Horacio Rodríguez Larreta. Entre el cinismo y la perversión

El presidente Alberto Fernández aplicó desde este viernes, prudentes restricciones a la circulación y algunas actividades como las recreativas y gastronómicas, y al menos quince días de educación virtual en todos los niveles, en medio de la dramática segunda ola de la pandemia que afecta al planeta y la región.

En Argentina, con un promedio de 25.000 contagios diarios y numerosos fallecidos es necesario dejar licitas diferencias de lado, apoyar la decisión presidencial y la firmeza con la que fue comunicada a la ciudadanía, en medio del boicot casi criminal de una a oposición política y mediática que, sin propuesta alguna, llama a resistir la prevención y califica cínicamente al gobierno de autoritario, y hasta de dictatorial.

Un ejemplo de la firmeza y claridad que se necesita en la comunicación es la conferencia de prensa que brindó el 15 de abril el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, en la que demolió las mentiras de Horacio Rodríguez Larreta, jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (CABA), quien horas antes se consideró lector exclusivo de una “evidencia” manipulada y poseedor de un rigor “científico” del que carece, a la vez que se presentó como decepcionada víctima de una inconsulta decisión del Ejecutivo nacional.

La verdad acerca del diálogo, el cuidado de la salud y la preocupación por la educación

Horacio Rodríguez Larreta, el mismo que firmó con Juntos por el Cambio un documento de condena a decisiones que en esos momentos evaluaba con las autoridades nacionales, se lamenta de la “ruptura unilateral” de un diálogo que no practica en su territorio, su gobierno no hace más que imponer sus decisiones sin escuchar a nadie: privatizó el patrimonio de los porteños y sus espacios públicos (como ahora intenta con el río en la Costanera Norte), lotea los monumentos históricos, desprotege a miles en situación de calle en la ciudad mes rica del país y del mundo, abandona escuelas y hospitales.

Es mentira que le preocupa la salud, por más que lo remarque con gestos y miradas aprendidas en largas horas de práctica con sus asesores de imagen.

Y no hablo de Macri y Vidal, de la eliminación del ministerio de Salud, las vacunas vencidas, el cierre de servicios o la paralización de hospitales listos para ser inaugurados.

Hablo de Horacio Rodríguez Larreta, el mismo que bajó el presupuesto de salud antes y durante la pandemia, mucho antes de que tuviera que devolver parte de los fondos de todos los argentinos, esos que Macri le regaló por decreto a su distrito vidriera.

Los hospitales públicos fueron desamparados en recursos e insumos, los médicos condenados a sueldos de hambre, mientras las enfermeras son reprimidas una y otra vez por reclamar su profesionalización.

En cuanto a la prevención de la pandemia, pese a su numerosa y bien paga policía metropolitana, jamás controló ni una medida social de protección sanitaria, ni en marzo de 2020 ni ahora.

Eso sí, cambia las mismas baldosas y maceteros una, diez, cien veces, mientras colapsa su pésimo sistema de turnos para la vacunación y desconoce la saturación del sistema de salud privado, con afiliados porteños a prepagas que son tendidos en el conurbano.

Es mentira que le preocupa la educación, aunque mire a cámara y cínicamente diga que “El aula más peligrosa es la que está cerrada”.

Cerradas están las aulas de las 8 escuelas del Delta y las 39 rurales que clausuró Vidal.

Indignante es dejar a los alumnos sin libros, notebooks y programas de ayuda que liquidó Macri o el Plan Sarmiento que desmanteló Larreta, imperdonable la mala alimentación en las escuelas o la crónica falta de 15.000 vacantes.

Y realmente peligroso es pasar un año de pandemia sin hacer nada para mejorar los centenares de aulas sin ventilación, donde no hay burbuja posible y el virus circula una y otra vez.

¿Le preocupa la educación al jefe de Gobierno, cuando recortó el presupuesto educativo de la CABA año tras año, del 27% al 17%, el más bajo de la historia?

