Ingresos, vacunas y la campaña del Frente de Todos

A pocos días del cierre de listas para las elecciones legislativas de noviembre, el oficialismo juega sus fichas en torno a dos objetivos inmediatos y urgentes: promover un aumento de ingresos vía reapertura de paritarias en el sector formal de asalariados, y aumentando ingresos por parte del Estado en el sector informal de los trabajadores y los excluidos del mundo laboral. Para que el aumento de ingresos sea efectivo y palpable será indispensable llegar a las elecciones con un índice inflacionario a la baja. Por último, y fundamental, haber vacunado al porcentaje de la sociedad que otorgue inmunidad de rebaño alcanzando el cuasi final de la pandemia. Objetivos de impacto concreto: comenzar a recomponer la fenomenal pérdida de ingresos de seis años ininterrumpidos, y dejar atrás lo peor de la pandemia.

Es cierto que para entonces el gobierno también podrá exhibir mejoras en indicadores macro económicos, en producción y consumo, en aumento de la capacidad instalada. También de dar cuenta con eficacia (que no ha tenido hasta ahora) la gran cantidad de medidas destinadas a los sectores de menores ingresos durante la pandemia, de contención social que aunque insuficientes dada la envergadura de la crisis logró que este presente no fuera peor de lo que resultó.

A diferencia del año anterior, podrá proyectar un Presupuesto nacional que destaque con claridad, como hoja de ruta, la orientación y prioridades que se propondrá alcanzar en 2022. En tanto, el sendero de recuperación económica dependerá en mayor o menor medida de las condiciones de renegociación que se logren con el Fondo Monetario Internacional, y en un mediano plazo con los acreedores privados. Sellar un acuerdo con el FMI como buena señal al capital y la entelequia de los mercados, no siempre es recomendable en medio de una campaña electoral.

Quienes mejor puedan representar al Frente de Todos como candidatos en sus listas de legisladores, serán los y las responsables no sólo de dar a conocer muestras de recuperación y de incipientes mejoras, sino fundamentalmente de trazar claramente el camino a recorrer en los siguientes dos años de gobierno del FdeT. Cuáles son sus desafíos, y cómo ir alcanzándolos en el tiempo. Asimismo, debería ser una oportunidad para rediseñar el Frente electoral en un Frente de gobierno, invitando a ampliar su base de sustentación incorporando al debate en las decisiones de fondo a más voluntades del campo nacional que podrían dotar al Frente de una necesaria y robusta densidad y cohesión. El convite debe incluir como actor principal al movimiento obrero recuperando su papel estratégico; su peso, así como su claro compromiso, es decisivo al momento de dar las discusiones que requiere la gravedad de la hora y las dificultades estructurales que la Argentina arrastra desde hace décadas. La convocatoria debe ser ambiciosa, audaz, generosa porque los desafíos por venir son enormes.

Si la expectativa queda reducida a la recuperación de la actividad vía rebote, los cuatro años del gobierno macrista enterraron y modificaron la estructura productiva que, aun con enormes limitaciones, se encontraba en el 2015. Se trata de no sólo reconstruir lo perdido, sino de tener un claro horizonte de crecimiento y expansión de la economía y de su Producto Bruto interno. En el mejor de los casos, el encendido de los motores que quedaron disponibles servirá sólo para paliar los efectos más dañinos en los sectores más vulnerables, no para dar respuesta a un futuro de crecimiento certero. La economía argentina acumula una contracción de más de13 puntos sumando los años de macrismo a los actuales casi 18 meses de pandemia. En el mismo período el poder adquisitivo registra una caída de más de 27 puntos. La salida es creciendo y redistribuyendo.

