La extraordinaria historia de Jemmy Button, Darwin y Fitz Roy

El 6 de noviembre de 1859, un grupo de ingleses intentó celebrar la primera misa en la Tierra del Fuego. Más precisamente en Woollya, una profunda y protegida bahía en la isla Navarino. Apenas iniciado el oficio religioso, cientos de nativos los atacaron y en pocos minutos los mataron a todos, salvo a un cocinero que logró escapar y presenciar la masacre. Jemmy Button – perteneciente al pueblo yagán o yámana- estaba ahí y aunque no participó activamente de la agresión, no pudo, no quiso o no supo hacer nada para evitar la matanza. Su actitud probablemente se explique por la historia del propio Jemmy, una historia única, extraordinaria, que comienza en 1830, año en el que el capitán Robert Fitz Roy al mando del Beagle y en ocasión de una expedición de Su Majestad Británica al extremo sur de América, embarca a cuatro fueguinos y los lleva a Londres.

Los nativos habían robado un bote ballenero y Fitz Roy embarcó a tres de ellos al azar en calidad de rehenes para obligar a los otros a devolverlo, cosa que no ocurrió. Dos meses después y en un intercambio de peces por baratijas con los fueguinos embarcó al cuarto, cuyo nombre real era Orundellico pero que rebautizaron burlonamente Jemmy Button porque en ese confuso episodio el muchacho (de unos 15 años) subió al Beagle en momentos en que Fitz Roy le tiró un botón de nácar a los nativos. El relato–luego convertido en historia oficial- dice que fue comprado por ese botón, aunque eso es inverosímil.

Inicialmente Fitz Roy solo pretendía forzar a los nativos a que les devolvieran el bote robado, pero con el paso de los días fue cambiando de idea y decidió llevar a los cuatro fueguinos que tenía a bordo del Begale a Londres para que aprendieran inglés, oficios y los fundamentos del cristianismo. Pensó que eso sería útil para que en el futuro pudieran comunicarse con los nativos y, sobre todo, para sacarlos del “salvajismo” en el que, a su juicio, se encontraban. Uno de los nativos murió apenas llegado a Londres y los tres restantes (una niña de 9 años, un hombre de 26 y Jemmy) fueron internados en una escuela cerca de Londres para su educación.  

En la segunda expedición del Beagle –en la que viajaba como naturalista de a bordo Charles Darwin- los fueguinos fueron devueltos a su patria en circunstancias que, vistas desde hoy, resultan dramáticas: los tres habían perdido buena parte de su lengua, hablaban un inglés muy pobre, y fueron recibidos muy fríamente y no sin hostilidad por sus compatriotas. Tampoco faltó el lado grotesco: los tres desembarcaron, para sorpresa de sus compatriotas que los recibían desnudos, con ropa europea, el cabello cortado, guantes y zapatos lustrados y llevando consigo juegos de té de porcelana, ropa blanca de cama y neceseres de caoba, telas de colores, sombreros y vestidos.

Los relatos de Darwin y Fitz Roy son ambiguos respecto de los fueguinos. Los califican como los más abyectos y primitivos del mundo pero también tienen palabras elogiosas que, en el fondo, muestran que, al menos con Jemmy, habían desarrollado una relación de amistad, asimétrica y compleja, pero amistad al fin. Una relación de afecto y estima personal. Tales ambigüedades surgen de que en estos hombres (con profundas e irreconciliables diferencias entre sí) viven las tensiones profundas del siglo XIX europeo. Honestos y bienintencionados pero etnocéntricos; imbuidos de la creencia en la unidad de la Humanidad pero incapaces de entender por qué surge la enorme diferencia que ellos ven con los fueguinos; confiados del beneficio que creen estar ofreciéndoles a los nativos pero sin herramientas culturales y científicas para comprender por qué su empresa está destinada al fracaso; convencidos de la superioridad (y de la responsabilidad) de su propia cultura para con el resto de los pueblos pero incapaces de entender qué es el respeto por las otras culturas e idiosincrasias y mucho menos de juzgar críticamente el plan imperial del que forman parte.

