La Policía de la Memoria

Cómo se debe hablar, qué tenemos que desear, qué se puede decir, qué debemos consumir, qué tenemos que comer, sobre qué podemos bromear. La lista del nuevo canon puritano se extiende hasta esferas que jamás hubiéramos previsto y avanza vertiginosamente de manera global. Desde arriba hacia abajo, tecnócratas sociales decretan la desaparición de la vida tal como la conocemos y el costo de oponerse a ello es la muerte civil. 

A propósito, hace poco llegó a mí una traducción al castellano de la novela publicada en 1994 por la japonesa Yoko Ogawa cuyo título es bastante sugestivo: La Policía de la Memoria. Los comentarios de la novela hablaban de un texto deudor de las grandes distopías literarias del siglo XX con 1984 a la cabeza, lo cual, de por sí, me resultaba interesante.

Todo ocurre en una pequeña isla en la que existe un gobierno que decreta la desaparición de las cosas: una flor, los pájaros, el olor a perfume, los barcos, las novelas. Una a una y por razones que nunca se exponen, el gobierno decide la desaparición de objetos de manera arbitraria. Así le explica este fenómeno la madre de la protagonista a su hija: “Sucede sin que apenas te enteres. No sentirás ni dolor ni fatiga. Una mañana, un día cualquiera, al despertar, algo se habrá esfumado de tu vida, dejando intacto lo demás, y entonces solo percibirás un tibio desajuste con respecto al día anterior”.

Sin hacer explícita nunca una teoría del lenguaje robusta, algo que podríamos exigirle a un tratado filosófico pero no necesariamente a una novela de ficción, parece subyacer al texto la idea de que, en líneas generales, el lenguaje determina la realidad de modo que basta con un decreto gubernamental que elimine los conceptos y las  palabras para que los objetos desaparezcan. Si bien, insisto, habría pasajes en los que cierto rigor filosófico podría encontrar contradicciones, lo cierto es que la garantía de eliminación completa de los objetos estaría en la falta de memoria. Para decirlo con un ejemplo, las rosas desaparecerán definitivamente de la isla el día que nadie las recuerde. Pero, claro, hete aquí que este proceso de desaparición de los objetos que este gobierno autoritario ha impuesto a lo largo de generaciones ha hecho que la gran mayoría de los habitantes de la isla haya perdido la memoria pero hay excepciones y es sobre esas excepciones que actúa la Policía de la Memoria. Ésta sospechaba, por ejemplo, de aquellos que no se buscaban una nueva profesión una vez que su objeto de estudio o aquel con el que ejercían su labor desaparecía. En ese sentido, la protagonista agradece que el padre, que era ornitólogo, hubiera muerto antes de que el gobierno decretara la desaparición de los pájaros. “La principal función de la Policía de la Memoria era completar y hacer efectivo cada proceso de desaparición y olvido a medida que estos iban produciéndose”. De aquí que se hicieran lo que se denominaba “inspecciones de recuerdos” para buscar a las personas inmunes al olvido. Es que se trataba de personas muy peligrosas porque quienes por alguna razón todavía poseían el don de la memoria garantizaban la continuidad del mundo que el gobierno autoritario quería eliminar. Así, aun si todas las rosas fueron arrojadas al mar, ellas sobrevivirían en la mente de quienes las recuerdan y la novela menciona el caso de unos memoriosos que lograron recordar el concepto de barco, construir uno y escapar de la isla.     

El modo en que se relacionaban con la realidad quienes tenían memoria y quienes la habían perdido aparece todo el tiempo a lo largo del texto. Por ejemplo, tras la desaparición de los perfumes, los desmemoriados trataban de oler los frascos pero no podían percibir nada: el perfume era lo mismo que el agua. Lo mismo sucedió cuando la protagonista encuentra una cajita de música escondida: el hecho de que el gobierno hubiera decretado su desaparición hacía que la música sonara pero que su oído no pudiera captarla.

“Tener ante mí algo que ya no existe (…) me resulta raro. (…) Evidentemente, es algo que se supone que no existe (…) Pues ocurre que la caja de música es real, existe; no ha desaparecido. Y por mucho que su concepto haya caído en el olvido en la memoria de casi todo el mundo, la música sigue manando (…) Su desaparición no es un suceso objetivo, sino subjetivo”.

