Kirchner: azar, ejercicio y el mérito de no escuchar

Salvo sectores recalcitrantemente opositores, una mayoría de los argentinos posee una imagen positiva del gobierno de Kirchner. Algunos lo consideran el mejor de la era democrática y exponen buenas razones para sostenerlo. Y sin embargo, el del Kirchner fue el gobierno signado por al menos tres características inusuales que me interesaría resaltar: su candidatura y su triunfo fue producto del azar o, si se quiere, de la conjunción de variables únicas e irrepetibles; a la inversa del resto de los presidentes ganó su legitimidad en el ejercicio de la presidencia y no en los votos que lo llevaron al gobierno; representó intereses populares pero su diferencial estuvo en su hacer antes que en su escucha. A continuación desarrollaré estos tres puntos.

Kirchner fue el candidato del descarte. Recuérdese bien. Argentina ardía si bien lo peor parecía de a poco estar quedando atrás. Duhalde buscaba ungir un candidato porque él no tenía la legitimidad para presentarse. Nadie quería agarrar la “papa caliente”. Ni Reutemann, ni De la Sota, etc. Todos se cayeron hasta que no quedó otra que acudir al gobernador desconocido de apellido impronunciable cuya intención de voto era del 1%. A Kirchner lo votó apenas el 22% del padrón. La gran mayoría de los que hoy lo celebran no lo votó; la gran mayoría de los que lo votaron lo hicieron sin saber qué iba a hacer: algunos lo votaron porque Kirchner iba a garantizar la continuidad del proyecto de Duhalde y otros lo hicieron ante el horror de lo que había en frente, especialmente Menem y López Murphy. Al país lo había hecho mierda el neoliberalismo y sin embargo las propuestas políticas estaban claramente volcadas hacia propuestas económicas neoliberales. De hecho, recuérdese que entre Menem y López Murphy, quien saliera finalmente tercero en aquella elección, sumaban cerca de 41% de los votos contra los 22% de Kirchner. De hecho hubo enormes operaciones en las últimas semanas para posicionar a López Murphy en el balotaje y eso estuvo muy cerca de suceder. ¿Pero acaso Kirchner no hubiera obtenido una mayor legitimidad en caso de haberse dado la segunda vuelta electoral que finalmente se frustró ante el abandono de Menem? Sí y no. Sí en cuanto a que hubiera obtenido entre un 60% y un 70% de adhesión; pero no en cuanto a que ese porcentaje no era “a su favor” sino “en contra de” el regreso de Menem.

Esto nos lleva al segundo punto. Porque con Kirchner sucedió a la inversa de lo que suele suceder. Los presidentes, máxime en sistemas electorales con balotaje, asumen con un porcentaje de votos que tiene un piso del 50% (en el caso argentino, claro, el piso desciende a 40%). De hecho para eso están pensados. Esto quiere decir que asumen con toda la legitimidad de origen que dan los votos y luego la van perdiendo con el desgaste de la administración. Es decir, el ejercicio va minando esa potencia que daba la legitimidad de origen. El caso de Kirchner fue el contrario. Prácticamente toda su legitimidad la obtuvo en el ejercicio. De hecho en 2007, su espacio, con CFK encabezando, obtuvo el doble de los votos respecto al 2003. Con el tiempo CFK demostró estar a la altura de la responsabilidad y en 2011 el porcentaje aumentó pero seamos justos: ese casi 45% del 2007 corresponde a la gestión del presidente que había asumido con 22% durante la peor crisis de nuestro país. 

Por último, cabe preguntarse cuáles fueron las razones por las que Kirchner duplicó su caudal de votos gobernando. Sin dudas, hay un sinfín de razones pero elijo una que me parece importante y que incluso sirve como ejemplo para la actualidad. Porque todo el tiempo se escucha a los analistas e incluso a los políticos hablar de “escuchar” a la gente y de “medir la correlación de fuerzas”. Se instaló que el buen político es el que escucha a la gente y que aquel que no toma decisiones radicales lo hace porque es un estadista que está esperando el momento en que la correlación de fuerzas lo permita. En lo personal creo que ambas cosas son correctas. Es decir, un buen político debe escuchar a la gente y debe medir correlación de fuerzas. Incluso es un consejo que le daría a cualquier ser humano para llevar adelante relaciones interpersonales. Le diría “escuchá y fijate si te da”. Sin embargo, Kirchner no era un kamikaze pero buena parte de las políticas que le hicieron ganar apoyo, aunque parezca paradójico, no surgieron de “escuchar” a la gente. El movimiento fue inverso. Fue Kirchner el que dijo y fue la gente la que escuchó. Y muchos se dieron cuenta que la propuesta de Kirchner los representaba. El representante excedió su representación y propuso lo que sus representados no le exigían. Si simplemente hubiera escuchado no hubiera hecho lo que hizo y su gobierno probablemente hubiera sido más moderado, en el peor de los sentidos del término. El ejemplo de la política de DDHH es paradigmático. No había en la calle un clamor popular en ese sentido, y el tema parecía saldado, una vez más, en el peor de los sentidos. Sin embargo, él lo pone en agenda y una porción importante de la ciudadanía encuentra allí un motivo que anteriormente no tenía presente.

El rebelarse a ser un político de la escucha se une al otro aspecto recién mencionado. Me refiero a que Kirchner no estaba loco pero entendía que, aun cuando la correlación de fuerzas no dé, a veces hay que actuar. No solo por una cuestión de principios solamente, pues de hecho él era un político bastante pragmático, sino porque, en el actuar, la correlación de fuerzas existente se altera. Si uno debe enfrentarse a un gigante y mide sus posibilidades de imponerse probablemente no actúe nunca. Pero si, independientemente de ello, actúa, la situación inicial se modifica y la correlación también. Quizás un empujoncito hace que el gigante actúe y te aplaste; o quizás ese empujoncito lo hace trastabillar, lo asusta y le impone respeto. No se sabe. Pero medir la correlación de fuerzas a veces es una excusa para no actuar nunca. La diferencia entre la prudencia y la pusilanimidad transita por zonas grises en algunos momentos.  

Un candidato que llegó por casualidad para transformarse en un presidente que asumió sin legitimidad y que hizo la diferencia proponiendo antes que escuchando. Ningún manual de ciencia política podría haberlo advertido y ningún asesor racional lo hubiera sugerido. En un país acostumbrado a la incertidumbre, patear el tablero y salirse del molde a veces puede dar buenos resultados, no solo para quienes lo hacen, sino también para las mayorías.