Luego de dejarlo en su tierra, Darwin y Fitz Roy no vuelven a ver a Jemmy pero los ingleses regresan a buscarlo más de veinte años después con la esperanza de que pueda ser el contacto con los fueguinos que les ayude a fundar un asentamiento en la zona. Luego de varios desencuentros la historia termina trágicamente, tal como lo relatamos al principio.

Pero ¿quién era Jemmy Button? Seguramente no fue ni el mitológico y romántico “buen salvaje” avasallado en su ingenuidad por el voraz imperio que algunos creyeron ver, ni el salvaje sin ningún tipo de límites ni escrúpulos que vieron otros.

Jemmy seguramente quedó profundamente impactado con lo que vio y aprendió en Londres, un mundo extraño y deslumbrante en el cual fue atendido, y en cierto modo, cuidado. Un desgarramiento imposible de subsanar se apoderó del joven Jemmy al conocer ese mundo al que no pertenecía ni pertenecería nunca, pero que lo atraía. Un desgarramiento que se hace más profundo porque el salto a otra cultura se produce en su adolescencia, en plena búsqueda de su identidad y su lugar en el mundo. Jemmy volvió siendo casi un hombre de ningún lugar que había olvidado buena parte de su lengua pero le enseñó a su gente algunas palabras en inglés. Trató en varias ocasiones de convencer a Fitz Roy y a los ingleses de que su pueblo era maravilloso y lleno de cualidades aunque repetidamente la realidad lo frustraba y entonces fustigaba a los suyos en una suerte de disculpa, como quien siente que tiene que dar cuenta ante un extraño por lo que hace un niño. En la última ocasión en que vio a Fitz Roy, su hermano ante el temor de que no bajara del Beagle otra vez, lo llamaba por su nombre en inglés. ¿Se haría llamar siempre “Jemmy Button”? ¿Qué ascendiente le otorgaría sobre su gente hablar inglés y que – más de veinte años después- esos extraños vinieran a buscarlo llamándolo por su (falso) nombre? Jemmy construyó su identidad atrapado en esa impactante experiencia juvenil que lo apartó definitivamente de su vida anterior pero no le dio otra. ¿Les habrá contado a sus compatriotas historias (reales o fabuladas) y maravillas de su gran viaje y de esa gente que conoció, esos nuevos y lejanos amigos? ¿Les habrá dicho que se trataba con ellos como si fueran viejos camaradas y que conversó de igual a igual con los máximos jefes de los extraños, el rey Guillermo IV y su esposa Adelaida?

Más de veinte años después de esta experiencia juvenil, Jemmy se sintió poderoso cuando lo fueron a buscar y lo llamaron por su nombre en inglés. Sin embargo colaboró poco y a regañadientes con esos ingleses que no conocía de antes y que tampoco tenían ni las intenciones ni las cualidades humanas de Fitz Roy y sus otros antiguos amigos. Ahora se esperaba de él y de los otros fueguinos que trabajara como un siervo y permaneciera mucho tiempo en un mismo lugar. Esperó de estos ingleses un trato especial, afectuoso y exclusivo como el que había recibido hacía ya más de veinticinco años. Pero eso no ocurrió. Se sentía defraudado, humillado; ya no podía seguir fabulando frente a los suyos su poder sobre los ingleses. Las condiciones para la tragedia estaban en marcha hasta que ocurrió finalmente. Quizá el resentimiento acumulado por sentir que no había sido reconocido como se merecía y su incapacidad para detener a su gente, lo hayan llevado a aprobar por omisión el desarrollo de los brutales hechos. La creencia en que el inglés lo respetaba y reconocía, había estallado en mil pedazos en la mente de Jemmy. Como en las viejas tragedias griegas, el desenlace de este último acto no podía ser otro que el que efectivamente tuvo lugar por causas que habían comenzado a gestarse muchos años atrás, silenciosa e irremediablemente en la mente de ese jovencito que, atrapado en su limbo cultural, dejó para siempre de ser lo que era, pero nunca llegó a ser lo que imaginó que podría.

* Héctor Palma ([email protected]) es Dr. en Filosofía. Actualmente docente e investigador en las Universidades de San Martín y de Hurlingham