¿En qué rigor “científico” se basa para afirmar que las escuelas no son foco de contagio, sobre todo en las pésimas condiciones a las que las ha llevado? Oculta que la curva de contagiados trepo en aguja entre los 9 y 19 años, miente si admite que el 25% utiliza el transporte público para luego asegurar que “no aumentó su uso”, cuando la ida y vuelta a la escuela implica un 33% de incremento de la circulación global en la Ciudad.

La “evidencia internacional” que ayer Larreta dijo tener a favor de la presencialidad en contexto de alza de contagios, ¿será la de la revista The Lancet, la misma de la que esperaban su opinión para aceptar el “veneno” que decían implicaba la Sputnik V?

Pues bien, hace pocos días la tan citada y reclamada The Lancet advirtió que “la reapertura de escuelas sin una robusta campaña de mitigación del virus puede llevar a una aceleración de la pandemia del coronavirus y, por consiguiente, más contagios y muertes”.

Presenta en forma engañosa el porcentaje de 0.89% de infectados en las escuelas, para en realidad desconocer el drama que esa misma cifra implica: nada menos que 6.234 docentes, no docentes y alumnos contagiados, unos 2.000 de los cuales son niños, asintomáticos, casi siempre, pero multiplicadores de contagios.

Caba: foco de infección para PBA y el resto del país

Miente y daña al afirmar que la situación es consecuencia de que “El Gobierno nacional no cumplió con las vacunas que prometió”, ya que el gobierno no las fabrica ni las entrega: informó de 65 millones de dosis contratadas con distintos laboratorios y países, pero los incumplimientos -que afectan a casi todo el mundo, incluidos estados productores- están lejos de ser su responsabilidad.

Por eso la Capital tiene el porcentaje más alto de contagios por cada cien mil habitantes del país.

Por eso duplica a la provincia de Buenos Aires (PBA), que todos los días es presentado como un territorio casi tenebroso en los medios hegemónicos, mientras ocultan la sombría realidad de la ciudad.

Por eso Larreta se abstuvo de hacer cumplir una sola de las medidas de prevención por parte de la policía metropolitana, sobre todo la vergüenza del apiñamiento en el transporte público, sus agentes mirando el celular mientras la gente circula sin barbijo o por debajo del mentón, el cumplimiento de los protocolos en los lugares de trabajo y recreación.

Por eso la CABA, como en 2020, es el foco que expande el contagio al conurbano bonaerense, el interior de la provincia y luego a todo el país, mientras asumen la pose de inocencia vulnerada.

Si se define al cinismo como “la desvergüenza en el mentir” y a la perversión como el “obrar con maldad y consciente de ello”, hemos encontrado una clara corporización, singular y plural.

Hay que ser firmes. Eso esperamos del presidente, como lo fue en su reunión con Larreta y ratificó al apoyar las definiciones de Kicillof.

No vacilar ni retroceder, como lamentablemente ocurrió con la prohibición de despidos en pandemia, o con el retroceso en la expropiación a los estafadores de Vicentin; con la demora en aprobar el impuesto a las grandes fortunas, que tanto necesitamos, o el peligroso camino de legitimar la entrega del río Paraná que hizo Carlos Menem, que nos cuesta miles de millones de dólares por año en contrabando y subfacturación, dólares que deben ir a la emergencia, a salud, a educación, a vivienda, a promover el trabajo argentino.

Pero también esperamos que no siga demorando la convocatoria a la participación activa del pueblo, de cualquier ciudadano de buena voluntad y ante todo al 50% que lo votó.

Comenzando por el Frente de Todos (FdT), congelado y reducido a un acuerdo electoral; sin institucionalización, debate ni propuesta, y mucho menos movilización popular en defensa de un programa de cambios.

Si castigamos el uso oportunista de la palabra diálogo por parte de la oposición, al mismo tiempo reclamamos su ejercicio pleno por parte de un gobierno que debe escuchar y dar lugar a la pluralidad nacional y popular de su base militante, que lejos está de estar cabalmente representada en los puestos legislativos, y menos aún en los ejecutivos.

Sin la militancia y sin protagonismo popular, la famosa correlación de fuerzas siempre será favorable al privilegio y al poder real, avanzarán con la desestabilización y empujarán una nueva restauración conservadora.