La Iglesia Federal de Juan Manuel de Rosas

Días pasados en el juramento de los nuevos legisladores porteños, una joven diputada juró por la “Santa Federación”, logrando el escarnio de quienes reivindican el legado unitario y concitó la alegría de quienes, como yo, adherimos a la obra de Juan Manuel de Rosas al frente de la Confederación Argentina.

Pero, más allá de cuestiones formales y sentimentales, es interesante profundizar sobre la relación entre fe y política, en el plano institucional y en el sociológico, en especial durante los gobiernos de Rosas.

Generalmente se toma la referencia del tema de José María Ramos Mejía en sus obras La neurosis de los hombres célebres en la historia argentina (1878), Las multitudes argentinas (1899) y los tres tomos de Rosas y su tiempo (1907), sumando el trabajo de José Ingenieros, Evolución de las ideas argentinas (1918), quien impone el término “Iglesia Federal”. Máximos representantes del positivismo argentino y pensadores de la Generación del ´80, se ocuparon profundamente, sobre todo Ramos Mejía, de la relación de la Iglesia Católica Apostólica Romana con el régimen político de Juan Manuel de Rosas.

Ramos Mejía, en Rosas y su tiempo aseveró, al ver la adhesión popular al rosismo y la Confederación Argentina, que “su adoración fervorosa parecía una forma de misticismo. La Federación no fue para ellos un partido, una idea política de gobierno, fue un sentimiento religioso más bien: una especia de providencia para la plebe, un Dios manso y terrenal, un Dios muy gaucho, como decía el populacho… Parecía conjuro para los peligros: en vez del “Dios me ayude”, se invocaba la intervención de la ‘Santa (Federación)’; cuando se llamaba a la puerta, en lugar del ‘Ave María Purísima’ consabido, se decía: ‘Vivid Federación’… y de adentro contestaba el terror o el fanatismo siempre alerta: “Eternamente”… Los soldados habían sustituido la Santa Cruz por la Santa Federación y exclamaban al persignarse: ‘Por la señal de la Santa Federación’… (Rosas) erigido en defensor de la Santa Religión, incorporaba al culto de su personalidad todos esos fermentos vigorosos de energía que suele tener el fanatismo y que explotados en tales formas fueron otro instrumento de trascendencia para el dominio de las muchedumbres supersticiosa”.

“Religión o Muerte”, bandera izaba por Facundo Quiroga es la prueba cabal de la vinculación entre federalismo y catolicismo, tanto por lazos en común como por rechazo a las medidas de reformas eclesiásticas del presidente Bernardino Rivadavia contra las órdenes religiosas.

José María Ramallo, en La religión de nuestra tierra: Testimonios históricos (2005), incluye dos misivas de Rosas sobre el tema. En la primera, del 21 de abril de 1830 al coronel Agustín Pinedo, le explicitó: “Nuestra Religión es la Católica Apostólica Romana, y si no queremos ser desgraciados, ser la burla de las Naciones del Mundo, es necesario que los funcionarios públicos, nos esforcemos a que sean respetados y cumplidos sus preceptos de conformidad a lo que acuerdan los Evangelios de Jesucristo”. Y en carta al general Juan Facundo Quiroga, del 3 de febrero de 1831, le expresó: “La consideración religiosa a los templos del Señor y a sus ministros conviene acreditarla. Antes de ser federales éramos cristianos y es preciso que no olvidemos nuestros antiguos compromisos con ellos, así como protestamos respetar los que hemos contraído como buenos ciudadanos”.

Jorge Myers, en Orden y Virtud: el discurso republicano en el régimen rosista (2011), apuntó que “Rosas identificaría a su gobierno con la causa de la ortodoxia católica, y raramente se olvidaría de incluir en sus declaraciones públicas alguna referencia a la impiedad de sus opositores o a los ingentes esfuerzos hechos por su gobierno por restaurar la religión nacional… La restauración de las leyes parecía exigir casi como una consecuencia natural… una restauración correlativa de la religión”.

Sin embargo, la utilización del clero como reproductor del mensaje rosista, la entronización del retrato de Rosas en los altares y la dependencia forzada de la Iglesia son los tópicos habituales que los detractores del federalismo de esos años esgrimen constantemente. Pablo Otero, en su artículo de La Prensa del 23 de marzo del 2017, aclaró debidamente este punto, citando a Alberto Ezcurra Medrano, quien en “Rosas en los altares”, nota publicada de 1935, luego reproducida en la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas en 1939, demostró “que el retrato de Rosas nunca se colocó en los altares, sino que ocupaba una silla que a él le estaba destinada, y que quedaba vacía cuando Rosas no podía concurrir”, y que dicha imagen del Restaurador se ubicaba a la izquierda, en el presbiterio.

Luego, en cuanto a la vinculación con las autoridades eclesiásticas, sí, la relación fue estrecha, aún con las disputas con los jesuitas, como testimonió Héctor Petrocelli en Apuntes de historia de la Iglesia en Argentina (s/a): “Con sus sueldos ordenó mejorar los templos… Restituyó a los párrocos la administración de las rentas destinadas a la construcción de sus templos. Le pidió a Medrano la destitución de curas de vidas no ejemplares… Ordenó que los soldados oyeran misa. Donó a los templos de Monte y Azul los trofeos obtenidos en la conquista del desierto. Honró a San Martín de Tours, patrono de la ciudad de Buenos Aires… Permitió que los protestantes erigieran sus templos… En abril de 18354 Rosas asume la gobernación de Buenos Aires con la suma del poder público con dos limitaciones; la defensa del catolicismo y el sometimiento de la causa federal…”.

Roberto Bosca, en La Iglesia Nacional Peronista: Factor religioso y poder político (1997), toma como antecedente la vinculación del rosismo con la Iglesia para explicar la relación entre catolicismo y el primer peronismo. El autor definió el sistema político de la Federación como “un típico cesarismo decimonómico de régimen feudal, y lógicamente su espíritu absolutista tendría expresiones también en lo eclesiástico, sin desmedro de sus sentimientos profundamente cristianos, evidenciados sobre todo durante su destierro inglés”.

Agregó Bosca: “El inicio de la gobernación federal, marcado por la buena disposición oficial hacia la Iglesia Católica… quizás haya suscitado en el clero un sentimiento de benevolencia parecido al que se registró con el advenimiento del período constantiniano. Hay evidentemente en Rosas un deseo de favorecer el crecimiento de la fe cristiana, y de hecho dejó sin efecto la reforma rivadaviana entre otras actitudes bienhechoras para la libertad de la Iglesia; sin embargo, mostró un no menor e inequívoco espíritu de servirse de lo religiosos, para su voluntad política… Se evidencia en el segundo (gobierno) una marcada acentuación del regalismo en el tratamiento de las cuestiones entre la Iglesia y el Estado…”.

Finalmente el citado Petrocelli señaló que “incurre en actos de regalismo contraproducentes. Separa a curas no entregados a su ministerio plenamente, pero en general exige adhesión política a todos… Debemos a Mons. Marino Marini, auditor de Mons. Besi, el siguiente juicio de la política eclesiástica de Rosas. Ciertamente que Rosas, al trocar en dominio la protección que debe a la Iglesia, es digno de vituperio; pero no se le puede negar con esto el haber sustraído a la religión del peligro en que se halló al posesionarse del mando”.

Apuntes de un tema que siempre trae elementos de estudio y debate, y que tiene en Rosas aquel estadista al que nada de lo terrenal y celestial le fue ajeno.

*Pablo A. Vázquez. Licenciado en Ciencia Política. Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas

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