Juana y la violencia en la segunda ola de Covid-19

  1. 1. El circuito de la violencia

En condiciones normales las violencias en la familia se instalan tempranamente en la pareja, evolucionan por ciclos y se incrementan progresivamente en gravedad y frecuencia.

Se suele hablar de un período pre-sintomático de violencia donde no hay lesiones físicas aunque existen distintas formas de violencia psicológica. Este momento es importante para detectar situaciones abusivas hacia mujeres y niñxs y prevenirlas.

Leonore Walker, una clásica investigadora de violencia, señala que existen tres fases. En la primera se acumulan tensiones –predominan las agresiones verbales -; en la segunda aparece un episodio agudo de  lesiones o abusos en contra de la mujer y en la tercera aparece un hombre con una conducta arrepentida y bondadosa y una mujer golpeada que necesita creer que los episodios violentos no volverán a ocurrir: La mujer cree que el hombre golpeador ha cambiado y el hombre cree que la mujer finalmente entendió que debe hacer lo que él desea. En este sentido para el hombre volverá la paz porque ella cumplirá sus deseos y para la mujer vuelve la paz porque él hombre dejara de pegarle y será más cariñoso. Es una reconciliación narcisista. Cuando la tercera fase se prolonga mucho tiempo se acumula la rabia y el hombre vuelve a atacar cada vez con más frecuencia hasta llegar a formas extremas de abuso o a los femicidios.

La separación de hecho o de derecho no implica que los episodios violentos disminuyan. Estadísticamente el marido/conviviente y el ex marido/conviviente generan en la misma proporción episodios de intimidación y violencia.  

El abanico de formas violentas es amplio: puede ir desde la agresión verbal, emocional, física, sexual con especificidades que dependen de los casos. Los efectos en el psiquismo de la mujer golpeada son a largo plazo y en mayor o menor grado constituyen un menoscabo a su autoestima, su autonomía y su autodeterminación, algo que impacta sobre los hijxs, también testigos víctimas.

El Estado puede o no tener conocimiento de los episodios violentos y probablemente nunca se entere de los que ocurre en la fase 1 –acumulación de tensión- y la 3 –reconciliación narcisista-.

Para algunxs autores la mujer golpeada es una “sobreviviente”. Se utiliza esa expresión como forma de reconocer su lucha heroica, asertiva y perseverante. Para la ley es una víctima   expresión discutida por sus connotaciones sacrificiales. En cualquier caso, las  mujeres  golpeadas tienen que superar la indefensión aprendida.

Lo que es claro es que el circuito de la violencia es cíclico, permanente y hay ausencia de autonomía de la voluntad de la mujer cuya autoestima se ve cada vez más minada por el golpeador, se vuelve apática y sus perspectivas futuras la aterrorizan y paralizan. Se siente atrapada sin salida.

  • 2. La ruptura entre lo público y lo privado y su impacto en las nociones tradicionales del derecho

Históricamente se consideró que la violencia en contra de la mujer formaba parte del mundo privado del matrimonio. En otras palabras: el Estado no debía intervenir. La toma de conciencia aparece en los años´70 donde lo público y lo privado comienza a interrelacionarse.

La Convención sobre toda forma de Discriminación contra la mujer y la Convención de los Derechos del niño (entre otras resoluciones internacionales), rompen esa división y la violencia de género en el seno de las familias se convierte en un asunto de derechos humanos porque así se decide en la Constitución Nacional de 1994 al hacer que estos tratados ingresen en el bloque constitucional de derechos humanos.

Importa la autonomía de la mujer para ejercer su capacidad de elección y el contenido de su elección. Si se encuentra condicionada económicamente y obligada a vivir con un hombre para mantener a sus hijos y para que esto suceda es golpeada, abusada o su vida corre peligro, claramente su autonomía se diluye en los dos sentidos.

No falta quienes argumentan que la mujer que permite eso lo está consintiendo. Sin embargo, claramente una mujer abatida, desganada, desvalorizada, debilitada físicamente, aterrorizada porque ella o sus hijos pueden ser golpeados, no está consintiendo. Esta sobreviviendo y tratando de alimentar su prole en un contexto extorsivo.

