La Revolución del 4 de Junio de 1943: el ascenso de Perón

El 6 de septiembre de 1930 el avance sobre la Casa Rosada de los oficiales y cadetes del Colegio Militar, comandados por el general José Félix Uriburu, fue suficiente para derrumbar al yrigoyenismo en el gobierno. La “hora de la espada”, pregonada por el poeta Leopoldo Lugones, había sonado.

A partir de esos años se consolidó la Década Infame con la sucesión de Uriburu, Justo, Ortíz y Castillo, en un retorno a una República oligárquica bajo la sujeción de los capitales británicos, fraude electoral y negociados desvergonzados.

El conservadurismo, el porteño partido Socialista Independiente y la UCR antipersonalista conformaron la Concordancia, ganando su fórmula encabezada por el general Justo con “Julito” Roca como vice, aplicando el “fraude patriótico”. Según algunos, como Federico Pinedo, fuero los tiempos de la República y para otros, como Arturo Jauretche, fue la entrega del país al Imperio Británico de la forma más descarada que se haya planteado desde la época de Rivadavia.

La firma del Pacto Roca – Runciman (amén de otros acuerdos secretos) donde, a cambio de garantizar la compra de carnes argentinas, los capitales británicos se apropian de nuestra economía, ante el estupor de Arturo Jauretche, se constituyó en el inicio del “Estatuto Legal del Coloniaje”. El escándalo de los negociados, las denuncias sobre las carnes del senador Lisandro de la Torre y el asesinato de un senador en el recinto del poder legislativo marcó la decadencia de ese régimen.

A Justo le sucedió el radical Marcelino Ortíz quien intentó atenuar la corrupción y fraude imperante, pero por problemas de salud duró poco. Su vicepresidente Ramón Castillo lo sucedió sin miras a cambiar las cosas y, al contrario, la insinuación de la candidatura oficial de Robustiano Patrón Costa presagió lo peor.

La Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), los partidos Socialista y Demócrata Progresista, junto al nacionalismo y el movimiento obrero, se presentaron como oposición a la Concordancia, sostenida por los medios de comunicación y los factores de poder.

Ante el espectáculo del deterioro político y la dependencia económica sufrida, un grupo de oficiales del Ejército, entre los que se encontraba el coronel Juan Domingo Perón, iniciaron reuniones en busca de soluciones sobre cuestiones internas del arma para luego replantearse un papel político afín a la prédica del nacionalismo. Dicho grupo se conoció como la logia Grupo de Oficiales Unidos o Grupo Obra y Unificación (GOU). Ante la inminencia del triunfo por fraude del conservador salteño Patrón Costa, el GOU proyectó un alzamiento armado, que se concretó cuando la Convención del Partido Demócrata Nacional (conservadores) pensó proclamar oficialmente la fórmula presidencial encabezada por Patrón Costa. Las dos denominaciones del GOU corren a la par, indicando Robert Potash que corresponde la primera, mientras que Fermín Chávez se decanta por la segunda como verdadero nombre de la logia.

Existió, en los días previos, malestar en las fuerzas armadas por el apoyo gubernamental a Patrón Costa, y eso se evidenció en la renuncia del ministro de guerra, general Pedro Pablo Ramírez, el que inmediatamente fue tentado por sectores del radicalismo a presentarse como candidato a presidente contra el salteño. Testimonió Palito Ramírez ante Juan V. Orona en La Logia Militar que derrocó a Castillo (1966) que “sólo tuvo conocimiento de la existencia del GOU semanas antes del estallido del 4 de junio… (cuando) recibió al comandante de la 1° división de Ejército, general Juan Carlos Bassi, quien le entregó un ejemplar de las Bases (de la logia) y le dijo que el GOU hacía prosélitos entre sus subordinados… Enterado de la finalidad perseguida… el general Ramírez como oficial superior no vio nada que pudiera afectar la disciplina; y como ministro de Guerra no tomó ninguna medida y dejó hacer”.

Perón, en su exilio madrileño, relató los hechos a su manera: “Desde hacía tiempo planeábamos todo para una revolución. Contactamos con los oficiales, los compañeros, los jefes. Quien se haga el loco lo tiramos por la ventana. Yo entonces jefe de la Inspección de Tropas de Montaña. Mi superior inmediato, inspector general, era el general (Edelmiro J.) Farrell. Pero él no sabía nada de la revolución. Ignoraba lo que pasaba. Todo fue preparado desde el Centro de Instrucción de Montaña. El 3 de junio lo dejamos todo listo para el día siguiente. El 4 amaneció nubladito. Nos fuimos al Círculo Militar y levantamos a Farrell de la cama. Mi general – le dijimos -, hay una revolución. ¿Qué revolución?, preguntó. Nosotros estamos en la revolución, respondimos. Me visto enseguida, contestó.

