La palabra y la persuasión. Deseos y límites

Consenso, diálogo, acuerdos básicos, unidad nacional, forman parte de un extenso lenguaje que recorre a la política argentina sin descanso, como un eco que retumba desde el fondo de su historia.

Ese lenguaje se sostiene con el poder de la palabra, que moldea el diálogo y persigue deseados entendimientos y acuerdos. La convicción de que con la palabra se persuade. Gobernar es persuadir, tal como dictó el General Perón en un discurso pronunciado en 1973. Un texto ineludible para comprender el peso otorgado al laborioso proceso de la persuasión en el que el General creía de manera casi religiosa.

En Perón, la palabra como elemento persuasivo, y también disuasivo, fue la herramienta determinante de su acción política. La palabra hablada a través de sus incontables y memorables discursos, y la palabra impresa en sus principales textos doctrinarios. Una palabra propia, expresada por él mismo o sus eventuales designados representantes durante los años de exilio.

El sociólogo y escritor Horacio González, en su libro Perón, Reflejos de una vida, destaca el peso de la palabra en Perón, y de su convicción en construirse políticamente a partir de la capacidad de persuasión como una expresión del arte de la política, basada en su formación militar, filosófica y enciclopedista que lo dotaba de una solidez y confianza extraordinaria en esa disciplina.

Al repasar el período de su tercera presidencia, González refiere a que es en esta instancia en donde esa eficacia enfrentó un límite durante la compleja relación que llevó adelante con sectores de la juventud peronista y de la conducción de Montoneros. La palabra, hilvanada en un discurso persuasivo, encuentra a Perón en un lugar  de incertidumbre y hasta de incredulidad respecto a una capacidad que comienza a envanecerse junto a las últimas instancias de su vida. Queda como evidencia de esa porfiada voluntad su último discurso del 1 de mayo de 1974 en la apertura de sesiones legislativas: El Modelo argentino para el proyecto nacional. Un llamado a la unidad nacional, y una hoja de ruta de la Argentina por venir, recientemente revalorada por una nueva generación de jóvenes militantes peronistas retomando la ruta doctrinaria de Perón.

Estoy persuadido

Durante la campaña presidencial de 1983 Raúl Alfonsín comenzaba a dar en sus discursos las primeras señales de una palabra empeñada en favor del diálogo, la comprensión de un otro como adversario y no como enemigo, de tolerancia y convivencia, atendiendo los precedentes años dictatoriales. Alfonsín retoma el verbo persuadir,  la potencia de la persuasión. Presente de manera reiterada en pasajes de sus discursos, la mención  expresada con vehemencia “estoy persuadido” dotaba de valor y coraje a sus afirmaciones. Confía y se afirma en su palabra como vehiculo conciliatorio para conducir una Argentina diezmada por la dictadura. Concentra su fuerza en procurar la reconciliación nacional, una tarea enorme que procuraba cerrar enfrentamientos y divisiones históricas que resumía remontándose a los repasados enfrentamientos entre unitarios y federales, radicales y conservadores, peronistas y radicales.

Alfonsín también encontró límites a su estrategia dialoguista y conciliatoria. El camino escogido en hacer prevalecer el diálogo encontró instancias en las que esa palabra se endureció y adoptó un tono fuerte e incluso, ya casi tardíamente, cuando el peso de su gobierno comenzaba a decaer de manera irremediable. Sus enfrentamientos con la Sociedad Rural y con Clarín, recobrados durante los años del kirchnerismo, demuestran que aunque con avances notables e inéditos como el Juicio a las Juntas y el Nunca Más, junto a una fundamental tarea en la recuperación y revalorización del sistema democrático y del Estado de Derecho, Alfonsín encontró en su propia palabra y en su capacidad de lograr consensos un choque frontal contra una realidad que se venía consolidando desde la dictadura.

Sin importar el nuevo orden institucional, ese nuevo bloque económico dominante no acepta que su poderío sea afectado. Los fallidos intentos, Plan Austral primero y luego el Plan Primavera, convocando a un acuerdo a los llamados Capitanes de la Industria, enfrentaron a Alfonsín a una realidad frustrante: el camino del diálogo y el consenso no es materia de interés en tanto sea afectando o discutiendo intereses de los grupos económicos concentrados. El final de su gobierno, por todos conocidos, fue la primera evidencia de que el llamado al consenso y al diálogo no encontraba interlocutor. Asoma el pragmatismo que se inicia en los gobiernos de Carlos Menem y culmina con la Alianza en 2001. Allí la palabra se diluye, y la vocación de persuadir se transfigura en sumisión ante un nuevo orden mundial que parecía imposible enfrentar.

