La impostura de los acuerdos básicos

Uno de los reiterados lugares comunes invocado cual mantra en tiempos de crisis, y siempre enunciado en clave de pregunta con un tono entrecruzado de indignación e impotencia, refiere a cómo es posible que los argentinos no nos podamos poner de acuerdo en cuatro o cinco políticas de Estado, de largo aliento y que sean respetadas por todas las fuerzas políticas al menos por 20 años.

Y así se procede a enumerar las grandes y nobles causas a las que, ¿quién, qué persona de buena voluntad podría oponerse sin ser considerada un miserable canalla? A saber: combatir la pobreza, generar trabajo, mejorar la educación, la salud, combatir la inflación y disponer de una moneda estable.

Desde el hartante repiqueteo de “argentinos a las cosas” de Ortega y Gasset (cita elegida por los otrora bienpensantes de la generación de su discípulo Julián Marías) esa pregunta a la que se le esquiva una frontal respuesta, actúa como una expresión de deseo cínico y exculpatorio que evita siempre discutir por qué no los argentinos no nos ponemos de acuerdo. O mejor dicho: por qué una clase dominante habría de resignar lo que desde el fondo de la historia consiguieron a partir de la violencia institucional, de la apropiación mal habida de la tierra y de su riqueza, de quienes salvaguardan sus posiciones de privilegio a costa de destrozar el orden democrático, de perseguir, proscribir, y promover dictaduras durante 50 años, de hacer estallar su capacidad productiva a través de los procesos de endeudamiento y de profundizar una matriz de dependencia en la que se apoya esa misma clase dominante y sobre la que se sedimenta el país semicolonial. Esa es la pregunta, no pronunciada, esquiva, escondida bajo el disfraz de un fingido humanismo y de una preocupación por la pobreza y la desigualdad de un país que se encuentra en estado de agonía.

Los promotores de los cuatro o cinco acuerdos básicos, dirán entonces, cínicamente, que lo primero es la educación, porque el problema es la falta de educación. Porque si hay algo en donde el bienpensante demuestra su grandeza moral y cívica, es afirmando que el problema de la Argentina es la falta de educación.

Por lo general los llamados a los grandes acuerdos como expresiones de buena voluntad, provienen de parte de quienes también deben explicitar que esos acuerdos básicos siempre son pergeñados y diseñados de manera en donde la matriz productiva, distributiva y social  tenga la capacidad de ordenar y domesticar cualquier desmesura populista. Conclusión, acuerdos que se estructuran sobre el ajuste en salarios, que siempre irán detrás de la inflación, precarización laboral, limitaciones de actividades sindicales. Las recetas de siempre que prometen el reino de los cielos.

Es entonces cuando llega el turno de comenzar a revolear ideas alucinadas como el Pacto de Moncloa, o la Concertación chilena, modelos sobre los que sólo deberíamos copiar y pegar sin detenerse en las especificidades propias, contextos históricos, regionales y geopolíticos. La Argentina tuvo un Pacto Social, mucho antes que la Moncloa, cuatro años antes, en 1973, bajo la tercera presidencia de Juan D. Perón. A diferencia del de la Moncloa, el salario no corría detrás de los precios y los actores principales sobre los que se construyó fue de abajo hacia arriba, con el movimiento obrero organizado, el sector empresarial de las pequeñas y medianas empresas de origen nacional, y el posterior acuerdo de los principales partidos políticos nacionales, bajo la conducción y determinación de Perón. Por donde se lo mire, una excepcionalidad en comparación al contexto actual y al de la composición y densidad de los principales actores políticos y sindicales que fueron parte de ese Pacto y de su tiempo.

En cuanto a la mentada desventaja en la correlación de fuerzas para encarar las transformaciones indispensables que requiere el país, es una excusa paralizante que deriva en el mezquino posibilismo, camino directo al fracaso. Esta esquiva idea será reversible cuando el Frente de Todos decida apoyarse en los millones de voluntades que esperan respuestas concretas a necesidades concretas. Medidas concretas que le devuelvan dignidad a sus vidas, y que no van a contar con la aprobación de los de afuera ni los de adentro que tienen el presente y futuro de la Argentina en un puño. O será que todavía hay quienes creen que sí es posible ponerse de acuerdo en esas cuatro o cinco medidas nobles y altruistas que, justamente, van en sentido contrario al camino sobre el que lograron alcanzar la formación de sus activos y actual posición dominante.

Por último, el rejunte de lúmpenes y marginales que la derecha tiene entre sus figuras más representativas mediáticamente no puede impedirle al campo nacional confrontar con la fortaleza necesaria para no verse acorralado por un corso de delirantes. Mucho menos regalarles que construyan el relato de los salvadores de la república luego de cuatro años de calamidades inigualables desde 1983 a la fecha. No sólo no es tan grave levantar la voz, firme y clara ante la mentira y la estafa; es necesario, ordenador y reparador.