Nosotros necesitábamos un general y no queríamos que fuera (Arturo) Rawson… Entretanto el general Rawson hizo su revolucioncita aparte. Cuando las tropas de Campo de Mayo avanzaban, él se puso delante de ellas luciendo una capa de mosquetero como la de D’Artagnan…Y se autoproclamó presidente. Lo hizo sin consultarnos. El que mandaba la revolución no era él, sino nosotros. La revolución la hicimos los coroneles… Designamos a cinco coroneles para que le exigiéramos la renuncia, y si se resistía, le tirábamos por la ventana… Llegamos a la Casa de Gobierno, los cinco coroneles, con el capote (pues hacía mucho frío) y todos con la pistola 45 debajo del capote… Entramos en el despacho… Hemos venido a que renuncie. Así le dijimos. Palito Ramírez me ha dicho que sea yo el presidenteRenuncie antes de que venga el general Ramírez, insistimos. ¿Y si me niego? Si se niega, tenemos orden de tirarle por la ventana. Entonces él renunció… Que le vaya bien, dijimos. Y él se fue y nosotros nos quedamos en la Casa de Gobierno ¡Era un colado! ¡Un tipo que se había metido de prepotente! Una vez que lo renunciamos, llegó Ramírez: Usted se va a quedar. Y lo pusimos de presidente”.

Me autocito en Jauretche: Historia, Doctrina y Medios (2013) en cuanto a que “la Revolución del 4 de junio de 1943 encontró a FORJA como al único grupo político que apoyó a los militares… los cuales se formaron con los Cuadernos, amén que algunos miembros de la logia tuvieron contactos personales con los forjistas. FORJA publicó una declaración de apoyo a la Revolución y Arturo Jauretche estrechó vínculos con el Coronel Juan Perón y con el Gobernador de Córdoba Amadeo Sabattini.” En dicha declaración se sostuvo:

“(…) FORJA declara que contempla con serenidad no exenta de esperanza la constitución de las nuevas autoridades nacionales, en cuanto las mismas surgen de un movimiento que derroca al “régimen” y han adquirido compromiso de reparar la disolución moral en la que se debatía nuestra política y de crear un sistema basado en normas éticas y en claros principios de responsabilidad y soberanía. FORJA considera esenciales a la reparación cardinal del país el cumplimiento del doble compromiso así traducido y ratifica su demanda total de emancipación nacional y de soberanía popular, a cuyos dictados esperan no serán indiferentes las personas que constituyen el gobierno revolucionario”.

Para el nacionalismo católico el golpe fue suyo. Vuelvo a autocitarme en La Otra Historia (2012), – obra coordinada por Pacho O’ Donnell -, donde señalé: “La Segunda Guerra Mundial y la Revolución del 4 de junio de 1943 los tuvo como protagonistas. De la primera como sostenedores de la neutralidad o, algunos más audaces, en apoyo al Eje. De la segunda como ideólogos y colaboradores. La asonada militar tuvo a nacionalistas católicos en el gobierno”. Nombres como Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast) en Educación y la Biblioteca Nacional, Tomás Casares en la UBA, Jordán Bruno Genta en la Universidad del Litoral, José Ignacio Olmedo en el Consejo Nacional de Educación, Mario Amadeo en Cancillería, Alberto Baldrich, interventor en Tucumán, Máximo Echecopar en Salta, entre otros, muestra cómo los cuadros del nacionalismo se ubicaron al calor del gobierno militar, apoyando las medidas de incorporación de la enseñanza religiosa en las escuelas, la disolución de los partidos políticos y el mantenimiento de la neutralidad. 

“El 4 de junio de 1943 la Iglesia alcanzó el poder”, – sentenció Loris Zanata en Perón y el mito de la nación católica: Iglesia y Ejército en los orígenes del Peronismo (1999) – y agregó: “La expresión sonará paradójica, tal vez provocativa. Y sin embargo es fundada. La revolución militar fue para ella el esperado evento que ponía fin para siempre al largo período de la hegemonía liberal y abría de par en par el camino a la restauración “argentinista”, o sea, “católica”… la institución que se había apoderado del poder en 1943 era la que la propaganda católica definía familiarmente como el Ejército cristiano. Su intervención coronaba la larga marcha de la reconquista cristiana de las fuerzas Armadas. Y, a través de ellas, del Estado. Era la desembocadura natural de la vía militar al cristianismo”.

Los apoyos civiles y eclesiásticos al gobierno, que intentó depurar las prácticas políticas fraudulentas, no evitó algunas contradicciones tanto en la integración del gabinete como en la ejecución de la tarea administrativa, por coexistir distintos proyectos en pugna.

Lo que pudo ser un triunfo ideológico forjista marcó una crisis interna, por rechazar el proceder de sectores reaccionarios, más la renuncia de Raúl Scalabrini Ortiz por diferencias con Jauretche y la relación pendular de mutuo recelo de este último con Perón.

En cambio los nacionalistas católicos se sentían más a gusto, pero empezaron a notar el auge de Perón. Algunos vieron en él un defensor de la Doctrina Social de la Iglesia, emparentado con la obra de los sindicatos católicos. Pero también notaron el pulso modernista, plebeyo y herético del naciente peronismo, lo que llevaría a futuros enfrentamientos y una cerrada oposición, que con el tiempo se volvió una cruzada.

El perfil profesional y conservador de algunos militares, más las pujas entre “aliadófilos” y “neutralistas” contrastó con el dinamismo del coronel Juan Perón, afincado en un propósito más amplio y ambicioso en lo político y social, sumando a las fuerzas sindicales, sectores industriales y nuevos actores políticos, para transformar las estructuras de poder en favor de un modelo inclusivo de perfil antiimperialista y de liberación, siendo este movimiento militar el puntal en la construcción de su proyecto nacional.

*Por Pablo A. Vázquez. Lic. en Ciencia Política. Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.