Candidatos y Proyecto

En la campaña presidencial del 2015 el entonces Frente para la Victoria llevaba de candidato a Daniel Scioli, al que se lo evitaba nombrar y sí reemplazar por una consigna que suponía no requerir de nombres propios porque “El Candidato es el Proyecto”. Extraña, y por cierto nada exitosa estrategia comunicacional de campaña, la consigna mandaba como pretendida síntesis o fase superior del Proyecto que encarnaron los 13 años de gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández.

Sin embargo, aquél proyecto que culminó en el año 2015, encontró limitaciones estructurales, la más visible la restricción externa, punta del Iceberg que no hizo mas que esconder una limitación mayor como fue el largo proceso de financiarización de la economía argentina al calor de la dictadura cívico militar primero, y luego al paso de la convertibilidad, endeudamiento externo, y la reconversión de una matriz productiva y de servicios públicos y estratégicos parida por el supuesto pragmatismo de la década del 90 bajo el Consenso de Washington. Una Argentina concesionada y privatizada anida desde hace décadas en muy pocas manos. Ese es el límite a cualquier Proyecto de recuperación nacional. El límite de los años del kirchnerismo fue la constatación de que no hay Proyecto que puede realizarse sobre las bases de un país semicolonial sin disponer de la primera y básica condición: la independencia económica.

¿Hay Proyecto?

Sin caer en pretensiones psicoanalíticas, el significante Proyecto implicaba y contenía los grandes objetivos trazados por la doctrina del Justicialismo, y a todas las fuerzas que componen el campo nacional y popular reunidos bajo tres banderas: Independencia económica, Soberanía política, y Justicia social. El proyecto se da por descontado a partir de la enunciación de las tres banderas que, cual Alpeh, resumen todo lo que debe alcanzarse, aunque poco se discuta sobre el cómo. Uno de los pilares fundamentales es la recuperación del sector industrial. El kirchnerismo ensayó ese camino, no diseñando un modelo de desarrollo industrial siglo XXI sino, y mas bien, el aproximado al ciclo industrialista de la década del 70. Ignorar los cambios acaecidos en el mundo, y en particular en el derrotero de las últimas cuatro décadas de la Argentina, evidencia que sí hubo un intento, pero de un proyecto industrial tardío.

La pregunta que surge, luego de los años kirchneristas, virtuosos en muchos aspectos a pesar de los límites ya enunciados, y luego de los cuatro años de retrocesos inimaginables que produjo el macrismo, es si el campo nacional dispone de un Proyecto sustentable adaptado al contexto regional y mundial. En ese caso, el siguiente interrogante es si está dispuesto a utilizar las herramientas indispensables para comenzar a encaminar el rumbo de la producción y el trabajo versus el de la especulación y la primarización. Si está dispuesto a enfrentar a los 6 o 7 grupos formadores de precios que condicionan cualquier intento de estabilidad inflacionaria, y a confrontar con los 4 o 5 bancos que a través de sus mesas de dinero, tirando 300 mil dólares en un día, obligan al Banco Central a salir a vender dólares. O acaso es de imaginarse que el sistema bimonetario, empiece a desarmarse en conjunto con los que lo construyeron y todavía sostienen con uñas y dientes y lo que sea necesario.

El ministro de economía Martín Guzmán, ante la insistente pregunta de si el gobierno dispone de un plan económico suele responder que el gobierno tiene Objetivos. Entre ellos generar puestos de trabajo, aumentar derechos sociales y civiles, encender la economía, promover la producción nacional, combatir la desigualdad social y luchar contra la desesperante pobreza que azota a casi la mitad de los argentinos. Los Objetivos son indiscutibles, y se alinean con las tres banderas. Lo que no alumbra todavía, es el cómo, y con qué herramientas.

Comenzar a plantear este tipo de interrogantes, generales, abiertos, sea tal vez una forma de definir cómo avanzar hacia un Proyecto nacional. Que el proceso electoral y los candidatos del Frente de Todos contribuyan a este impostergable debate, y a confrontar con una oposición que nada puede exhibir y nada tiene para ofrecer. Allí hay mucho por ganar.