Cuando esto sucede el Estado debe intervenir para mantener su integridad física, psicológica y otorgar facilidades para que se recupere.

  • 3. Cuando la mujer llega al Poder Judicial              

Según los códigos procesales y las leyes específicas de cada provincia en Argentina, es posible que intervengan hasta cuatro fueros distintos por un hecho de violencia familiar lo que supone una excesiva burocratización de la emergencia. Intervendrán por ejemplo el fuero penal, el fuero de familia, el de infancia y adolescencia y el de violencia en los lugares donde este último existiere.

Las lógicas procesales de cada fuero tienen características, ritmos y prioridades que les son propios y que no son siempre compatibles con una respuesta inmediata que necesita la mujer ante la situación de peligro.

Imaginemos a “Juana”, víctima de golpes de su marido o su ex pareja, que no recibe cuota alimentaria y que debe circular por el fuero de familia para que se le fije la cuota alimentaria, luego ir ante el fuero penal a denunciar que no se la pagan y contar que la golpean y finalmente por el juzgado de violencia. Ni hablar si unx o varios hijxs menores de edad de Juana se encuentran a disposición de la Justicia por portación de rostro. Pensemos en un día de Juana cuando tiene que ir a cada de estos tribunales que tienen su propio espacio geográfico, leyes procesales, tiempos y métodos diferentes.

Esto genera revictimización institucional a partir de las lógicas de intervención de los diferentes tribunales, la inexistencia o difusa noción de criterios epistémicos para lograr un mínimo de justicia y prioridades cualitativas según los fueros. Una  amenaza no tiene el mismo peso que un abuso sexual o un femicidio. Sin embargo ante la  amenaza se puede hacer prevención. Ante el femicidio no se puede hacer nada.

Se podrá argumentar que el Poder Judicial es un poder autónomo que no se dedica a la prevención. Que esta es una tarea de otros poderes. Discrepo con esta perspectiva y ya en el año 2000, en la prueba Piloto de violencia familiar que dirigí en la Fiscalía General de la Provincia de Córdoba, junto a mi equipo de trabajo propusimos la articulación en redes de los tres poderes del estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. El Poder Judicial no es un ente aislado de los otros poderes del Estado y debe articular constantemente con quienes tienen a su cargo específicamente esta función.

En la violencia intrafamiliar están en juego no solo las normas de conducta aplicables sino también  una concepción del sistema jurídico que permita resolver rápidamente un caso y en este sentido tiene que existir una teoría general básica que se aborde en un fuero especializado y solucione la vida de las sobrevivientes y su prole. Porque si además Juana carece de recursos y tiene que hacer colas interminables para que la escuche un defensor por su situación y la de su prole en cada uno de los tribunales intervinientes y en este sentido tantos defensores como Tribunales, su vida será equiparable a Josep K., protagonista de El Proceso de Kafka para quien la Justicia es inaccesible.

4. Juana y la segunda ola de Covid-19

Si bien tenemos esperanzas en las vacunas, Juana no cree que encabece la lista de personas que van a vacunarse. Tal vez ni siquiera tenga claro donde debe anotarse o que deba hacerlo. Probablemente se quede sin trabajo y se vea obligada pasar más tiempo con su agresor que tampoco tendrá trabajo y estará más hostil que de costumbre. Si sus perspectivas la aterrorizaban y paralizaban ahora deberá enfrentarse a un sistema que no está preparado para recibirla, sus interlocutores serán teléfonos que no siempre funcionan, en medio de una pandemia con un virus que ha mutado y que tiene cepas más letales.

Si no somos capaces de detener lxs casos de todas las Juanas del país, estamos condenadxs a más violencia y a más femicidios, como Estado y como sociedad civil.

Nada cambió demasiado entre la primera y la segunda ola de la pandemia por Covid-19 y eso no está bien. Tenemos que ser capaces de dar una respuesta.

Sigamos pensando.

*Laura Cantore. Feminista. Dra. en Derecho y Cs. Sociales. Posdoctorada en géneros.