 La novela está cargada de hermosas imágenes: desde la caída automática de los frutos de los árboles cuando el gobierno determinó su supresión hasta una historia paralela correspondiente a la novela que la protagonista va escribiendo en la que la voz de las personas está encerrada en máquinas de escribir de modo que solo pueden expresarse escribiendo.

Sin embargo, si lo relatado no es lo suficientemente angustiante, el texto de Ogawa no ahorrará en giros verdaderamente dramáticos. En primer lugar, aparecen organizaciones clandestinas que protegían a los memoriosos dándoles un lugar donde esconderse. Es que además de cosas, empieza a desaparecer gente en la vida real y cuando eso sucedía desaparecían hasta de las fotos. En otras palabras, no solo estaba secuestrada por el gobierno la posibilidad de nombrar, lo cual reduce a las personas a la nada, sino que aquellos que todavía poseían el don de la memoria también eran secuestrados y desaparecían.

Con la supresión de los calendarios, la gente dejó de cumplir años y la primavera no llegó nunca de modo que el invierno se quedó como estación innombrada pero con mucha nieve. El problema fue que luego el gobierno decretó la desaparición del concepto de pierna izquierda de modo que la gente comenzó a arrastrarse por la calle con una suerte de colgajo que alguna vez fue pierna. Tiempo después llegó el momento del brazo derecho y el final lo pueden imaginar pero no quisiera detenerme en él sino hacer algunas reflexiones que pudieran conectar algunas de estas metáforas con el presente.

Es que la novela tiene una particular actualidad especialmente en relación con la disputa que se está dando acerca del lenguaje. Si bien por suerte todavía a nadie se le ocurrió afirmar que el concepto de pierna derecha es una imposición del Occidente blanco y décadas atrás solían ser los gobiernos de derecha los recelosos de lo que se podía decir, la idea de una Policía de la Memoria parece hoy aplicarse mejor a la cultura de la izquierda progresista. Y no se trata de una hermosa ficción, como sucede en la novela, sino la idea de que no hay sustrato material por fuera del lenguaje y de que todo es relativo al punto de vista subjetivo. Sobre esta base aparece el artilugio de una performatividad del lenguaje mal entendida que se ha extendido como una suerte de disposición mágica al servicio de tecnócratas sociales que creen poder modificar la realidad con solo alterar el lenguaje.

Como se indicaban en la introducción, el idioma, la expresión, los hábitos alimenticios, el objeto de deseo y hasta los chistes hoy son digitados por una cultura que se impone de arriba hacia abajo. Afortunadamente, en Occidente ya no asistimos a guerras de exterminio, genocidios, persecuciones y desapariciones como los que llevaron adelante dictaduras sangrientas hace apenas algunas décadas, pero la lógica de la cancelación supone una muerte civil y una desaparición de la esfera pública para todo aquel que no se adecue al canon. En esta lógica donde todo es presente y el pasado solo existe para ser modificado o juzgado, el cancelado no puede ser nombrado porque su nombre opera como una maldición y quien ose recordar el estado de cosas anterior será señalado como reaccionario, conservador o fascista. El fenómeno actual de la extrema exposición que observamos en las redes tiene también como correlato el fenómeno aparentemente contradictorio de la total desaparición de valores, objetos y culturas. Incluso también personas, en esta idea de llevar al mundo real la posibilidad de “bloquear” a aquellos que nos incomodan. Esta operación no la lleva adelante ninguna Policía de la Memoria formalmente constituida. Eso es todavía más angustiante: la Policía de la Memoria hoy es tu vecino, un twittero anónimo o tu amigo de Facebook.

Escrita antes de la existencia de las redes sociales, la novela de Ogawa hoy debería resignificarse. ¿Hasta cuándo seguirá siendo una bandera progresista la memoria tomando en cuenta que la relación con el pasado resulta cada vez más arbitraria? ¿Quiénes son en la actualidad los que pretenden decretar qué es lo que existe y qué es lo que se debe hacer? Pero sobre todo, la pregunta central sería: ¿dónde está la policía hoy? ¿En la derecha o en el progresismo?