El kirchnerismo en clave de disputa

A partir del año 2003, los gobiernos de Néstor Kirchner y luego de Cristina Fernández, desconfían de la voluntad de avanzar en grandes acuerdos con los sectores económicos cada más concentrados y extranjerizados durante los años del neoliberalismo extremo y la convertibilidad. La casi fantasmagórica ilusión de recrear una burguesía nacional por parte de Néstor Kirchner se topa con el condicionamiento que pretenden imponerle al final de su mandato los principales grupos económicos, fundamentalmente el Grupo Clarín. Lo que continúa ya en las presidencias de Cristina Fernández, y fundamentalmente a partir de la derrota de las elecciones legislativas del año 2009, está bastante fresco en la memoria reciente.

Se inaugura un nuevo período, bajo un nuevo estilo y con una palabra fuerte, cruzada en un debate abierto, frontal, con un poder económico agigantado y, a esa altura, abiertamente desafiante. La tradición de la persuasión es recuperada pero ahora dirigida a una sociedad que, al amparo de la confrontación con el sector agropecuario, en la llamada 125, dejó muy en claro quién era quién y qué intereses representaban en lo económico, en lo ideológico, en lo simbólico. En todos los terrenos comienza una etapa de revisar la historia, poner en discusión dos modelos de país enfrentados históricamente, y de un despertar político en amplios sectores de la juventud y de sectores medios que se vuelcan a apoyar abiertamente al kirchnerismo – peronismo.

Se viven tiempos intensos, confrontativos, con una derecha conservadora que se empieza a recomponer en torno a la figura del entonces Jefe de Gobierno, Mauricio Macri. Vuelve la remanida estrategia de acusar al peronismo de autoritario y antidemocrático, y levantan las banderas del diálogo y el consenso, en una versión más rudimentaria a la de la unidad nacional: terminar con la grieta. Por el contrario, comenzaron con una campaña feroz y destituyente con la que terminaron ganando las elecciones del 2015.

Alberto al Frente

Como es sabido, la derecha gobernó los últimos cuatro años apoyándose en una abierta estrategia de profundizar “la grieta”, sistematizar la persecución a dirigentes políticos y empresarios opositores para transformar la matriz productiva económica y distributiva a favor de los mismos grupos de los que son parte y que abiertamente representan. El resultado por todos conocidos fue nefasto en el terreno donde se analice.

Hoy en la oposición, no se resignan a haber perdido la elección presidencial del año pasado a manos del Frente de Todos. Convierten a la pandemia en un eje de confrontación demencial, bloquean todo debate parlamentario, y retacean el apoyo al gobierno nacional ante una asonada policial de ribetes altamente riesgosos para el sistema democrático.

Alberto Fernández ha manifestado durante toda la campaña electoral, y reafirmado diariamente en sus acciones durante estos nueve meses de gobierno, retomar el sendero de la persuasión, de la fuerza de la palabra, del llamado al diálogo y de buscar insistentemente puntos de acuerdo básicos para comenzar a poner de pie al país, lidiando a la par, y por un tiempo todavía incierto, con la actual pandemia. La oposición no da señales de acercar posiciones, por el contrario, dejan al descubierto que su única estrategia es horadar al gobierno hasta límites insospechados de gravedad en lo institucional. No hay evidencia contraria hasta la fecha.

En materia de comunicación, ha decidido ser la única voz que comunica las acciones de gobierno, desde las relativas a la pandemia en sus diversas etapas transitadas, hasta encabezar los anuncios centrales en materia de acuerdos de deuda y medidas de recuperación económica, pasando por el anuncio de la expropiación fallida de Vicentín al proyecto de Reforma Judicial. Al mismo tiempo es quien confronta en la arena movediza de los medios de comunicación opositores, en dónde su desempeño es inobjetablemente inteligente aun a costa de un nivel de exposición altísimo. La participación de ministros y funcionarios en medios de comunicación es casi nula. Toda la comunicación oficial es concentrada por el Presidente.

La voluntad de acordar políticas de Estado en conjunto con la oposición se ve reducida diariamente. Encontrar una voz opositora, abierta a un diálogo franco, no ha sido posible en todo este tiempo. Cuando no hay espacio ni voluntad de darse mínimos escenarios de un debate honesto, más allá de que se logren o no acuerdos, la persuasión a través de la palabra cuando el número que se enfrenta es cero, el resultado previsiblemente, será cero.

Si se tuviera que definir a la Argentina a lo largo de su historia en un tono de confrontación política se podría afirmar que ha sido y es fuerte. Tal vez sea en ese tono que deba transitar la discusión, más aun cuando del otro lado no se quiere escuchar, y la palabra no tiene valor.