexuales -básicamente hay personas-, concebidas y paridas en forma análoga, es difícil pensar en la noción de lo natural y el desvío ¿Naturales por qué? ¿Desviadxs de dónde?

En principio la noción de desviación de lo “natural” o lo “normal” surge en comparación con aquellos cuerpos que varían respecto de los parámetros culturales de corporalidad “femenina” o “masculina”, que en términos de Judith Butler han sido configurados como presuntamente heterosexuales y en términos de Monique Wittig generan heteronormas.

 Wittig analiza la heterosexualidad en sentido político y afirma que esta orientación sexual, central en la cultura occidental y cristiana, es vista como la única posible, instaura normas específicas que ella denomina “heteronormas”, en materia de sexo, género y filiación. En este sentido Wittig denuncia un régimen político, económico, social, religioso y sexual que impone la heterosexualidad como forma privilegiada de orientación sexual y fomenta la idea de que este modelo es el mejor posible para relacionarse afectiva y parentalmente.

Sin embargo la palabra heterosexualidad fue usada por primera vez a mediados del siglo XIX por un periodista austro-húngaro, Károly Mária Kertbeny, con un significado opuesto al que conocemos y que alcanza su actual sentido a través de discusiones médicas.

Desde una perspectiva histórica, la pareja heterosexual no siempre ocupó el actual lugar de privilegio en las representaciones culturales de Occidente,  tal como lo señala Louis-George Tin en La invención de la cultura heterosexual. Su jerarquización se inicia en el siglo XII con el desarrollo del amor cortés, con fuerte resistencia de sectores dominantes -Iglesia, nobleza y posteriormente la Medicina- que no cesaron de desarrollar estrategias de resistencia contra el amor heterosexual.

El predominio de la heterosexualidad y la heteronorma tal vez puedan explicarse porque se presume que los únicos comportamientos capaces de reproducir la especie humana son los que surgen por el acto sexual entre machos y hembras y esto garantiza la prosecución de la especie. Sin embargo este argumento no es válido para sociedades en las que no predomina la heterosexualidad, tal como sucedió en la antigua Grecia, donde la reproducción era heterosexuada pero la homosexualidad era una práctica habitual. En este sentido parece que la reproducción heterosexual es una práctica universal, pero las sociedades heterosexuales no lo son. En la actualidad, las técnicas de reproducción humana asistida dan cuenta de otras formas de reproducción que no necesitan siquiera del coito. 

Estos son algunos de los argumentos que dan cuenta de que la noción de heteronormatividad pertenece al orden de la cultura, surge en un cierto momento histórico-social y debe leérsela fuera del orden de la naturaleza. Esto también puede verificarse en la historia de la antigua Grecia y de las investigaciones de los pueblos indoeuropeos en general, en los cuales, si bien la reproducción biológica era heterosexuada, no siempre se le confirió primacía simbólica a la pareja hombre-mujer tal como la concebimos en la actualidad.

Es importante aclarar que la intersexualidad es una condición biológica, y que no tiene que ver con la forma en que una persona se autopercibe en términos de identidad de género y de orientación sexual. Y que la relación entre intersexualidad con la heterónoma es un análisis necesario para observar el privilegio cultural y convencional de los cuerpos de hembras y machos en el mundo occidental, capitalista y cristiano.

  • ¿Una vida de Barbie?

      Barbie  promueve un estereotipo e ideal del cuerpo de la mujer que no solo es sexista sino que fortalece una heteronorma elitista. No alcanza ser alta y tener una delgadez propia de la anorexia: hay que vestir glamurosamente, la única identidad de género posible (al menos sugerida) es la de ser mujer heterosexual (no conozco a la Barbie lesbiana, interesex o trans).

Cuando aparece Ken en su vida, se casa, tiene hijxs hasta que es sacado del mercado y ella lo abandona por un surfista (o algo parecido). Este parece un ejemplo posible de lo que es la heteronorma.

Barbie no es monstruosa a pesar de que si fuera una mujer real, mediría 1,75 cm, 91 cm. de pecho, 46 cm. de cintura y 84 cm. de caderas. En su aparente no monstruosidad promueve un estereotipo de cuerpo humano carente de cualquier forma de salud.

Pero como ya señalé, la monstruosidad está asociada al hermafroditismo. Tal como afirma Pablo Ben, en el artículo “Muéstrame tus genitales y te diré quién eres..”,

-incluido en la compilación realizada por Acha y Halperin titulada Cuerpos, géneros e identidades-, la imposición de “sexos” y conductas eróticas constituye uno de los ejes centrales de intervención estatal. Y estos se sostuvieron especialmente en los ámbitos médicos (hospitales o manicomios) y de la Justicia, en particular en la esfera penal. Esta patologización se anclaba en un modelo de mujer y hombre que instituía que ellxs eran la normalidad, lo “natural”. Se postulaba una heterosexualidad compulsiva y los cuerpos  intersexuales, que “naturalmente” quebraban los límites del género, ponían en crisis el sistema político y social, se convertían en fenómenos anatómicos “monstruosos”. La noción misma de cuerpo humano era prescriptiva y excluía la diferencia que fundamentalmente infringía reglas sociales, de ninguna manera biológica.

Esto llevó a que a unx recién nacidx intersexual se le practicaran intervenciones quirúrgicas “normalizadoras” (¿ablaciones genitales infantiles?), sin respetar su condición de sujetx de derecho, el interés superior del niñx, el derecho del niñx a ser oído o su capacidad progresiva, prescripciones todas de la Convención sobre lxs Derechos del Niñx, art.75 inc. 22 del bloque constitucional de Derechos Humanxs de la CN. A decir verdad aún con la Ley de Identidad de Género esto puede seguir sucediendo, porque no existe una norma expresa que lo prohíba cuando no hay riesgo para la salud ni la vida.

  • Epílogo

Desde las clases de Anatomía de la profesora Soria en San Juan hasta la fecha, aprendí que entre el XX de la hembra y el XY del macho hay 93 formas genitales cromosómicas de ser humano, de lo que en rigor se puede concluir que si a XX corresponde al sexo femenino y XY al masculino, existen entre ambos 93 sexos más, y que la diversidad sexual es también biológica. Y esto implica que somos mucho más que dos.

De cualquier manera, si la profesora Soria no me hubiera mostrado una naturaleza de cromosomas y genitalidades, tal vez nunca me hubiera preocupado por esto. Vaya entonces mi afectuoso y agradecido recuerdo a ella y a Mauro Cabral, después del  cual, mi mundo nunca volvió a ser binario.

Sigamos pensando.

*Abogada. Feminista. Doctora en Derecho y Cs. Sociales. Posdoctorada en Géneros